Antonio Madero Bracho

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Jaime Santiago

Aquí se habla de Antonio, al que algunos columnistas prefieren llamar “el bueno”, en contraste con su hermano Enrique, “el malo”, administrador de Minera Autlán a quien se le achacan más fracasos que aciertos en los negocios.

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Antonio Madero Bracho es una de esas gentes con rancio abolengo en los negocios, y uno de los líderes empresariales más nombrados. Presidió varios años el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, esa cúpula de cúpula de cúpulas que reúne a los más adinerados.

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Sin embargo, su actual fuente de riqueza es un poco más reciente que la de otros de su nivel. Se remonta a los intereses mineros que desarrollara en el país el célebre William Randolph Hearst, un multimillonario estadounidense conocido como el primer zar de los medios de comunicación, y quien inspirara el célebre filme de Orson Welles, El ciudadano Kane, ese clásico que está en la lista primaria de los cinéfilos.

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Originada en 1890, aquella compañía minera tuvo que ceder primero 51%, luego la totalidad de las acciones a un grupo mexicano en 1961, en aquellos tiempos idos de nacionalismo económico. Los Madero Bracho entraron entonces a las grandes ligas, convirtiéndose en los principales productores de oro y plata (nada menos) en México.

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Basándose en Corporación Industrial Sanluis (hoy Sanluis Corporación), don Antonio hizo prosperar la fortuna familiar, hasta hacerse de una serie de importantes participaciones en OBSA, Alfa, GISaltillo, Seguros América, Quadrum e Inverlat, entre otros. Al mismo tiempo, a este consorcio se incorporaron accionistas de la talla de Agustín Legorreta, Valentín Díez Morodo (el de Modelo) y los hermanos Cosío Ariño (ex dueños de los hoteles Camino Real, hoy casi retirados de los negocios).

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La historia de Sanluis estuvo a punto de culminar en el desastre en la década pasada, cuando se llenó de deudas, le bajaron las ventas y tuvo sonadísimos fracasos en el terreno de la hotelería con los Hyatt, y en el comercial con Woolworth.

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Como el lector podrá recordar, hasta hace unos cinco años estas tienditas con un poco de todo eran una muestra del pasado en su selección de artículos, en su diseño y en su imagen. Tampoco habían crecido en número de unidades, es decir, Woolworth estaba completamente empantanada.

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Sólo entonces, ya en 1991, Antonio Madero Bracho decidió quitarse de problemas. Pasando por encima de las objeciones de algunos de sus socios, hizo a un lado a su director general, Carlos Madrazo, y se puso a administrar él mismo, qué caray, por algo había hecho su fortuna.

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Previa consulta con algunos despachos de asesoría de negocios (tampoco es tan soberbio), la primera opción para el maltrecho grupo fue recapitalizarse, a lo cual se negaron claramente los amigos de Madero, pues era como echarle dinero bueno al malo. Entonces le vino la solución como una luz divina: vender los hoteles que tantos dolores de cabeza le daban, y deshacerse de Woolworth.

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El negocio, decidió entonces don Antonio, eran las minas y la boyante corporación de autopartes, Rassini. Nada más. Y le salió: hoy Sanluis, en su división minera, sigue sacando buenas cantidades del oro y la plata que dejaron los españoles tras la conquista, y como todo mundo sabe, éste es un producto que no sufre por las devaluaciones, más bien se beneficia. En compañía de tres o cuatro socios estadounidenses y canadienses, Madero ha logrado convertir su changarro en una verdadera multinacional.

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Eso no es todo: su negocito de autopartes surte, por ejemplo, algo así como 80% de las suspensiones que llevan los coches en México, ya sean Ford, Chrysler, General Motors o Nissan. Y éste es el mercado chiquito. En conjunto, Sanluis exporta 80% de su producción, y este año logró meterse por fin al enorme mercado brasileño de autopartes, una proeza para quienes saben lo cerrada que puede ser la economía carioca.

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Así que la empresa de Madero es una de ésas que lograron mostrar unas ganancias impresionantes en el adolorido 1995, tanto, que en 1996 se dio el lujo de colocar en las bolsas internacionales $60 millones de dólares, en la primera oleada de “confianza” en México tras el “efecto tequila”.

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De nuevo como en sus mejores tiempos, Antonio Madero Bracho es una muestra de que no todo lo que sale de Harvard es tan malo. De hecho, preside aquí la Fundación México en Harvard, una organización que se dedica a gestionar becas para nacionales con aspiraciones globales. ¿Habrá mandado ya a su hermano?

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