&#34Zedillo se ha hecho a un lado&#34 <b

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En su estrecho cubículo del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México, Lorenzo Meyer colecciona carteles, calcomanías, caricaturas, máscaras, piñatas y hasta un judas con la efigie de Carlos Salinas de Gortari. “Es mi museo del horror”, dice con cierta malicia el politólogo que nunca dejó de hacer la crítica del estilo salinista de gobernar y que hoy en día, desde su columna “Agenda ciudadana”, publicada todos los jueves en Reforma, sigue los pasos, con similar severidad, de la administración de Ernesto Zedillo.

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Coautor del volumen La capacidad de gobernar en México, coordinado por Samuel Schmidt y publicado por la editorial Aguilar, Meyer conversó con Expansión sobre el aumento en el grado de ingobernabilidad que existe en el país a partir de los indicadores propuestos por el politólogo hindú Atul Kholi.

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“¿Piensa mucho en Salinas?”, se le pregunta antes de entrar en materia. No, responde. Lo que hoy le preocupa es el ritmo de la transición democrática. “Sabemos que ya dejamos una forma de hacer política –expone–, pero aún no estamos en ese nuevo mundo en donde las instituciones democráticas ya se sientan seguras y la relación entre nosotros como ciudadanos, y de los ciudadanos con el poder, se pueda llamar democrática. Me da temor que se prolongue este tipo de política en el que estamos ahora, en donde no somos lo que fuimos, pero tampoco hemos llegado a lo que se supone que la mayoría deseamos ser.”

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Hace poco, en un artículo, cuestionó a la institución presidencial por “sus constantes fracasos políticos y económicos”, aunque señaló que “en contraste con el autoritarismo de Salinas, Zedillo simplemente ha dejado que sean otros los que luchen y decidan el futuro político de México”. ¿Quiénes son esos otros?
Considerando todos los elementos desfavorables que tenía en su entorno, Salinas pretendió hacer una nueva coalición entre actores políticos. Así podía usar el grueso del autoritarismo tradicional mexicano para llevar hasta sus límites la transformación económica que pretendía. Y en cierto sentido lo logró. Supo, como un maestro, emplear lo que quedaba de la fuerza de la presidencia y la ausencia de contrapesos para hacer que los mexicanos marcharan por un camino que no necesariamente querían, pero que Salinas y el grupo que lo rodeaba consideraban que era el mejor. Finalmente fracasó su esfuerzo.

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En cambio Zedillo, que llega a la presidencia por un accidente, no tiene un grupo político propio, ni proyecto. Simplemente continúa con lo que había heredado de Salinas. Lo que yo planteo como una posibilidad que no se usó es que Zedillo –dándose cuenta del fracaso del salinismo y de las circunstancias en las que se encuentra– hubiera enarbolado la bandera del cambio democrático y se hubiera colocado al frente, no porque sea un demócrata, sino porque con una inteligencia normal se ve que no está mal hacer de una necesidad una virtud. Sin embargo, me parece que lo que ha hecho Zedillo es hacerse a un lado, ponerse en la cuneta del camino y dejar que sean los partidos políticos, los medios de comunicación, las organizaciones no gubernamentales e incluso el propio entorno internacional, los que tomen la iniciativa.

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Aunque es positivo que hoy existan esos contrapesos al poder presidencial, ¿cree que el Presidente debería ser un actor, valga la redundancia, más activo?
Desde luego que sí. Se ha dicho muchas veces “¿no lo que están pidiendo los que exigen el cambio es una presidencia más acotada, menos protagonista?, ¿entonces por qué le dicen al Presidente que está mal con este bajo perfil que ha tomado?” Bueno, porque deseamos una presidencia acotada cuando ya se dé el cambio, pero en el momento de la transición se necesita un liderazgo. Y el liderazgo natural –porque a ello ha conducido la historia del siglo XX mexicano– está en la presidencia. Allí se concentró durante mucho tiempo el poder político y la capacidad de decisión. No es que estemos exigiendo que esto se mantenga hacia el futuro. Al Presidente, si es responsable con su propio pasado, le tocaría desmontar la maquinaria existente. Es él quien lo puede hacer con menos costo, con menos violencia. El Presidente se hubiera convertido –vamos a usar una figura ya muy gastada– en lo que fue Adolfo Suárez en España: ministro de Franco, parte del antiguo régimen y, sin embargo, en el momento clave decide ser quien liquide el sistema que lo creó. Hay una especie de suicidio político, pero en aras de algo mucho más grande; de hacer de España un sistema moderno, viable. Zedillo hubiera podido hacerlo, como lo hubiera podido hacer De la Madrid...

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Dice “hubiera podido hacerlo”. ¿Cree que ya no lo hará?
Yo creo que ya no. Ya va en la segunda mitad de su gobierno. Probablemente el error de 1994 y la enorme caída del sistema económico lo paralizaron. No niego que si uno estuviera en el lugar de Zedillo no hubiera sido fácil ser el líder de la transformación política cuando se tiene el sistema económico en una situación tan desafortunada. El hecho es que la presidencia ya no tomó estas iniciativas. Cuando surge la evidencia clara, como nunca antes había surgido, de las elecciones de Tabasco con ese gasto tan brutal, tan ofensivo para todos –¿cómo se pueden gastar $70 millones de dólares en eso?–, el Presidente no hace nada. Por el contrario, va a Tabasco y le dice a Roberto Madrazo que gobernarán juntos hasta el año 2000. De un Presidente que hace eso, uno ya no puede esperar mucho.

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Usted concluye su ensayo “El sistema político y la gobernabilidad mexicana” diciendo: “Hay en México un aumento en el grado de ingobernabilidad”. Suena suave, si se consideran los datos que aporta en relación a los indicadores de Kohli. Hay un aumento, sí, pero es elevadísimo.
Tiene razón. Está bien la crítica. No me gusta pensar que estoy viviendo en un sistema ya ingobernable. Y quizá puede haber una cierta dosis de optimismo por el hecho de que ya están cambiando los responsables de la política en el Congreso y que probablemente el cambio puede ser muy positivo en la ciudad de México. Al escribir el ensayo pensaba que ya habíamos tocado fondo, pero puede ser que no.

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El primer indicador que usted retoma de Kholi es la ausencia o presencia de coaliciones políticas estables. Ahora mismo estamos viendo en el Congreso a un “bloque opositor” que no sabemos cuánto tiempo aguante.
No se ve particularmente estable. Ahora bien, me asombra un poco su existencia, porque tal y como estaba configurado el liderazgo del PAN no hace mucho tiempo, hubiera sido imposible ver la unidad de la oposición. De todas maneras, el bloque como coalición estable no existe, casi cada día podemos esperar que continúe o que se caiga. La gran coalición que era el PRI ahora está buscando hacer el sector empresarial, pero ya es muy tarde, ya se les fueron otros militantes.

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En uno de sus artículos conminaba a la oposición a que se sometiera a los intereses de la nación y no rompiera el bloque. ¿No le parece un poco idílico pensar que panistas y perredistas, por sólo hablar de ellos, pueden estar de acuerdo en muchas cosas en las que a veces hasta por simple ideología...
¿pero cuál ideología?, si ya no tienen mucha. De la misma manera que en un momento me pareció importante señalar que el Presidente podía tomar el liderazgo, cuando él no hizo nada me pareció que deberíamos dirigirnos a la nueva coalición.

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Y cuando dice usted ideología, ¿cuál ideología? Después de la evaporación de la Unión Soviética, de la desaparición de la Europa del Este y cuando el presidente Clinton, en Brasil, el pasado 15 de octubre, señala que debe hacerse algo para frenar la desigualdad social que el mercado está introduciendo, estamos metidos en una confusión o desaparición de las ideologías. Ya no es utópico pensar que panistas y perredistas lleguen a puntos muy concretos. Porque ni Marx tiene ya el valor que tenía para la izquierda, ni la derecha puede salir con su simplismo de hace poco de que el mercado y Adam Smith resolverán todos los problemas. Todo el mundo está llegando a un centro en donde el sentido común y de responsabilidad deben llevarnos a aceptar que hay prioridades. Estos sentidos podrían hacer que el bloque se mantuviera. Curiosamente, en un desplegado que publicó Manuel Bartlett, gobernador de Puebla, lo que más le irritaba era eso...

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Decía algo así como que la disolución del acuerdo de la oposición está próxima por ser una unión “del agua con el aceite”...
Si fuera tan estúpido lo del bloque no hubiera pagado $25,000 pesos por un desplegado de media plana en su contra. Mejor ignorarlo. Desde las alturas del PRI a lo que más le temen es a la permanencia de algunos puntos de convergencia entre el PAN y el PRD.

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Usted ha seguido con mucha atención lo que pasa en el PRI: expresiones del propio Bartlett contra el neoliberalismo, propuestas de independencia de Agustín Basave, conformación del Grupo Galileo en el Senado. ¿Cree que el PRI finalmente se encamina a dejar de ser un partido de Estado?
No está caminando, lo están arrastrando otras fuerzas. Sobre todo el gran entorno en el que se mueve, que ya no le ayuda. Haber pasado de los 17 millones de votos que tenían tan contento al Presidente en 1994 a los 11 millones de 1997, lo está empujando. El PRI nace como un partido que no quiere poner su derecho a gobernar a merced de las veleidosas urnas.

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En la transición democrática que vivimos, ¿qué clase de actor cree que está siendo el empresariado mexicano?
No es el gran actor, afortunadamente, pero sí lo he notado con una buena disposición a cambiar. Históricamente es creatura del Estado. Vivió a su sombra y amamantado por él en los años 30, 40, 50, 60. ¿Quién era el que hacía los grandes gastos? ¿De dónde se hacía la ICA o cualquiera de las grandes organizaciones que después representaron al gran capital mexicano? No nada más de relaciones políticas, aunque era un ingrediente indispensable. Era ese empresariado que podía tener miles de millones de dólares y decir, como Azcárraga, “soy soldado del PRI y estoy al servicio del Presidente”. Ese empresariado ya no es el que va a tener el futuro de México en sus manos. Ahora veo a los empresarios más dispuestos a admitir y buscar otros puntos de vista. En sus organizaciones invitan a personas como yo para discutir el presente y el futuro, no el pasado –ése no les gusta, aunque uno tiene la obligación de recordárselos–, porque hay cuentas pendientes con ellos.

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¿Por qué?
Porque fueron creaturas del autoritarismo, se nutrieron de él y le dieron muchísimo apoyo. Ahora que les está fallando, con mucho sentido común dicen: “bueno, ¿dónde está el nuevo camino?”. Y están dispuestos a cambiar y a decir: “ya no necesitamos al Estado, ahora que nos lanzó el gobierno al gran mundo de la competencia nos vamos haciendo independientes”. Han muerto montones de empresarios, sobre todo chiquitos y medianos. Cayeron como moscas. Pero los que han sobrevivido sienten una especie de seguridad porque pudieron hacerlo y entonces también tienen una capacidad de opinar y de actuar que no tenían en el pasado. Veo a los empresarios preocupados por cómo sobrevivir en un México donde ya no esté papá presidente y a él se le pueda pedir “sálvanos de las carreteras”, “sálvanos de los bancos”, que todavía lo están pidiendo muchos.

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El segundo indicador de Kohli se refiere a la efectividad o inefectividad de la acción gubernamental. Es evidente la inefectividad del Estado mexicano, tal como usted lo subraya en su ensayo, en términos de desarrollo económico y justicia social.
Lo único que podría argumentar Zedillo es que si en estos dos o tres años que le quedan puede mantener los indicadores macroeconómicos muy altos, podrá decirnos: “¿de qué inefectividad hablan? Aquí está la nueva economía marchando al cinco, al 6%”. Podría agarrarse de ahí y decir: “somos efectivos”. Ojalá y lo sea por el bien de todos. No nos conviene que se caiga la economía otra vez, o que ande arrastrándose a un insignificante dos ó 3%.

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Pero eso no es más que una parte de la realidad. Hay otra en donde no han dado pie con bola: la justicia social. Una nación es una empresa común, ¿pero qué interés común puede haber entre, por un lado, las grandes acumulaciones de capital que ha permitido el neoliberalismo y lo que estamos viendo en Chiapas, Oaxaca, o lo que destapó “Paulina”? En efectividad sacan cero, y que conste que es un compromiso que el gobierno tiene desde la Revolución Mexicana. La inseguridad en las ciudades y en el campo, los asaltos, asesinatos y secuestros son otro indicador que día con día nos está diciendo que ni siquiera son capaces de controlar a su policía, ya no digamos a los criminales.

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El tercer indicador de Kholi es la capacidad o incapacidad del sistema político para enfrentar el conflicto sin recurrir a la violencia. Aquí también hay un abultado expediente de recurso a la violencia: asesinatos de Colosio y Ruiz Massieu, de perredistas –tanto en el anterior como en este sexenio–, ejecuciones, torturas...
Estamos muy mal, de acuerdo. Toda política, sea en Estados Unidos o en Escandinavia, en el fondo tiene un elemento de violencia contenida. Se trata de que las instituciones funcionen al punto, que muy rara vez se utilice la violencia del Estado, pero en todos lados se utiliza. Aquí se está usando demasiado, pero a la vez siento que la sociedad misma no quiere ir por esa vía.

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A mí me parece más importante la violencia en el caso de Chiapas. Es la prueba de que fracasó el entramado institucional para resolver el conflicto por la vía de la negociación. Los zapatistas tuvieron que recurrir a la violencia porque los canales que supuestamente existían estaban asolvados o de plano no existían. Por eso me molestó la actitud tan farisaica de muchos comentaristas y de buena parte de la clase media y alta de decir “¡qué horror!, ¿para qué usaron las armas?” ¡Pues porque desde hace tiempo no tenían ninguna otra salida!

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Sin embargo, fuera de estas situaciones límite veo que hay más deseos de usar las urnas y los partidos para dirimir los problemas. Mi confianza está en la sociedad mexicana, no en sus gobernantes, que cuando hacen elecciones de “carro completo” en Puebla o en Tabasco están mandando el mensaje “miren, no hay forma de que se procesen los conflictos políticos por esta vía, por favor entren a la violencia para ver si ahí nosotros podemos destruirlos de una vez o ustedes nos destruyen”.

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Casi al final de su ensayo dice que el cambio político por sí mismo no resolverá el problema social, sino que requerirá también “de muchos cambios en el paradigma económico cuya formulación precisa aún está por hacerse”. ¿Cómo le hacemos para seguir transitando a la democracia sin dejar de lado el aspecto económico?
La democracia significa un aspecto importante: igualdad. Pero resulta que en la economía ahora vamos en el sentido opuesto. Estamos siendo más desiguales de lo que ya éramos. Hace 20 años éramos desiguales, pero los indicadores que nos da el propio gobierno nos dicen que hoy estamos peor. Hay que introducir la voluntad política para que el mercado, en sus manifestaciones más brutales y duras, no obligue a una parte de la población a escoger entre morir, o rebelarse y utilizar la vía violenta. La lógica del mercado lo lleva a darle más a quienes más tienen y menos a quienes menos tienen. El mercado es terriblemente injusto; por sí mismo no tiene que darle nada a los campesinos chiapanecos. De acuerdo con él, si no tienen la educación necesaria para insertarse en la industria y en los servicios modernos, no tienen nada que hacer, están de más en este mundo. Un mínimo sentido de justicia nos dice que hay que introducir la voluntad política para romper el círculo de la marginación.

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Usted es un estudioso del cardenismo y simpatizante, por qué no decirlo, del neocardenismo. ¿Cree que en la realidad económica y política de hoy en día es viable lo que éste propone en términos generales?
Sí, puede ser viable, porque ya no está proponiendo el cardenismo original. Ya no combate la idea de que el mercado tiene que ser el motor principal de la economía. Lo que el neocardenismo está diciéndonos es que no es suficiente el mercado, que hay que hacer un delicado balance y que la receta neoliberal de “acaben con los subsidios, abran el mercado, dejen que los más capaces creen empresas para generar riqueza que luego se va a percolar” es falsa. Probablemente en otro tipo de sociedad, en donde la pirámide no estuviera como está aquí en México –en la que la parte de arriba es muy estrecha y la de abajo muy amplia– la idea de que se puede ir transminando la riqueza de arriba hacia abajo puede no ser tan absurda. Insisto en que tiene que existir la voluntad política para distribuir mejor la riqueza. Pero no de la manera antigua. Lo que hizo el general Cárdenas fue distribuir lo que entonces era la gran riqueza para la mayoría de los mexicanos –la tierra–, pero ya no queda, así que hay que diseñar otras formas, pero no quedarse indiferentes frente a eso.

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Lo que no creo que sea viable es lo otro: mantener la unidad de los mexicanos pegada por las leyes del mercado, porque éstas, insisto, son extraordinariamente ajenas a la idea de justicia. Es el triunfo de los más fuertes sobre los más débiles.

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¿No se siente muy comprometido con el neocardenismo? ¿Piensa ser igual de crítico con Cuauhtémoc Cárdenas que como lo es hoy con el presidente Zedillo?
No igual, porque vienen de partes distintas. No es lo mismo Cárdenas que un presidente que viene de haber sido parte de la tecnocracia y de haber actuado de acuerdo con las inercias. Uno le pide responsabilidad al presidente de hoy, porque es heredero del de hace seis, 12, 18 y 24 años. Y nos podemos remontar hasta Carranza; vienen de una larga línea de autoritarismo, de irresponsabilidad y de corrupción. Los gobernantes de la oposición, ya sea los del pan o los del PRD, vienen de una lucha distinta. Y eso hay que tomárselos en consideración. Pero pasado un tiempo habrá que pedirles cuentas. No me queda más que ser crítico, al menos tratando de entender al principio, porque no le puede uno pedir lo mismo a Cárdenas que a Espinosa Villarreal, que se echó en paracaídas y llegó a una situación por la que no tuvo que luchar más que en los oscuros recovecos de la burocracia. Hechas estas salvedades, al final hay que juzgar por los resultados, y sí, hay que ser duro en este sentido.

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