5. Desempleo: El engaño

Las tasas oficiales de desocupación ocultan la realidad del empleo informal, que no genera ahorro p
Jesús Hernández

A dos semanas de cumplir 43 años, Ramón Medina perdió su empleo de dibujante en un despacho de diseño. No pasó mucho tiempo antes de que su esposa lo dejara. Después vendió su auto y su departamento. Ahora, enfermo de diabetes, vende lo que puede y sobrevive en las calles día tras día. Él es una más de las 191,000 personas que durante 2001 dejaron de cotizar en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y de pagar impuestos por la percepción de su salario.

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Cada peso que Medina deja de aportar a la generación de riqueza en el país representa un paso hacia la pesadilla que México podría enfrentar en el futuro: hacia el año 2050, uno de cada cinco mexicanos tendrá 65 años o más y dependerá de los recursos que la nación haya acumulado para hacer frente a esa coyuntura. La oportunidad de que exista una buena bolsa para sostener a esa población depende de que hoy se corrijan los males estructurales del empleo. Entre 2010 y 2040 el país tendrá la mayor cantidad de ciudadanos en edad laboral que, de contar con trabajos formales y bien remunerados, podría generar los recursos para enfrentar el envejecimiento (bono demográfico).

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Radiografía del presente

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Actualmente la población económicamente activa (PEA) se compone de más de 40 millones de personas, de las cuales 12 millones cotizan en el IMSS; tres millones más lo hacen en sistemas como el ISSSTE, Pemex o universidades; existen cinco millones de patrones y el resto obtienen sus ingresos en el mercado informal. Aunque esta última cifra es grande –reconoce José Mario Garza, subsecretario de Trabajo– "eso ha evitado estallidos sociales y otros problemas de mayor gravedad".

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Las perspectivas no son nada halagüeñas. El Banco de México estima que el producto interno bruto (PIB) crecerá durante 2002 apenas 1%. Según el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP), por cada punto de incremento del PIB se crean 250,000 empleos. Lo que se traduce en que el país requeriría avanzar a ritmo de por lo menos 4.8% anual.

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A esta cifra –explica Mario Herrera, investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso)– hay que agregar el rezago de entre tres y cuatro millones de personas que no han conseguido una colocación.

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No es lo único. Las repercusiones de la pérdida de un puesto –continúa– se resienten tanto en la capacidad laboral del trabajador que tiene menos confianza en sus habilidades, como en las curvas de aprendizaje de las empresas, que además incurren en gastos transaccionales mayores al tener que capacitar a nuevos empleados. "Son costos que casi nunca se toman en cuenta y que influyen en la productividad, no de una compañía, sino del país."

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Garza admite que la apuesta del pasado por la industria maquiladora como generadora de empleo no fue afortunada, pues si bien atrajo divisas, "no tuvo el arraigo que hubiéramos esperado".

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Por ahora, la Secretaría del Trabajo intenta tapar hoyos y resolver conflictos. De más de 5,000 emplazamientos a huelga sólo estallaron 11, pero a cambio tuvo que invertir $1,600 millones de pesos en programas de capacitación a trabajadores desempleados o en el financiamiento de paros técnicos en firmas que "por la coyuntura" se vieron en problemas económicos.

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Uno de estos casos –relata el funcionario– es Altos Hornos de México (AHMSA), que debido a sus altos pasivos podría cerrar sus instalaciones. El gobierno paga los sueldos y capacita a los empleados en lo que la corporación se recupera . "En Monclova, 70% de la actividad gira alrededor de AHMSA; si están mal, la situación se complica."

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El futuro posible

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Mario Rodarte, del CEESP, piensa que revertir la situación actual del empleo es posible. El primer requisito es captar inversión nacional y extranjera que permita crecimientos de al menos 4.5% en el PIB, a la par de mantener baja la inflación; de esa forma se podrían crear empleos formales con sueldos equivalentes a cinco salarios mínimos.

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Además, se precisa abatir la informalidad en los próximos 10 años y procurar una ley laboral más flexible, que estimule la generación de puestos de trabajo. "Si pensamos que cargando a los empresarios el crédito al salario se va a lograr estamos equivocados, porque las compañías despedirán a sus empleados para contratar gente por honorarios", asegura.

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Herrera va más allá. Dado el volumen del sector informal, la política tendría que reconocer su actividad y aprovechar su potencial empresarial. "Si seguimos viéndolos [a los integrantes del sector informal] como lastre, tendremos problemas de concepción y diseño de políticas públicas."

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Rodarte y Herrera coinciden en que una nueva ley laboral, que flexibilice las condiciones en que se emplea a los trabajadores mediante contratos individuales y pago por hora, podría apoyar la generación de puestos.

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El problema son las resistencias al cambio de parte de sindicatos y legisladores, que impidieron en las últimas cinco administraciones la transformación de un ordenamiento legal que está vigente desde los años 40.

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"En la medida en que no estamos respondiendo a quienes hoy no tienen un trabajo y sigamos siendo los mismos cautivos –dice Garza– los que apoyemos el desarrollo, tendremos un fuerte dolor de cabeza".

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