A sacarle más provecho al chip

De nuevo no tiene nada, pero sus aplicaciones se han quedado cortas. Ahora parece tomar un segundo a
David H. Freedman

Algún día, los antropólogos harán referencia a los tiempos en que los estadounidenses tenían que hacer todo tipo de señas para que los cantineros les sirvieran otra cerveza. ¿Le resulta iluso?

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No debería ser así, pues un laboratorio dirigido por la compañía Mitsubishi desarrolló el primer tarro de cerveza “inteligente”. Este término que se ha mal utilizado durante mucho tiempo, parece que por fin tomará justo el significado que merece. El tarro viene con un microchip en el fondo a prueba de agua y lavavajillas. Cuando el chip detecta que el vaso se está quedando vacío envía una señal de urgencia al cantinero.

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Los chips de computadora cuestan centavos de dólar y pueden realizar una gama cada vez más amplia de tareas. Hay tarjetas de créditos con chips para rastrear los gastos y evitar el fraude y cartuchos de tinta para impresoras con chips que evitan el uso una vez que se acaba la tinta e impiden que el aparato se descomponga. ¿Quiere más? Existen pelotas de beisbol con chips que monitorean la velocidad del lanzamiento y los libros infantiles con chips que reproducen sonidos a sus lectores. También hay válvulas de neumáticos con chips que controlan la presión, globos terráqueos con chips que brindan datos geográficos a borbotones, y playeras con chips para el inventario del revendedor. Vaya, los chips han encontrado su manera de ingresar al mundo de los zapatos deportivos, aspiradoras, revólveres, y hasta del papel.

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Leyó bien, el papel, pues la próxima generación de pasaportes emitidos por Estados Unidos se imprimirá con uno.

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Hay que admitirlo: algunas de estas cosas –por ejemplo, el vaso de cerveza electrónico– parecen un tanto tontas. No obstante, la lógica subyacente en esta tarea de equipar todo con un chip es bastante sencilla: agregue nuevos elementos que brillan a sus productos y los clientes amantes de lo nuevo pagarán más por ellos.

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Además, los productos inteligentes tienen la habilidad de auto monitorearse y de recolectar datos, lo que puede reducir los costos de logística y mejorar el servicio a clientes.

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Un pedacito de metal
Grantex es una compañía que provee uniformes con clientes como General Motors y Steelcase. La firma solía extraviar  2% de las 50,000 prendas que lava por semana, cifra que se vuelve exorbitante a fin de año por esta razón decidió coser a los faldones y pretinas de los uniformes unos chips rasteables que cuestan ¢70 centavos de dólar, una cifra que, de entrada, implicó el desembolso de unos $50,000 dólares. Bien los valió, pues el índice de error se redujo a cero y el tiempo de entrega disminuyó de tres a un día. Además, Grantex aumentó las opciones de colores y estilos de 50 a más de 300 sin tener que preocuparse por los clasificadores humanos abrumados.  El siguiente paso, de acuerdo con Doug Singer, presidente de la compañía, es que los clientes tengan una estación de rastreo de las prendas en sus propias instalaciones. De esta manera podrán saber dónde están sus uniformes en todo momento. Ciertamente, no hay nada nuevo en usar tecnología para mejorar un producto o servicio. Pero esta generación de productos inteligentes mejorados con chips tiene el potencial para modificar industrias enteras al crear nuevas corrientes de ingresos. En su momento, Carly Fiorina, ex ceo de Hewlett–Packard, advirtió que “cualquier cosa que tenga un chip se convierte en una plataforma para ofrecer servicios”. Una fábrica de maletines equipados con chips podría ofrecer un servicio de rastreo de los extraviados, o los dueños de cortadoras de césped podrían apreciar un plan de servicio que les avise por correo cuando la máquina necesita mantenimiento para prevenir una avería inminente.

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Ya está el chip, ¿y luego?
El surgimiento de productos mejorados con chips no sólo es un potencial de bonanza para los fabricantes, también abre un sinfín de oportunidades para las compañías de servicio. Esto es porque muchos de los elementos agregados gracias a la tecnología posiblemente serán abastecidos por proveedores externos. Digamos que un fabricante de tetera decide agregar un sensor que pueda transmitir una alerta cuando el agua ha estado hirviendo por más de dos minutos. Quizá muchos consumidores pensarán que es un elemento medianamente interesante, pero no para aquellos que resultan estar entre la decena de millones de estadounidenses preocupados por el bienestar de sus padres ancianos. Para ellos, esto sería un elemento extremadamente interesante dado que una tetera que silba sin respuesta sugiere un peligro de fuego o la incapacidad de la persona mayor para apagarla.

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Pero para que este elemento sea útil, la alerta de la tetera debe ser transmitida por internet a alguien que pueda seguirla. En otras palabras, ya no estamos hablando del negocio de teteras que alertan sobre el agua que hierve. Implica un servicio de seguridad que puede hacer la diferencia entre la vida o la muerte y eso bien podría ser un servicio que el fabricante de cafeteras posiblemente no está en condiciones de ingresar. No obstante, existen muchas compañías que sí lo harían porque su giro y especialización sí lo permiten. Cómo pensar en fabricantes de refrigeradores haciendo acuerdos con los supermercados para que la comida se ordene y entregue automáticamente.

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Supervalu, una tienda de abarrotes de Minneapolis, instaló sensores equipados con radio del tamaño de una piedra pequeña en sus 1,200 tiendas. El sensor emite datos a un proveedor externo que está a cargo de administrar el uso de la calefacción y electricidad de la tienda. Esta implantación, se espera, reducirá las cuotas de electricidad de Supervalu.

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Los centros militares estadounidense también planean usar estos nodos inalámbricos fabricados por Dust Networks, conocidos como “motas” u “hostiles” para recoger los sonidos o vibraciones de los vehículos enemigos en los alrededores de zonas protegidas.

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“Las cosas comunes pueden estar al servicio de propósitos más importantes cuando se les interconecta”, asegura Rob Conant, cofundador de Dust Networks. Posiblemente no hace falta decir que estas aventuras de adaptar chips a todo pueden producir efectos opuestos a los esperados. Al ofrecer objetos inteligentes en los que los clientes confían cada vez más, el usuario se transforma en un posible vehículo para el tipo de caos que pueden desatar el deseo de venganza de los hackers, la paranoia y los caprichos de los sistemas de circuitos electrónicos. Incluso, cuando Grantex anunció su servicio, los periódicos lo titularon como “Big Brother está lavando para usted” (jugando con la frase de George Orwell, Big Brother is watching you). De hecho, un periódico local mostraba su preocupación ya que los chips podrían ser usados por los empleadores para detectar a aquellos  empleados que pasan mucho tiempo en el baño, por ejemplo.

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Ésta es una acusación tonta que Grantex niega, aunque los cargos no tienen que ser verdaderos o ni siquiera razonables para ser dañinos.

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Con un poco de cuidado, las ventajas de los objetos inteligentes van a apabullar a las desventajas. Y dentro de algunos años surgirá la moda del regreso de los objetos absolutamente idiotas diseñados para satisfacer nuestra nostalgia por las teteras que sólo silban… o el ademán para que el cantinero nos sirva otra cerveza.

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Copyright Inc. Magazine Abril 2005

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