Ahí viene el boomerang

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Claudia Fernández

Nadie duda de la importancia de los medios de comunicación en la consolidación democrática. Son el instrumento para recolectar información y así reflexionar y tomar decisiones. Pero el reciente comportamiento de la televisión mexicana genera varios interrogantes sobre este papel.

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La irresponsabilidad con la que TV Azteca y Televisa cubrieron el asesinato del conductor Francisco Stanley ha encendido luces amarillas. Con toda impunidad, se pidieron cabezas, se clamó por la pena de muerte, se usaron figuras del espectáculo para manipular el sentir popular y se aprovechó el alcance del medio para establecer posiciones políticas.

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El discurso del presidente de TV Azteca, Ricardo Salinas Pliego, ese lunes por la noche rayaba en la apoteosis: “¿Dónde está la autoridad? ¿Para qué pagamos impuestos? ¿Para qué tenemos elecciones? ¿Para qué tenemos tres poderes? ¿Para qué tanto gobierno cuando no hay autoridad?”, dijo.

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Televisa no se quedó atrás y aunque metió reversa, ahí están los videos que muestran a Jacobo Zabludovsky demandando: “Alguien debe renunciar y dejar el paso a gente que tenga la capacidad de protegernos”.

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Los televidentes difícilmente podían identificar la información envuelta en opiniones y reclamos que salió como boomerang por las pantallas televisivas. ¿Dónde se dibujó la línea de objetividad e imparcialidad que se supone son fundamentales en la labor periodística?

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Este último exceso, que se suma a los sesgos en la cobertura de las elecciones de 1988 y 1994, del conflicto chiapaneco, de Aguas Blancas, de Acteal, del conflicto magisterial, sin embargo, fue registrado por el auditorio y, al parecer, el público tarde o temprano cobra las facturas.

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Según los resultados de una encuesta que condujo Mori de México en diciembre del año pasado, los mexicanos tienen más confianza en la iglesia (38%), el ejército (12%), el Presidente (10%), que en la televisión (9%), que sólo supera en confiabilidad a la policía (7%).

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Aunque la credibilidad en los medios, particularmente en la televisión, es baja, no se puede desestimar su influencia. Ian Ward, profesor de gobierno de la Universidad australiana de Queensland, apunta que la televisión puede no tener el poder de dirigir el pensamiento, pero ha sido capaz de desarrollar una forma de comunicación en la que “ver es creer”, en la cual las imágenes evocadoras y los símbolos cuentan más que las palabras al influir las opiniones que se formará el auditorio sobre asuntos políticos.

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El episodio Stanley quedó atrás, pero las televisoras –que llegan aproximadamente a 16 millones de telehogares– enfrentan ahora el reto de evolucionar y asumir la responsabilidad de su labor y el poder de su influencia. Ya arrancaron las campañas de los precandidatos a la presidencia. Es la oportunidad para que las televisoras demuestren si están a la altura de una sociedad más demandante y mejor informada, y si pueden asumir el rol que les toca en la consolidación de la democracia.

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Mientras tanto, el boomerang no tarda en dar la vuelta.

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La autora es periodista y prepara un libro sobre la televisión en México.

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