Agustín F. Legorreta Chauvet

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Jaime Santiago

No es una exageración decir que Legorreta es el apellido que mejor le queda a la -telenovela Los ricos también lloran. Desde hace casi 15 años esta familia no ve la suya, al grado de que ha dejado de ser el símbolo de la opulencia en México (tiene apenas un tercero o cuarto lugar en la “recordación” de los encuestados, después de los -Slim, Hernández y Garza).

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Sólo 10 años pudo disfrutar Agus­tín Francisco -Legorreta Chauvet ser cabeza de los banqueros más importantes del país. Su padre, don Agustín Legorreta López -Guerrero, murió a la temprana edad de 60 años, en 1972, dejándole la dirección general y la presidencia del Consejo del Banco Nacional de México (Banamex). Curiosamente, también su abuelo había muerto pronto, a los 54 años de edad, pero hoy su descendiente se ve fuerte y sano a los 61.

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Sin embargo, a este tercer Agustín le tocó la mala fortuna de perder el banco, por obra y gracia de la expropiación lópezportillista, sólo para invertir años en levantar una casa de bolsa, y terminar comprando y perdiendo el control de otro banco más en 1996.

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Es cierto, su participación en otras muchas empresas mexicanas lo pone lejos de la indigencia, pero lo que le daba el -glamour a la familia se ha convertido en la fuente de sus peores descalabros.

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Cuando Miguel de la Madrid decidió “alivianar” las cosas promoviendo al mercado de valores como banca alternativa, Legorreta fue uno de los pocos ex banqueros que le tomó la palabra, quedándose con lo que fuera la casa de bolsa Banamex, para convertirla en Inverlat. En pocos años, ésta y Operadora de Bolsa, propiedad de su hermano Eduardo “el Bayo” Legorreta, se habían convertido en dos de las instituciones más grandes de la bolsa. Y entonces llegó el -crack.

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Aparte de la gran pérdida de dinero que tuvieron, los bolseros comenzaron a recibir una andanada de demandas por malos manejos y hasta fraudes. La mayoría de ellas fueron solucionadas en los tribunales mercantiles, pero en 1988 subió a la presidencia Carlos Salinas de Gortari, desde entonces con muchas ganas de golpear.

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Ya sea por voluntad del entrante, ya sea porque se lo merecía, “el Bayo” fue invitado a pasar unas vacaciones (como él mismo les llamó después) en el Reclusorio Norte: el primer auge de la bolsa había pasado. Agustín tuvo que callarse, aún siendo presidente del Consejo Coordinador Em­presarial, y estando bajo el fuego cruzado de sus agremiados, que lo acusaban entonces de “agachón y servil” o de que tenía “mucha cola que pisarle”.

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Pero lo nuevo era la esperada reprivatización bancaria y, a pesar de los agravios, decidió volver a entrarle. Ya sea porque no tenía o no quiso invertir lo suficiente (hay quien insinúa que recibió el veto de Salinas), Legorreta no pudo recuperar Banamex. En su lugar se quedó con Comermex, por $2.7 billones de viejos pesos, al cual llevó hasta el cuarto lugar nacional. Pero los problemas no dejaron de venir: primero tuvo que librar una lucha encarnizada con Manuel Somoza Alonso por el control del banco. Luego vino el intento de fusión con Serfin, que lo hubiera devuelto a las grandes ligas bancarias, pero que terminó en un fracaso. Apenas pasado esto llegó la debacle de 1994, la crisis de 1995 y con ello la enorme cartera vencida que amenaza la existencia de la banca.

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El ahora llamado Banco Inverlat pasó primero al control del Programa de Capitalización Temporal, luego al del -Bank of Nova Scotia ya en 1996. Agustín continúa como presidente, pero éste ya no es su banco, en términos de mayoría, sino de los canadienses.

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No por nada él ya no se cuenta entre los líderes empresariales de tipo optimista. Actualmente dice que ésta es la peor crisis desde los años 30 y que tomará 10 años recuperarse de ella. Pero sus declaraciones ya no hacen historia como antes, cuando dijo que el salario mínimo era suficiente para vivir, -pero que la gente no podía dejar los “lujos”. O aquella frase que le achacan —él lo niega— acerca de las 300 familias que controlan la riqueza del país.

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Dicen que Agustín F. Legorreta aún tiene en su escritorio un regalo de Carlos -Abedrop, el último presidente de los banqueros antes de la expropiación: un barco que lleva la frase “para un buen -navegante no hay mal viento”. Pero qué ánimo le puede quedar a este almirante que ha ido de huracán en -huracán.

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