Adolfo, Carlos, Xavier y Sergio Autrey M

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Jaime Santiago

Como si su tamaño hablara de lo importante que es su fortuna, estos hermanitos son buenos para dar sombra en un día de verano: son grandotes, de espaldas anchas y algunos de ellos están francamente pasados de peso. Pero es dudoso que el refugio solar dure mucho, pues no se pueden estar quietos. Quienes los han visto de cerca saben que para los Autrey el trabajo es más que sagrado. No es raro que se les vea en la oficina todo el fin de semana, siguiendo muy atentos cada uno de sus negocios. “Trabajan como bestias”, describen, para más exactitud, sus colaboradores.

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Nada menos hubiera esperado de ellos su padre, don Adolfo Eduardo Autrey Dávila, el nieto de un francoestadounidense, quien transformó el negocio familiar —una botica en Tampico, Tamaulipas— en la distribuidora farmacéutica más grande del país.

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El rigor viene de él, un egresado de academias militares que comprendió que el asunto ya no era elaborar medicamentos en una pequeña tienda, sino tomar las medicinas de las grandes fábricas y distribuirlas por todas las boticas de México. Con la misma tenacidad con la que a los 10 años llegó a su casa como pudo, luego del descarrilamiento de un tren en plena Revolución, don Adolfo creó Casa Autrey aprovechando, por cierto, otro conflicto: el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El negocio había sido hasta entonces dominado por alemanes, quienes perdieron sus derechos, dejando el camino libre.

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La empresa creció durante varias décadas, al obtener la distribución exclusiva de muchos laboratorios, hasta que la nueva generación comenzó a hacerse cargo, desde finales de los 60, luego de una rigurosa educación con postgrado en Estados Unidos y todo. A partir de entonces los Autrey han crecido como la espuma. De la distribuidora de medicinas, pareció lógico el paso a distribuir publicaciones, y por ello la compra de Citem al grupo Vid. Pero, ya entrados, no tuvieron objeción en formar Grupo Acerero del Norte, la compañía que adquirió AHMSA del gobierno y que acabó absorbiendo a Aceros Nacionales. En el camino se metieron también en las finanzas, con la Casa de Bolsa México, y posteriormente como socios del Grupo Financiero Inverlat.

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Así que no debe asombrar que los Autrey, relativamente jóvenes (andan en los 40), se encuentren entre la lista de los favoritos de Forbes, con $1,000 millones de dólares de fortuna familiar. Eso sí, muy juntos todos: aunque los que suenan más en el medio son Carlos y Xavier, todos los hermanos se encuentran en el Consejo de Administración de Casa Autrey. Por ello, tratar de distinguir quién se dedica a qué es un tanto difícil, aunque a grandes rasgos Adolfo se dedica a las medicinas, Xavier es el hombre del acero, Sergio anda probando suerte en telecomunicaciones, en Citem y con una naciente editorial como negocio propio, y Carlos es el señor del medio financiero. No hace mucho, este último tomó las riendas de Inverlat, como símbolo de confianza entre los socios mexicanos y los del Bank of Nova Scotia, luego de que Agustín Legorreta tuvo que retirarse de la dirección (por exceso de resultados será).

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Casa Autrey no sólo sorteó más o menos sin raspones la crisis de 1995, sino que fue una de las pocas empresas mexicanas que obtuvo un préstamo de un banco extranjero en esos tiempos apocalípticos. Y no es todo: últimamente el grupo está tratando de meterse en el famoso negocio de las telecomunicaciones, primero con una red de datos, después con telefonía inalámbrica (Telefónica… adivine el lector… Autrey). Es sabido, también, que el grupo estuvo pujando por la compra de Cosoleacaque, antes de que la privatización de la petroquímica se empantanara, y que tiene intereses en el desarrollo del nuevo aeropuerto de la ciudad de México.

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En todo están los Autrey, y tantos años de chambear a todo vapor, sin conocer lo que se llamaría una vida íntima o personal, bien podría desembocar en que su dinastía sea la nueva versión de los Legorretas y Garza Sadas en el siglo XXI, tan positivo o tan negativo como lo quiera tomar el lector.

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