Baco y la diosa Fortuna

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Al promediar el siglo XVIII Arthur Guinness logró abrir, gracias a un préstamo de 100 libras, una pequeña cervecería en su pueblo natal: Country Kildare, Irlanda. Tres años más tarde, en 1759, estableció su negocio en un local abandonado de la Puerta de Saint James, en Dublín. Eran los tiempos de la máquina de vapor y su firma –que producía cerveza tipo ale– fue creciendo conforme lo hacía la red ferroviaria.

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Ya en la siguiente centuria, su heredero homónimo tuvo que enfrentar los altos impuestos con los que la Corona gravaba, no al líquido sino a la malta. Tratando de evadir el tributo, experimentó con ciertas mezclas de cebada sin emplear la materia prima castigada. El resultado fue una cerveza espléndida, más tostada, con más cuerpo y color que las London porter (oscuras) de la época: había nacido la clasificación dry stout.

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Las Guinness que en la actualidad tomamos apenas difieren de esta receta original sin malta, que en cierto sentido debemos a la codicia del gobierno inglés.

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