Andrés Manuel: el secreto para administ

Entre los posibles estilos de hacer política, López Obrador optó por el del CEO.
Héctor Zagal y Alejandro Trelles

Estadista, líder y directivo son tres perfiles necesarios para conducir instituciones. Los tres implican la estrategia; los tres articulan medios para alcanzar sus objetivos. Los estadistas las conducen con base en un ideario; sus metas se subordinan a un programa teórico y a un esquema de largo plazo. Los líderes –la palabra castellana es “caudillo”– arrastran a la multitud valiéndose de su carisma personal. En cambio, los directivos son profesionales, hombres o mujeres de oficio; mueven a los grupos humanos gracias a mecanismos psicológicos, administrativos y jurídicos. Tradicionalmente, se suele pensar que la política está a cargo de los estadistas y la empresa de los directivos. El liderazgo, por su parte, es deseable en ambas esferas, aunque es igualmente cierto que escasea en las dos.

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Nuestra tesis es provocativa. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no es ni un estadista ni un líder, al menos no en su estado actual. Estamos frente a un modelo de dirección que bien podría inspirar a más de algún director ejecutivo (CEO, por sus siglas en inglés). Se trata de un político cuyo éxito descansa, ni más ni menos, en la elección de un estilo directivo, es decir, sabe ejercer el mando de forma directa en un México en el que abundan los políticos con afanes de líder y de estadista. En un principio, pensamos que Fox fungiría como un directivo en su forma de hacer política. En realidad, es López Obrador quien ha sabido dirigir al gobierno de la capital como un verdadero CEO. Su modo de hacer política es claro: resultados, no ideologías.

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Segmentar el mercado:
localizar los nichos
AMLO –como los buenos negociantes– ha localizado los nichos de mercado de una manera precisa: los pobres y los empresarios de primer nivel. Los primeros son clientes fáciles; bastan unos pesos para comprar su lealtad. En un país con millones de menesterosos, una pensión de $600 pesos para los ancianos es más que suficiente para capturar su voto. Las grandes reformas –fiscal, eléctrica, laboral– resultan irrelevantes para esa inmensa masa de ciudadanos. Por su parte, los grandes hombres de negocios necesitan, ante todo, del ejercicio generoso del presupuesto público.

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La clase media, por el contrario, no ha sido la prioridad en el proyecto del jefe de gobierno del DF. Se trata de un mercado electoral reducido. Es un segmento donde vender votos resulta muy caro y reditúa poco. Los clasemedieros tienen acceso a una gran oferta electoral y son más exigentes. AMLO ha concentrado sus fuerzas en dos segmentos: el de los desposeídos, que le dan cantidad de sufragios, y el de los empresarios prominentes, que le brindan voto cualificado. Sin embargo, ha sabido conquistar a gran parte de la clase media del DF con el distribuidor de San Antonio, sus programas de vialidad en las avenidas Insurgentes y Revolución y, ahora, los puentes de Santa Fe-Centenario. No obstante, la construcción del distribuidor exigió de López Obrador toda su destreza política y publicitaria. La clase media capitalina le resultó muy crítica. Aun con los $700 millones de pesos que costó la obra, el PRD perdió las delegaciones Benito Juárez y Miguel Hidalgo.

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Segmentar la publicidad:
el comunicador hábil
AMLO es un buen comunicador, pues la primer regla de la materia es hablar a cada quien en su idioma. Sus giros son directos y coloquiales. Sabe a quien alude. Cuando se refiere a los panistas como “pirrurris” no intenta entablar un diálogo político, sino dirigirse a la clase baja; cuando responde a una petición de la Asamblea del DF con la expresión “Y su nieve, ¿de qué la quieren?”, no está interesado en polemizar, sino en que los millones de electores pobres lo entiendan. Su forma de vestir está meticulosamente descuidada (compárese la elegancia de las camisas azules de Santiago Creel con los tonos opacos de los trajes de Andrés Manuel). Sus conferencias mañaneras y su vestimenta nos dicen: “soy un oficinista trabajador y mal pagado, no un yuppie de Polanco”.

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Cambia de discurso frente a inversionistas y empresarios. Suele tratar con ellos de una manera más discreta. Prefiere las reuniones privadas o la comunicación a través de terceros, en vez de los grandes discursos públicos. Dirigirse abiertamente a los ricos es innecesario, cuando se tienen otros canales. Además, codearse públicamente con los poderosos deterioraría su imagen frente a los pobres.

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Se parece a aquellas compañías automovilísticas que fabrican autos de lujo y, al mismo tiempo, otros económicos. Los primeros se anuncian en revistas de gente bien, con folletos de gran clase. Los segundos, en televisión abierta y en medios impresos dirigidos a una gran audiencia. A los ricos se les vende caviar y hoteles de gran turismo; a los pobres, electrodomésticos en abonos. A la delegación Iztapalapa envía a sus brigadistas; en Las Lomas, acude a firmar convenios de inversión.

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Vender firmeza: no negociar
El PRI ganó la elección presidencial de 1994 por el temor de la ciudadanía a la inestabilidad. Los electores mexicanos quieren seguridad. El negocio del PRI fue vender la “no revolución”. AMLO aprendió esta habilidad de la competencia y la imitó. La ciudadanía quiere un gobierno firme. Durante más de un siglo hemos sido gobernados por regímenes autoritarios, de ahí que no sorprenda que el pueblo mexicano sea un pueblo paternalista. Si en 2000 Fox y AMLO vendieron cambio, el segundo se percató del carácter perecedero de esta mercancía. Añoramos firmeza y él nos la ofrece.

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Nuestra joven democracia, antecedida por un presidencialismo autoritario y convertida ahora en un sistema de partidos fragmentados, representa para la burguesía incertidumbre y lentitud en los procesos. El jefe de gobierno ha demostrado en la capital que el rumbo de la barca no se negocia. Su pasado priísta le permitió capitalizar las virtudes de jugar en un espectro ideológico de centro-derecha con un discurso de izquierda. López Obrador no está dispuesto a negociar el ejercicio de autoridad; su fortaleza se encuentra en vender la imagen de una dirección firme. El mejor ejemplo para ilustrar la no negociación de Andrés Manuel son los vetos ejercidos sobre la Asamblea Legislativa del DF.

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No negocia salvo cuando es absolutamente indispensable. No sabemos cómo terminarán sus relaciones con el sindicalismo priísta, pero todo indica que no está dispuesto a ceder ni un ápice. El polémico distribuidor vial de San Antonio es otro ejemplo. AMLO no se abrió al diálogo con los especialistas ni con la Asamblea. El plebiscito fue la gran pantalla que utilizó para imponer su voluntad. Se ha dado cuenta de que la ciudadanía quiere que se “tomen decisiones firmes”, no necesariamente las mejores. Acostumbrados a la verticalidad del PRI, a los mexicanos nos pone nerviosos el diálogo y la negociación.

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La ropa sucia se lava en casa
Algunos directivos olvidan que sus colaboradores forman parte del capital humano de la organización y, con el menor pretexto, los abandonan en alta mar. Esta actitud es especialmente peligrosa en océanos tempestuosos donde los errores están a la orden del día. AMLO defiende a capa y espada a sus subalternos. Pensemos en el caso del reemplacamiento vehicular. Las deficiencias fueron clamorosas. Sin embargo, las cabezas no rodaron. Una constante del gobierno capitalino ha sido un trabajo de equipo, orientado, eso sí, al lucimiento del jefe. Las pugnas internas –que las hay– no se perciben desde el exterior. Como directivo, AMLO ha logrado imponer a su equipo la consigna de que la competencia debe venir desde fuera, no desde dentro. El resultado es una maquinaria poderosa, volcada totalmente a la consecución de objetivos.

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Austeridad: el arte de manejar un Tsuru
Cualquier ejecutivo sabe que hay ahorros que salen caros. Es mucho más difícil cerrar un jugoso contrato llegando en un Volkswagen que en un BMW. También reconoce que el tiempo de un CEO cuesta mucho y que no vale la pena perder horas haciendo filas innecesarias. Sin embargo, en otros momentos, sobre todo en época de recortes de personal, resulta conveniente una imagen de austeridad.

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AMLO ha advertido en qué se fija la gente. Ha detectado las cualidades que se piden al producto. La ciudadanía no pondera las grandes inversiones. En otras palabras, la persona de la calle critica los coches de sus gobernantes, no la cualidad de las inversiones públicas. Se escandaliza de las Lincoln Navigator que usan algunos funcionarios, pero no analiza la productividad del gasto público. Es una cuestión de sensibilidad hacia el mercado. No tiene sentido ofrecer a los clientes champaña de gran calidad, cuando lo único que perciben son burbujas. Hay que satisfacer al consumidor, pero no siempre vale la pena darle algo que no esperaba. Hoy por hoy, lo más importante no es la austeridad real, sino que ésta sea percibida. Los ahorros se deben notar a simple vista, de lo contrario carecen de impacto publicitario.

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Eficacia, no ideologías
La diferencia entre un político de vieja escuela y un ejecutivo es el valor que unos y otros dan a la teoría. A los ejecutivos se les paga para resolver problemas. A los políticos también, pero se espera que lo hagan de acuerdo con un ideario. Por ello hay izquierda y derecha, liberales y conservadores. En cambio, no hay directivos de izquierda o de derecha; sólo eficaces e ineficaces.

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AMLO abandonó el discurso ideológico en favor de objetivos prácticos. Evade temas espinosos, como pueden ser el aborto y las uniones homosexuales. El tema del Fobaproa, a pesar de haber sido un asunto de gran relevancia para su arenga política, ha quedado atrás frente a los resultados útiles. Sus críticas al neoliberalismo son cada vez más leves.

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La estrategia es simple: zapatero a tus zapatos; es decir, sabe focalizar toda su atención a una zona específica del mercado. Se ha dado cuenta de que la captación de votos y la popularidad no requieren de un ideario político. Esta paulatina neutralidad ideológica le permite acercarse a diversos grupos de poder.

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Presentar batallas seguras
Arriesgar todo el negocio no es buena estrategia. AMLO tiene un fino oído para huir de aquellos mercados donde puede salir apaleado. Sin duda se arriesga, pero no demasiado y, sobre todo, sabe bajar la cortina a tiempo y presentar la batalla en otra plaza. Su discusión con Fernández de Cevallos por un supuesto tráfico de influencias es un buen ejemplo. Él empezó la polémica, pero cuando el senador panista mostró sus cartas, AMLO se retiró sin hacer mucho ruido. Se limitó a decir que ese asunto le daba “flojera”. Otro caso es el ambulantaje. No se ha enfrentado de lleno. Se limita a presentar una discreta batalla en algunas partes del Centro histórico de la capital, enviando, simultáneamente, un mensaje tranquilizador para el resto de los comerciantes ambulantes. No se puede atacar a este importante sector de la población sin consecuencias en las urnas.

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Subirse en el carro de la competencia
AMLO ejecuta un agresivo programa de gasto social. Sin duda, el nuevo gobierno capitalino ha hecho economías. Según fuentes oficiales, durante los dos primeros años de su administración, Andrés Manuel ahorró $6,171 millones de pesos, monto que destinó a gasto social. Lo curioso es que las finanzas públicas del DF dependen cada vez más de la participación federal. En otra palabras, la federación está pagando el proyecto de López Obrador. Es el sueño dorado de cualquier comerciante: vender un producto financiado por la competencia.

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La capacidad de cambio
En conclusión, AMLO ha sabido evolucionar y abandonar su estilo tabasqueño para adquirir el de un moderno operador político, más preocupado por la eficacia que por la consistencia ideológica. Estamos frente a un ejecutivo totalmente volcado a la consecución de los objetivos; un gobernante que, como los grandes empresarios, reconoce que la globalización está precedida de las raíces regionales. Para atacar el mercado global es menester tener una plaza fuerte.  No consiguió  gobernar Tabasco y optó por el DF. Su estrategia es clásica: fortalecimiento local para exportar después.

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Se podrá estar o no de acuerdo con él, pero no cabe duda que su estilo es interesante. Su éxito parece basarse en:

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  • Un exquisito cuidado de su imagen.
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  • La localización de los nichos de mercado más productivos en términos electorales.
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  • Un estilo firme y resistente, pero no duro.

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La dureza anula la flexibilidad. La resistencia permite mantener el rumbo con un margen de adaptación al entorno. Ninguna de estas características las tiene Fox, acaso porque viniendo del ámbito empresarial, quiso jugar a la política de consensos. Olvidó que el mercado electoral iba a echar de menos el tradicional producto priísta de la firmeza.

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La receta de AMLO es sencilla. Carece del carisma de Gandhi. No es un gran orador; tampoco es un político intelectual, como lo fue Reyes Peroles. El éxito de AMLO es volver a lo básico. La simplicidad de su estrategia le permite triunfar en un escenario complejo. Volver a lo básico, o como dicen en Estados Unidos, la clave es KISS: Keep it Simple, Stupid.

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