&#34Querido amigo:

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Dispense usted el atrevimiento de llamarle amigo sin ser su correligionario. Lo siento, es un atavismo que usted seguramente atribuirá a la educación reaccionaria que he recibido.

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”Admiro y temo, al tiempo, su fervor y su celo. He visto sus ojos iluminados de una forma extraña al calor de la discusión. Le he escuchado despreciar con rabia a quienes no pensamos como usted o a quienes no atinamos a contagiarnos del entusiasmo que en usted y sus correligionarios despierta el líder.

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”Tal vez usted recuerde esa tarde en que usted y sus compañeros me reconvinieron por haber criticado con acritud al ingeniero, por haberle hecho preguntas ‘agresivas’ ante el público. Fue la misma tarde en que usted y sus compañeros me hablaron de miles, tal vez millones de mexicanos a quienes, según ustedes, la sola persona del ingeniero les inflama de fervor.

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”Fue una conversación difícil. Ustedes venían cargados de seguridades. Para ustedes el mundo, la historia, no tenía secretos. Ustedes sabían, con ese ‘saber’ que sólo otorga el corazón, que el ingeniero tenía razón en todo y siempre. En un momento de audacia uno de sus compañeros admitió algún error táctico de su líder, pero de inmediato los otros correligionarios corrigieron tal desacato con una mirada de escándalo y desaprobación. No cabía la menor duda. Sólo alguna malvada intención o una torpeza mental podía explicar que alguien dudara de la integridad de su líder. Aquella historia de los terrenos en la playa era una insidia más, fraguada por los enemigos de siempre. Lo mismo que esas perversas maquinaciones que quisieran emparentar al líder, al ingeniero, con el corporativismo o la matriz autoritaria de políticos de otros tiempos.

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”Sin matices, la historia y el pueblo nos condenarían a quienes habíamos dudado o criticado. El ingeniero había cruzado todos los pantanos imaginables sin ensuciar sus alas, el ingeniero había salido avante frente a las críticas y las ‘bajezas’ (así las llamaron en una ocasión) de quienes hicieron preguntas impertinentes. Ustedes, en un afán conciliatorio y con talante democrático, no venían a escuchar razones, sino a exponernos una advertencia de buena fe: el pueblo no nos perdonaría haber dudado y criticado.

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”Al final de la conversación sentí tristeza y miedo. Tristeza porque adiviné, tal vez injustamente, que el fervor hacia el líder compensaba decenas de amarguras y desencantos en sus vidas. Tristeza porque del intercambio de palabras no se hizo la luz. Tristeza porque las palabras ‘democracia’ y ‘libertad’ tienen significados diametralmente opuestos según hablen ustedes o hablen los demás. Miedo por el futuro. Miedo porque se robaron todos los matices y las posibles disidencias. Miedo porque en asuntos humanos, sujetos a la libre opinión, ustedes se sentían poseedores de una verdad absoluta, que no necesita de argumentos ni de razonamientos, sino de fervor. Miedo porque en ningún momento percibí que escucharon al otro.

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”Quisiera recordarle, amigo, que no es lo mismo tener convicciones que arrollar al disidente. Hubo un tiempo en que ustedes se quejaron de no ser vistos, ni escuchados. ¿Harán ustedes lo mismo en caso de que la fortuna los ubique en la cresta de la ola?

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”Déjenle un lugarcito a la duda. Sé que es incómoda la incertidumbre, pero también es humana. A veces, por favor permítanse creerlo, son buenas las preguntas sin respuestas. Sobre todo, Dios quiera que las alturas del poder no les produzcan mareos y siempre recuerden que todos, hasta el ingeniero, somos seres humanos, falibles. Este asunto de la democracia supone que los hombres y mujeres que ocupan puestos públicos sean sujetos al escrutinio y a la crítica. Ojalá recuerden el caso de San Francisco de Borja, quien ante los despojos mortales de su reina exclamó: ‘Nunca más volveré a servir a señor que se me pueda morir’.”

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El autor es colaborador de TV Azteca y de El Economista.

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