Auxilio, mi jefe es un <i>workaholic</i>

La gente sana trabaja para vivir, pero el <i>workaholic</i> vive para trabajar.

Cuentan de un empresario de la industria textil que, tras un problema cardiovascular por exceso de trabajo, comentó al camillero que el sanatorio requería cortinas nuevas. Casi sin aliento, agregó que él era la persona indicada para vendérselas. Por último, antes de perder el sentido, alcanzó a decir: “Mira, toma mi tarjeta del saco.”

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Para muchos, la sola idea del descanso es una broma de mal gusto. A decir de John J. Drake, en su libro Vivir más, trabajar menos (Paidós, 2002), nuestra sociedad pone demasiado énfasis en el trabajo y no lo suficiente en el ocio. Pero aclaremos: una persona que labora muchas horas no es necesariamente adicta al trabajo. Puede cubrir horas extra por la necesidad económica, pero ello no indica que esté obsesionada. Curiosamente, los adictos no suelen tener apuros económicos.

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Hemos creado un monstruo
Cómo saber si yo, mi jefe, mi pareja, mi amigo o mi compañero es adicto al trabajo. Barbara Killinger, en su libro La adicción al trabajo, una dependencia “respetable” (Paidos, 1993) lo define así: “Un adicto al trabajo gradualmente pierde estabilidad emocional y se convierte en adicto al control y al poder, en un intento compulsivo de lograr aprobación y éxito. La obsesión por el trabajo surge de su naturaleza perfeccionista y competitiva. El trabajo es la droga que lo libera de la ira, del resentimiento, de la culpa y del miedo.”

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Añade que en ocasiones las corporaciones recurren a ejecutivos con este síndrome para sacar adelante a las empresas y, en caso de crisis, salvar la situación, pero sus planes y estrategias son, “por lo general, despiadados. La adicción al trabajo crea un ambiente de confusión, secreteo, ineficiencia y rigidez.” Esto ha llevado a las compañías a darse cuenta que tal manía es contraproducente: los empleados se enferman y no son raros los episodios psicóticos durante periodos prolongados de estrés.

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Como consecuencia de estas crisis, muchas firmas buscan en la actualidad contratar a personas sanas y equilibradas, porque “las compañías que no procuran la salud física y psíquica de sus empleados pierden la confianza, el respeto y la lealtad del personal.”

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Porque es un mal compañero…
Luisa, que trabaja en una empresa de consultoría, tiene como colega en otra área de la compañía a un workaholic. “Quiere tener control de todos y le resulta muy difícil delegar. Un día te dice una cosa, al otro te dice otra y a la hora en que le comento lo que acordamos en la última reunión y se lo muestro, afirma que no quedó en lo pactado. Aunque le presente por escrito las cosas que dijo, él siempre cree tener la razón, y es muy difícil llegar a arreglos. No sabe trabajar en equipo y eso vuelve muy tensa la relación. Además, tiene ritmos desfasados de trabajo. Se queda a veces hasta la madrugada. Sólo le falta llevarse la computadora al excusado.”

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¿Cómo es que hay personas que laboran más de lo que se les pide? La terapeuta familiar sistémica y especialista en adicciones, Silvia Sandoval, explica: “Estas personas viven para trabajar y no se dan cuenta; son los últimos en enterarse de que tienen un problema, pues es una de sus características. Poseen una personalidad que en psicología se llama alfa: son perfeccionistas, obsesivos, compulsivos y niegan todo. A ellos no les pasa nada porque no lo ven aunque se los digan. Tiene que suceder algo muy fuerte para que se percaten de su adicción, pero quienes sí lo hacen son las personas que están a su alrededor: jefes, subalternos, familia y amigos, debido a que el workaholic puede dejar en segundo plano todo lo que sea por el trabajo.”

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Por otra parte, Ana Franklin, psicóloga, terapeuta familiar y miembro del Instituto Latinoamericano de Estudios de la Familia (ILEF), observa: “Los workaholics obtienen ganancias secundarias: buscan el reconocimiento de los jefes. A veces este comportamiento es premiado y los demás empleados o subordinados comparten esa manera de actuar.”

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Luisa explica: “Para no entrar en conflicto, lo que yo hago es que cuando él presenta un documento lo modifico y acabo poniendo lo que creo que debe ser. Esto lo acuerdo con los demás directivos, llegamos a un consenso y en general procuramos darle por su lado, para que nos deje en paz.”

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Pesadilla en la oficina
Miguel Ángel Castro trabajaba en una firma de servicios fotográficos y dejó el empleo, entre otras razones, porque estaba cansado de su jefa. Relata: “Pecaba de obsesiva, quería quedar bien con su superior y en mi caso, por ejemplo, llegó un momento en que cuando necesitaba solucionar cualquier problema me llamaba y después decía que se trataba de su idea, sin darme crédito. Comenzó a ser más obsesiva por trabajar y hacernos trabajar, por obtener resultados más rápido de lo que supuestamente debía entregar cualquier empresa de servicios como la nuestra. Quería imponer una jerarquía de jefa, pero no sabía cómo. Nuestro horario de salida era a las 19 horas y a las 18:30 comenzaba a asignar trabajos que debían entregarse ese mismo día, sin dárnoslos con un poco más de tiempo para poderlo planear.”

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Ana Franklin comenta sobre este tipo de líderes: “Si los empleados no están conformes con la manera de trabajar del jefe, se creará un clima organizacional conflictivo, abierto o velado. El subordinado puede pensar: ‘Me quedo hasta tarde en el trabajo, pero descontento’; o considera que no hay motivo para hacer bien las cosas si el superior después las va a corregir o se hará cargo del trabajo que no se haga.”

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Miguel Ángel termina su relato: “Ella salía a las 10 de la noche y los que estaban aprendiendo o acababan de entrar tenían que quedarse. Tomaba ese tipo de ventajas sobre las personas nuevas. Según ella trabajaba mucho, pero más bien estaba al pendiente de que hubiese gente hasta muy noche. Y claro, el jefe se sentía complacido y no se daba cuenta de que todo mundo estaba furioso con ella. Hacía las cosas mal. No las planeaba ni organizaba el tiempo de sus trabajadores; por esa desorganización sacrificaba parte de su tiempo y el de sus empleados.”

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El médico incurable
Los médicos, abogados, hombres de negocios, economistas, académicos y periodistas son el mejor caldo de cultivo para esta adicción. Estos profesionales “por lo general derivan en adictos que son respetados y reverenciados por su clientela, escribe Bárbara Killinger: “Hay cierto aire de nobleza en la imagen sacrificada del médico que visita a sus pacientes sábados y domingos por la mañana. Los dependientes gozan cuando los demás sienten lástima por ellos”.

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Patricia rememora momentos difíciles: “Mi marido y yo éramos médicos generales. Yo trabajaba por la mañana en un hospital del Estado, por la tarde en mi consultorio y en la noche llegaba a atender la clínica de la familia. Poníamos a los hijos adolescentes a trabajar en la recepción, la limpieza, lo que fuera, pues no nos dábamos abasto. Económicamente conseguimos lo que queríamos: tuvimos dinero para viajar, pero nunca lo hicimos porque no había tiempo. Lo mismo sucedió con la casa de campo que compramos: nadie la podía disfrutar porque siempre estábamos trabajando.”

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Silvia Sandoval lo expresa de manera práctica: “El workaholic no disfruta su trabajo: debe tener el mejor coche, la mejor casa, la ropa más cara. Cuando la casa está terminada, ya esta medio vacía, pues su pareja se ha divorciado a causa del abandono. Los señores que trabajan sin parar encuentran unos hijos adolescentes que necesitan una autoridad y el padre está ausente. El papá ¿podrá regresar al aburrimiento de vivir con un adolescente si considera más interesante su empresa y su trabajo?”

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Patricia reflexiona a la distancia: “Fueron tiempos difíciles para todos. Mis hijos se volvieron también adictos al trabajo y eso ha sido bueno para ellos, pero perdimos momentos que ya no regresarán, cuando la familia estaba unida pero no había respiro para el reposo. Ahora cada quien tomó su camino.”

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Lealtades que matan
Ana Franklin resume: “Estas personas tienen deseos constantes de superación y buscan metas que nunca alcanzan. Hay poco balance en sus vidas, pues descuidan la salud, a los amigos y familiares. Con relación a la familia –dice– las consecuencias son tremendas: hay hijos sintomáticos –lo que expresaría una necesidad de todo el grupo de tener al padre o a la madre presentes–; o se expresan las dificultades encubiertas del conflicto marital y alguno de los cónyuges podría tener depresiones. En general se trata de personas desconectadas de su cuerpo, de su erotismo y finalmente, con altas tendencias a somatizar.”

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Sandoval complementa al acotar que los workaholics tienen lealtades invisibles con su familia: “Los adictos al trabajo son personas que vivieron muchas exigencias: ‘En esta casa se trabaja, no se juega’, decían los padres; son personas a las que le dieron trabajos de adulto siendo niños. Se les va creando resentimiento y esa situación de tener que cumplir papeles que no les toca siembra el terreno para que sean reconocidos por los demás a través del trabajo. Paradójicamente, esto no les permite involucrarse en los afectos y necesidades. Los workaholics también pueden ser personas que vieron muchas dificultades económicas con padres muy inútiles, que no trabajaban pero que les exigían. Hay lealtades terribles, que aunque los progenitores hayan muerto, buscan ser reconocidos por la esposa y los hijos.”

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Si crees ser un adicto al trabajo, recuerda: nadie –ni siquiera el empresario textil del ejemplo inicial–ha dicho jamás en su lecho de muerte: “Ojalá hubiera pasado más tiempo en el trabajo.”

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