Aquel reloj de la calle Tacuba

La Princesa registra 94 años de historia, en los que vendió diamantes, alhajas y hasta relojes me

La casa de los diamantes, como se conoció por algún tiempo a esta firma, abrió sus puertas en 1909, en la calle de Bolívar. Su fundador, Javier Cacho, un comerciante llegado de Guadalajara, la llamó así en homenaje a una novia, a quien llamaba princesa.

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En poco tiempo, debido al movimiento financiero y estudiantil que empezaba a crecer en el corazón de la ciudad de México, el empresario cambió su negocio a la calle de Tacuba. A partir de un pequeño local se extendió hasta la esquina de Brasil, lugar desde donde ha visto pasar más de nueve décadas.

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“Para coronar la operación, Javier Cacho colocó un reloj justo en la marquesina y empezó a regir los horarios de los transeúntes. No había quien no se detuviera a ajustar la hora o escuchara con alivio el sonido que indicaba el fin de clase”, cuenta Gabriel Gálvez, representante legal de la compañía, cuyo padre fue su administrador y luego dueño.

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Aunque había otras casas joyeras, como La Esmeralda o La Perla, el tapatío se destacó frente a sus competidores sumando la venta por catálogo. Sus pedidos llegaban por correo a toda la república. Insólitamente, no sólo ofrecían relojes y joyas, sino también vestidos de novia, violines o artículos de labranza.

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En los años 20 Javier Cacho se dedicó exclusivamente a la joyería fina y la  relojería, lo que sin duda fue un gran acierto, pues las alhajas y los Rolex empezaron a brillar con más fuerza.

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 A  principios de los 40 se prohibió la importación de relojes. Cuenta Gálvez que, con el fin de sortear esta crisis, el fundador no dudó en crear talleres de relojería para armar desde las correas hasta las manecillas. Esto le permitió vender a mayoreo, sobre todo en provincia.

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Durante la Segunda Guerra Mundial, la Princesa salió a flote vendiendo relojes al ejército estadounidense.

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A finales de los 50 falleció Javier Cacho y al año su hijo. Las viudas quedaron al frente del negocio y tras los problemas financieros, vendieron la casa a su administrador, Gabriel Gálvez. La venta en abonos dio inicio a la segunda etapa de brillo de La Princesa. En 1968 abrió una sucursal en Félix Cuevas e inició la importación de brillantes directamente de Bélgica.

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 Las crisis económicas castigaron al sector joyero y las capitalinas calles de Tacuba y Brasil se llenaron de comerciantes ambulantes. En 1986 murió Gálvez y la compañía pasó a sus hijos, quienes cerraron la sucursal de Félix Cuevas.

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Hoy sólo quedan dos talleres, uno de relojes y otro de alhajas. Sin embargo, se busca que la casa de los diamantes recupere su fulgor y vuelva, a sus 94 años, a ser la soberana de los joyeros.

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