Al principo del camino

La pobreza o la inseguridad no tienen por qué ser parte del paisaje mexicano. ¿Tendrá este gobier

El destino no necesita alcanzarnos. Ya atrapó a gran parte del país, que vive como en los peores escenarios de una obra pesimista de ciencia ficción: gente con trabajo precario que tiene que pagar $50 pesos mensuales sólo para tomar agua, con casas mal iluminadas y sin drenaje. Del otro lado de la calle, la población con más fortuna económica vive amedrentada por los secuestros. Las empresas empiezan a perder su capacidad de competir, porque no encuentran personal que entienda los nuevos procesos o porque sus cuentas de energía cada vez son más abultadas.

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Por lo pronto, esos problemas son parte de lo que se ha presentado como México moderno, con buenas notas de las agencias calificadoras. En pocos años serán una amenaza más real al avance de la economía. ¿Qué se ha hecho para atacarlos? ¿Ya empezamos? Es el tema de esta edición, dedicada a siete dolores de cabeza que deberían convertirse en prioridades del gobierno y, por supuesto, la sociedad.

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Estas pesadillas –pobreza, rezago en educación, desigualdad en el campo, escasez de agua, desempleo, falta de inversión en energía e inseguridad– están presentes en toda la república, pero el sur, en especial Chiapas y Oaxaca, ya no puede esperar más. De acuerdo con el Consejo Nacional de Población, en aquella entidad la cuarta parte de los habitantes no tiene agua entubada y 10% habita casas sin drenaje ni instalaciones sanitarias; el consumo de agua se paga en ocasiones hasta 10 veces más caro que en las zonas residenciales más lujosas de las grandes ciudades; 22% de los residentes de más de 15 años no sabe leer ni escribir y la mitad no terminó la primaria. En esos estados se concentra también gran parte de las zonas de cultivo que necesitan atención inmediata. El campo mexicano tiene que competir con el de países que no sólo utilizan tecnología de punta, sino que lo hacen con un fuerte esquema de subsidios. No es cuestión de orgullo, sino una necesidad para asegurar la supervivencia de los campesinos.

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En el centro y el norte las dificultades son diferentes, pero no menos preocupantes. En medio de la prosperidad de algunas colonias de la ciudad de México o de Monterrey, el desempleo adopta todo tipo de disfraces. Dejar que un porcentaje creciente de la población "se ocupe a sí mismo" en el sector informal es tratar de meter el problema bajo la alfombra. Esta salida no contribuye, como el trabajo establecido, a la creación de un fondo de ahorro que garantice el crecimiento de México. Optar por ella, aunque sea como una válvula de escape, también pone en desventaja la competitividad de la economía, porque dificulta atender las necesidades de capacitación de la mano de obra.

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A los problemas antiguos se suman la creciente inseguridad y los obstáculos cada vez mayores para garantizar el abasto de energía, cuestiones que terminarán por desanimar a inversionistas potenciales.

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Respecto a cada uno de estos dolores de cabeza, el gobierno de Fox ya tiene un conjunto de promesas y, en algunos casos, hasta acciones concretas. Sin embargo, enfrentarlos a fondo requiere un liderazgo palpable.

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—Los editores

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