&#34No hay progreso sin democracia polí

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Enfréntelo a los temas de la democracia política y de la libertad económica y Mario Vargas Llosa es capaz de olvidar, al menos por 20 minutos, que se ha comprometido con su esposa Patricia a llevarla a curiosear a Tlaquepaque.

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El narrador y ensayista estuvo en México a finales de 1997. ¿Su principal objetivo? Promover su novela más reciente, Los cuadernos de don Rigoberto, publicada por la editorial Alfaguara.

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La mañana del 1º de diciembre, en Guadalajara, Jalisco, Expansión le hizo al hoy ciudadano español una propuesta con trazas de sacrilegio: olvidarse del fino erotismo con el que está bordada su novela y adentrarse por los mundos, con frecuencia poco placenteros, de la economía y la política.

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Férreo y apasionado militante del liberalismo, Vargas Llosa hizo un repaso de su desencanto frente al socialismo real, de su acercamiento a las ideas de Frederich von Hayek, Isaiah Berlin y Karl Popper, y volvió a defender la “revolución conservadora” de los años 80. Para él, la llegada al poder de Tony Blair, en Inglaterra, “es la gran victoria de Margaret Thatcher”.

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Fallido candidato a la presidencia de Perú, el escritor sigue entrecomillando las supuestas reformas liberales que se han hecho en Latinoamérica y criticando la pesada carga mercantilista que aún arrastran los países de la región.

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Mario Vargas Llosa, el mismo que llamó “dictadura perfecta” al sistema político creado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), hoy concede que hay progreso político en México, aunque manifiesta sus reservas: “Desgraciadamente ya sabemos que en política nada es irreversible.”

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Si uno lee sus artículos y ensayos compilados en los volúmenes de - Contra viento y marea y Desafíos a la libertad queda la impresión de que el viraje que usted da, de ser un simpatizante del socialismo a ser un convencido del liberalismo, es sobre todo por la actitud de los estados socialistas con respecto a los intelectuales.
No, no es solamente por eso. Yo creo que el fracaso del socialismo no es exclusivamente su fracaso para crear sociedades más libres, más abiertas que las que lo precedieron, sino también su total incapacidad para crear alguna forma de justicia y su ineptitud congénita para crear riqueza, para poder garantizar el desarrollo de la sociedad.

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Creo que el fracaso del socialismo es, desde luego, un fracaso en el campo político, porque en lugar de crear sociedades más abiertas crea unas formas de represión y de control sin precedentes en la historia. Pero también fracasa como un sistema de creación de una justicia que dé las mismas oportunidades dentro de las condiciones existentes a todos los ciudadanos y también porque es incapaz de crear riqueza, de elevar los niveles de vida de la población, porque introduce un tipo de políticas que en lugar de enriquecer empobrecen a las naciones, razón por la cual se desploma. El socialismo no se desploma porque las sociedades democráticas y liberales lo acosen y lo derroten. Se desploma porque internamente llega a una ineficiencia de tal magnitud que todo se colapsa.

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¿Cuándo comienza usted a atender las ideas de Frederich von Hayek, de Isaiah Berlin y de Karl Popper?
Mi distanciamiento del socialismo empezó a mediados de los años 60. En esa época es cuando yo comienzo a tener muchas dudas con respecto al socialismo, que en un principio son fundamentalmente políticas. Tienen que ver con la dictadura, con la creación de un sistema de control en donde no aparece para nada esa libertad que, cuando yo era joven, me llevó y nos llevó a muchos al socialismo, porque pensábamos que iba a ser ese régimen soñado de justicia y libertad.

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La libertad no aparece en el socialismo que yo comencé a conocer a mediados de los años 60 a través de viajes a Cuba y del testimonio de los disidentes soviéticos –en el año 1966 yo fui por primera vez a la URSS y fue una de las grandes decepciones que he tenido–. Y eso me llevó, al mismo tiempo que a distanciarme del socialismo, a una revalorización progresiva de la cultura democrática, del pluralismo político, de la libertad de expresión, de los derechos humanos. Y me llevó a leer a escritores como Albert Camus. Ya en el campo de la economía quizá el primer escritor liberal que leí con mucho interés es Raymond Aron. Me abrió mucho los ojos sobre la realidad socialista y también sobre la capitalista. Pero en realidad sólo a fines de los años 70 comencé a leer a Berlin, a Popper y a Hayek y adopté una conciencia muy clara, una filosofía, una doctrina liberal, tanto en el campo político como en el económico. Pero fue un largo proceso que tuvo mucho que ver con la experiencia vivida: conocer los países socialistas, ver a lo que había conducido el socialismo a esas sociedades en el campo político y en el económico.

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Uno de los aspectos que más parecen llamarle la atención del pensamiento de Berlin es el de las verdades contradictorias.
Exactamente, creo que es una de las grandes aportaciones de Berlin al pensamiento humano. Siempre habíamos creído que todos los valores congeniaban y él nos muestra que no, que hay valores que se contradicen íntimamente a pesar de tener la misma capacidad de atracción y la misma humanidad y nobleza. Por ejemplo, los de igualdad y libertad. Son valores elevadísimos, con una enorme fuerza de atracción, y sin embargo es un hecho que ambos, en un momento dado, entran en contradicción, que una sociedad totalmente libre genera ciertas formas de desigualdad inevitablemente y también que querer establecer la igualdad dentro de una sociedad, a través del poder, lleva a unos recortes a veces dramáticos de la libertad.

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A riesgo de simplificar el pensamiento de Berlin, ¿podríamos decir que tenemos que vivir con la idea de que si queremos cierta libertad tenemos que sacrificar cierta igualdad, o viceversa?
Sí, esa es la lección del pensamiento de Berlin. No hay que renunciar a la libertad ni a la igualdad, pero hay que estar conscientes de que ambos valores no pueden materializarse totalmente sin sacrificar el uno o el otro. Eso no debe conducirnos al rechazo de un valor por el otro, sino a aceptar esa tensión y a ir haciendo las transacciones necesarias para que en un sociedad no desaparezca la libertad en nombre de la igualdad, y para que el ejercicio de la libertad no llegue a unos extremos tales en los que la desigualdad sea tal que produzca un rechazo de quienes son sus víctimas. Creo que esa no es una realidad imposible, no es puramente conceptual; es la realidad de las democracias más avanzadas en el mundo. Esas democracias han aceptado esas transacciones y es muy importante que el debate esté abierto, que la conciencia vigilante se mantenga para que no haya un sacrificio de la libertad en nombre de la igualdad, y no haya un sacrificio de ese concepto ético fundamental de la igualdad del ser humano que destruya las libertades. Para eso se requieren sociedades en las que haya una participación constante y masiva de los ciudadanos que permita progresar en ambas direcciones, a pesar de que ambas estén constantemente en pugna o en conflicto.

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Usted fue simpatizante de lo que algunos llamaron “la revolución conservadora”. Hace algunos años, por ejemplo, escribió un “Elogio de la dama de hierro”. La llegada al poder de Tony Blair, en el Reino Unido, y de Lionel Jospin...
...es la gran victoria de la señora Thatcher, ¿no es verdad? Su gran victoria es la llegada al poder de Tony Blair y de un laborismo profundamente renovado, gracias a lo que fue la gran revolución de los años 80. El Tony Blair que ha llegado hoy en día a Inglaterra es el verdadero continuador de la señora Thatcher. Si yo fuera ciudadano inglés hubiera votado en las pasadas elecciones no por el partido conservador, sino por el laborista, porque en estas circunstancias éste defiende mejor la herencia liberal de la señora Thatcher que el partido conservador, que ha caído en manos de unas minorías nacionalistas y conservadoras que han rechazado lo que fue la gran revolución thatcheriana.

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Tony Blair es un hombre que defiende la economía de mercado, la globalización y que está en contra de la intromisión estatal en la política económica. Una de las primeras medidas del partido laborista es haber dado una independencia absoluta al Banco de Inglaterra para regular la política monetaria del país. Ha dado una batalla radical contra las oligarquías sindicales. Es un continuador de la señora Thatcher y eso se debe a esa revolución extraordinaria que comenzó en Inglaterra en el año de 1979.

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No es el caso de Jospin. El socialismo francés hoy en día está más bien en una posición anacrónica y me temo que tendrá consecuencias muy negativas en lo inmediato para Francia.

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Usted ha entrecomillado las “reformas liberales” que se han hecho en Latinoamérica. ¿Por qué?
Porque no han sido reformas genuinamente liberales. En muchos casos han consistido, como en Perú, en la transferencia de monopolios públicos a monopolios privados. El Estado se ha desprendido de ciertos monopolios y los ha entregado a grupos privilegiados, a veces mediante medidas arbitrarias. Esa es una manera de desnaturalizar la privatización. Ésta no consiste en transferir empresas del sector público al privado, sino en abrir mercados, abrir un espacio a la competencia para eliminar la corrupción y mejorar los servicios. La competencia es lo que determina fundamentalmente esa renovación. Ahora, si se entregan monopolios públicos a monopolios privados, ¿cuál es la razón de ser de la privatización? El monopolio es siempre una fuente de ineficiencia y de corrupción.

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Y después hay otro aspecto, que para mí es uno de los más positivos de la reforma que yo viví –porque yo viví en esos años en la Inglaterra de la señora Thatcher–. Este aspecto es la privatización como un instrumento de justicia social; hablemos entre comillas de “justicia social”. La privatización de los grandes entes públicos en Inglaterra se hizo no con el fin de llenar las arcas fiscales de recursos, dárselos al gobierno y poderlos gastar en medidas populistas. Se hizo también con la idea de difundir masivamente la propiedad privada, llevarla –mediante el accionariado difundido– a sectores sociales que nunca habían tenido acceso a ella. Ese es el gran éxito de la privatización y así debió ser en países como los nuestros –en donde la propiedad es un privilegio en manos muy limitadas–: llevar la propiedad privada a sectores muy amplios y hacer sentir a obreros, empleados y usuarios que la privatización se hacía para mejorar la condición de los pobres, no para privilegiar a los ricos. Eso se ha hecho en algunos casos, que son los exitosos. En Chile, por ejemplo. Eso le ha dado un respaldo popular a la privatización, pero en otros países como Perú desgraciadamente no se ha hecho así. La privatización ha privilegiado a ciertos grupos y más bien por la reducción de los puestos de trabajo ha perjudicado a muchos pobres. Eso ha creado un sentimiento que los demagogos explotan en el sentido de que la privatización se hace para favorecer a una pequeña élite, lo cual no es verdad.

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¿Cree que nuestros países todavía arrastran una pesada carga mercantilista?
Muy pesada. Yo le diría que tal vez solamente Chile ha dado unos pasos muy radicales contra ese peso del mercantilismo que gravita sobre todas nuestras sociedades, incluso sobre aquellas que han dado pasos muy importantes en el campo de la reforma.

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El mercantilismo es un enemigo mortal para el desarrollo y para el progreso de la sociedad. Es una fuente monstruosa de injusticia, porque establece pactos entre el poder político y el económico para beneficiarse mutuamente en perjuicio del resto de la sociedad.

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¿Usted llegó a hablar alguna vez con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari?
Hablé con él durante un seminario al que convocó la revista Vuelta. Conversamos muy superficialmente.

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De tal modo que no le pudo manifestar esa convicción que usted tiene de que la democracia política y la libertad económica deben ser las dos caras de una misma moneda.
Personalmente no, pero es lo que he dicho siempre que he hablado de política. Este ha sido para mí un leitmotiv: no hay progreso sin democracia política y sin libertad económica. La libertad es indivisible, pero quienes tratan de deslindarla y defienden la libertad en el campo económico, pero creen que en el campo político la dictadura es el sistema más eficaz, se equivocan garrafalmente.

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Hay que ver lo que ha pasado en Asia: una libertad económica muy amplia dentro de regímenes autoritarios. Esos regímenes están mucho peor preparados para afrontar las crisis que los regímenes democráticos. Cuando hay crisis, precisamente por su rigidez y por la falta de información que representa el autoritarismo político, son más vulnerables. Esas sociedades parecían haber despegado de una manera irreversible y, sin embargo, vea lo que ha pasado. Y mire usted lo que pasa con las sociedades abiertas y democráticas; ¿por qué han resistido muchísimo mejor las crisis? Por su apertura. La información que hay en ellas permite los reacomodos constantes que exige la economía globalizada.

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¿No cree usted que los cataclismos financieros que vivimos hoy en día, y que parecen ser recurrentes, nos obligan a pensar que por mucho que se crea en el liberalismo no hay que dejarle todo a las fuerzas del mercado?
Para mí las crisis no proceden del libre juego de los mercados internacionales, sino de las grandes limitaciones que tienen hoy en día los mercados para funcionar libremente. ¿Por qué las sociedades en donde el mercado funciona con mayor libertad experimentan menos crisis o se defienden mejor de ellas que aquellas en donde todavía hay mucha interferencia? La libertad es lo que permite rápidamente la renovación, la readaptación de una sociedad a las nuevas circunstancias. El caso más interesante es el de Estados Unidos. Con todas las imperfecciones, que son muchas, del sistema estadounidense, no hay ninguna duda de que está a la vanguardia de la apertura en lo que se refiere a los mercados. Esa sociedad, que es inmensa, complicada por su diversidad cultural, ha sido capaz de dar una batalla muy exitosa contra lo que en Europa las democracias consideran la consecuencia más negativa de la globalización, que es la disminución del mercado laboral. En Estados Unidos desde la época de Reagan se han creado 30 millones de puestos de trabajo y, contra lo que dice la demagogia, la mayor parte de esos trabajos no son marginales, ni manuales; responden a la creación de nuevas empresas, que están respondiendo a las necesidades y a las exigencias de la sociedad postindustrial. Estados Unidos es el país que ha resistido mejor las crisis. ¿A qué se debe esto?, porque los estadounidenses no son ontológicamente superiores a los mexicanos, a los peruanos o a los franceses. Se debe a que tienen una sociedad más abierta, simplemente. Y esa sociedad se renueva a una velocidad mayor que aquellas que todavía están muy obstruidas por el intervencionismo y el estatismo. De tal manera que de las crisis yo no saco conclusiones antiliberales. Por el contrario, creo que la falta de libertad es la razón principal de esas crisis.

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¿La especulación es un mal necesario?
Depende qué sea lo que se llame especulación. Si para atraer capital una sociedad estimula la especulación no puede quejarse de que vengan capitales especulativos. Si en México resulta mucho más provechoso jugar la lotería de la bolsa que venir a crear industrias y hacer inversiones de mediano y largo plazo, entonces no hay que reprochar a los capitales especulativos que vengan. Cree usted una economía en donde sea mucho más estimulante invertir a mediano y a largo plazo y entonces los capitales especulativos se convertirán en productivos.

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Lo que no se puede cambiar es la naturaleza humana. El capital anda por allí. El capital no va a los países para hacer obras de altruismo. Quizá sea muy lamentable, pero esa es la realidad. Son los gobiernos los que atraen los capitales de acuerdo con sus políticas. Si el capital especulativo es peligroso, pues entonces no hay que estimular la especulación.

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En 1990, cuando vino usted a ese encuentro convocado por Vuelta, recibió un jalón de orejas de Octavio Paz porque dijo que el sistema político creado por el PRI era “la dictadura perfecta”.
Un jalón de orejas cariñoso, dentro de la amistad, que es muy grande, con Octavio. Él no estuvo de acuerdo conmigo y realmente no le gustó esa declaración.

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Parece que hoy en día usted piensa que México es sólo “una democracia imperfecta”.
Creo que el régimen está evolucionando hacia la democracia. Hay unos espacios de poder que ha ganado la oposición. Da la impresión de que el sistema se ha debilitado tremendamente y que la capacidad que tiene de manipular las elecciones para poder perpetuarse en el poder es mucho más reducida que en el pasado, lo que permite albergar muchas esperanzas en favor de la democratización. Además, hay un gran respaldo popular en favor de la democratización. En el campo de las comunicaciones se ve en México hoy en día una diversidad, un pluralismo, un ejercicio de la crítica sin precedentes. En el pasado todo eso estaba muy manipulado. Hay un progreso, sí. Yo no diría, desde luego, que ya es irreversible. Desgraciadamente ya sabemos que en política nada es irreversible.

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