Antonio Ariza Cañadilla

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Jaime Santiago

La vida del hombre que llegó a México a vender Fundador y acabó fundando Pedro Domecq México ya se ha contado muchas veces. Es más, en cada entrevista don Antonio perfecciona el relato autobiográfico con más detalles. Ya retirado de los negocios, pero con esa misma nuca “fría” que le impide dormir más de seis horas diariamente, dispone de muchas horas para la que debe ser una de sus grandes aficiones: charlar mucho, largo y sabroso, redibujando con palabras todo ese pasado que ha acumulado en 75 años.

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A grandes rasgos la cosa va así: nació en 1921 en el puerto de Santa María, en Andalucía, muy cerca de Cádiz y de Jerez de la Frontera, perdió a su padre a los 13 años, por lo que su madre abrió una hostería para sostener a la familia. Ahí tuvo su primer contacto con México, nada menos que a través de grandes toreros mexicanos (“El Soldado” es su favorito), que lo enseñaron a comer chile. A los 16 años entró a trabajar a Domecq, y a los 25 años le ofrecieron la posibilidad de ir a México a vender los brandies de la empresa.

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Dos grandes motivos le hicieron irse: la oportunidad de “hacer la América” y... una veracruzana que lo cautivó instantáneamente en Jerez: Lourdes Alduncin. Cuenta que al momento de conocerla le dijo: “Me voy a ir a México y me voy a casar contigo”. Eso es ligue, porque se lo cumplió.

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Hasta aquí bien, pero existen varios factores clave para que don Antonio no acabara como muchos de sus paisanos por estos lares, al frente de panaderías u hoteles de paso. Por ejemplo: conoció en un tren, poco antes de cruzar el “charco”, a Pedro Domecq González, el quinto de su estirpe; se le presentó e inició una correspondencia con él que acabó en amistad y sociedad. Y muy importante: a finales de los 40 acabó el auge industrial mexicano de tiempos de guerra, el peso se devaluó a $12.50 y las fronteras se cerraron por mucho tiempo. Era el momento de gozar de un mercado interno cautivo, con productos fabricados localmente.

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Así que Ariza convenció al hoy desaparecido “Perico” Domecq y a la casa matriz, consiguió fuertes préstamos bancarios —sí, el lector podrá recordar que antes la banca servía para fomentar la industria—, y se hizo millonario. Vaya historia de conquista del Nuevo Mundo, que depende de algunos detallitos. Por ejemplo, ya un poco desesperados porque pocos tomaban en serio sus brandies, los de Domecq de México inventaron el famoso -Presiden-Cola. Es decir, cometieron el sacrilegio de mezclar su bebida con refresco (a ver quién se atreve a hacer lo mismo con un -Cardenal de Mendoza), fórmula que los lanzó al mercado masivo. A cualquiera se la va la ortodoxia por un tubo cuando se trata de dominar 45% de un mercado tan grande como el mexicano y mucho más (son sus cifras actuales).

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Como principal comprador de uva en el país, Domecq ha mantenido no poca influencia en los precios del cultivo, mientras que otro de sus brazos, la Asociación Nacional de Vitivinicultores (ANV), pugnó fuertemente por evitar la apertura comercial.

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Con los años la empresa se fue extendiendo a más productos, como los vinos -(los X-A hasta buenos son) y la distribución de otros licores y aguardientes. Incluso ha dejado de ser una empresa española (su capital mayoritario es inglés, sin dejar fuera a México, aunque en este país se respetó la dirigencia de los Ariza). Sin embargo, sus directores siguen fieles a sus primeros productos: don Antonio afirma que no toma otro vino que -Los Reyes y se sabe de algunos gerentes que toman Presidente derecho donde quiera que van (sin comentarios).

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Sobre este brandy, por cierto, surge la inevitable anécdota de cómo bautizó Ariza a su primer producto, al considerar que la presidencial era la figura más respetada en México (...el lector de cierta edad podrá corroborar que esto también era cierto, aunque hoy tal vez se le hubiera llamado brandy -Brozo).

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Pero esta buena relación de don Antonio con el poder político es más que simbólica, y por eso lo respetan tanto sus socios internacionales: su apoyo al presidente en turno es absoluto, por lo menos en público, y es bien correspondido. Los politicazos no son sus únicos grandes amigos: ahí están el pintor José Luis Cuevas y el Nobel Octavio Paz, quien lo describe como un “rey”.

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Fanático de los toros y de los caballos, creador de la raza Azteca, don Antonio tuvo la habilidad para dejar a su heredero las riendas de la empresa. Aunque Antonio Ariza Alduncin no parece gozar del mismo carisma que su padre, esta familia logró constituirse en una nueva dinastía de vitivinicultores, como los propios Domecq.

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