Baja California-California <br>Amor con

Tijuana y Mexicali crecen al doble del resto del país carecen de desempleo y reciben continuamente

Cuando se piensa en una ciudad fronteriza de referencia en México, es inevitable remitirse a Tijuana. La imagen que invariablemente ronda en la cabeza de quienes no la conocen es la que han forjado muchos periódicos, multiplicada a su vez por innumerables películas: la de una ciudad sin ley, donde imperan el narcotráfico y la prostitución y adonde acuden los soldados y maleantes estadounidenses para dar rienda suelta al estupro y depravación que les son prohibidos en su país.

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La realidad es, sin embargo, otra: con un desempleo de 0.6%, un crecimiento económico que duplica la media nacional y una creación continua de nuevas empresas, Tijuana es seguramente una de las ciudades más dinámicas, competitivas y con mayor nivel relativo de bienestar de toda la república. Y esto también se aplica al resto de las principales ciudades que componen el estado de Baja California, es decir, la capital y también fronteriza Mexicali y la portuaria Ensenada.

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Quien dice frontera, dice también industria maquiladora. Y ese es el principal ingrediente del éxito económico de la entidad, que hasta junio de 1997 contaba con 900 establecimientos de este tipo, de los cuales 690 se encuentran en Tijuana y Tecate, 150 en Mexicali y 60 en Ensenada. Así, el imparable crecimiento de la población del estado de 5.2% anual –consecuencia a partes iguales del aumento de la natalidad y de la llegada de inmigrantes–, el doble del registrado en el país, ha podido ser correspondido por la creación de empleos. Tan sólo en el primer semestre de este año hubo más de 34,500 nuevas ofertas de trabajo, una cifra 13% mayor a la registrada en el mismo periodo del año anterior.

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“Tenemos éxito, y no gastamos mucho dinero”, dice con cierto orgullo Jorge Gallego, secretario de Desarrollo Económico de Baja California. Con un presupuesto anual para promoción económica del estado de apenas $5.5 millones de pesos, hasta septiembre las autoridades ya habían obtenido más de $850 millones de dólares en inversiones privadas para plantas maquiladoras y piensan terminar 1997 arriba de $1,500 millones de dólares sólo en creación de nuevas empresas. ¿El secreto estaría en los incentivos que se otorgan a los recién llegados? “Tenemos muy pocos impuestos estatales –explica Gallego– y durante los dos primeros años de operación las empresas están exentas de pagar el impuesto sobre nóminas, que es de 1.25%. Pero la verdad es que no hemos tenido que ser agresivos en otorgar incentivos: cuando se está vendiendo, no hay necesidad de dar ofertas.”

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El funcionario sabe que la ubicación privilegiada de la entidad por colindar con California, el estado más rico de Estados Unidos, es suficiente atractivo para la inversión foránea. “Nuestra verdadera fórmula se basa en un concepto propio de -TLC: tender loving care (atención tierna y amorosa)”, dice.

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No sólo es la proximidad con Estados Unidos: el otro factor determinante en la decisión de inversión radica en los bajos salarios de los trabajadores. Por sólo desplazarse medio metro, es decir, cruzar la barda que separa a México de Estados Unidos, las empresas gastan cinco veces menos dinero en costos laborales. Mientras los trabajadores de las maquiladoras cobran en promedio $1.35 dólares por hora, en el país vecino el salario mínimo es de $5.5 dólares.

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“Los salarios son una gran ventaja competitiva en comparación con Estados Unidos –comenta Gallego–. Pero si fuera ése el único factor de decisión, Oaxaca estaría plagado de maquiladoras.” Según los análisis realizados por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de -Monterrey (ITESM), Baja California es la entidad donde menos gente gana el salario mínimo de toda la república. No obstante, también es una de las entidades en la que más personas reciben de uno a tres salarios mínimos.

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Todos los entrevistados coinciden en que, a pesar de que el salario de las maquiladoras es bajo, la siempre creciente demanda de trabajadores por parte de las industrias ha repercutido en un aumento del sueldo: si bien no es una suma considerable, el salario que se paga en la franja fronteriza de Baja -California es superior al devengado en promedio en el resto de la república.

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TIJUANA VS MEXICALI

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La prioridad de la secretaría para seducir a inversionistas extranjeros se centra, primordialmente, en atraer aquellos dedicados al sector electrónico y, en menor medida, a las fábricas muebleras, textiles y productoras de alimentos. “Para el sector electrónico, Baja California es la mejor opción”, sentencia Gallego. ¿Y Guadalajara, en donde ya están instaladas muchas manufactureras de esa actividad? “Se consolidó en tiempos pasados de cara a atender el mercado interno. Para atender las necesidades del mundo, no es tan buena opción como la nuestra.”

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Planteada esta prioridad sectorial, las autoridades han definido los mercados de promoción a donde se desplazan las misiones comerciales destinadas a atraer inversión: en Europa, Reino Unido; en Estados Unidos y Canadá, toda la franja del Pacífico desde San José hasta Vancouver y en Asia, los países más buscados son Japón, Corea, Taiwan, Singapur, Malasia y, en menor medida, China.

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Dentro del estado, Mexicali tendría una vocación más enfocada a la industria integrada, sobre todo nacional (Bimbo, Maseca, Kenworth), mientras Tijuana parecería estar más orientada a la industria de ensamble. “Pero no necesariamente es así”, dice Gallego. Prueba de ello sería la reciente decisión de Acer y Daewoo, que eligieron a Mexicali para instalar sus respectivas plantas.

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Hace dos años, apenas empezaba su gestión la administración del actual gobernador Héctor Terán, el secretario de Desarrollo Económico fue acusado de promover más la inversión para Mexicali, de donde es oriundo, y “olvidarse” de mencionar la existencia de Tijuana a los grandes grupos empresariales extranjeros.

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Inmediatamente fue llamado al orden por la prensa local y los empresarios tijuanenses. A pesar de que muchos dicen saber que esto ocurrió a ciencia cierta, Gallego lo desmiente: “Nunca privilegiamos a nadie. Fue una acusación infundada. Si se observa el crecimiento de la industria maquiladora, de las 169 que se instalaron durante 1996 y 1997, 118 fueron en Tijuana y 21 en Mexicali. Sólo me remito a esa evidencia”.

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El desembarco cada vez mayor de las empresas asiáticas, iniciado desde 1979 con la primera llegada de compañías japonesas, ha supuesto el principal revulsivo económico que necesitaba esta región fronteriza. “No sólo contribuyeron a incrementar la captación de inversión: también aportaron una noción de calidad y disciplina en el trabajo hasta entonces desconocidas en México”, comenta Enrique Mier y Terán, director general del parque industrial Tecnomex. A sus 57 años, es considerado como uno de los pioneros de la industria maquiladora en México.

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No obstante, según los especialistas laborales, las corporaciones asiáticas también aportaron prácticas más inflexibles de cara a entender la idiosincrasia del mexicano y dar un trato más amable a los -empleados. No es exclusivo de ellos, pero los trabajadores de maquiladora dicen que es más en empresas de esta procedencia donde se dan los tratos menos respetuosos.

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Y es que, para los más críticos esa supuesta fórmula de “atención tierna y amorosa” que dicen prodigar las autoridades económicas estatales sólo está reservada a los inversionistas extranjeros y no a los trabajadores de la entidad. “No hay apoyo por parte de las instancias oficiales. En cuanto se inicia un proceso legal en contra de una empresa para defender los derechos del trabajador, las autoridades detienen el juicio, lo alargan y ponen muchas trabas para que los empleados se cansen de luchar”, comentan Ana Enríquez y Beatriz Alfaro, dos integrantes de Grupo Factor x, una asociación civil creada hace tres años destinada a dar información y capacitación a los trabajadores de maquiladora acerca de sus derechos laborales.

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Según ellas, de los 177,000 trabajadores que laboran actualmente en las maquiladoras instaladas en el estado –80% de ellos mujeres– muy pocos tienen conciencia de sus derechos. Aquél que intente reivindicarlos o crear un sindicato independiente, dicen, se ve amenazado o es fulminantemente despedido.

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Esta desprotección del trabajador es ratificada a su vez por Alfredo Hualde, investigador de El Colegio de la Frontera Norte especializado en las relaciones laborales de la industria maquiladora: “Después de reprimir las reivindicaciones que hubo en los años 70, el sindicalismo en las maquiladoras nunca volvió a tener una influencia fuerte. Ahora, la -CROM, la principal central sindical, pacta con la administración sin tener representatividad entre los trabajadores.

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Existen muchas empresas en las que sus empleados ni siquiera saben que están afiliados al sindicato.”

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LA DÉBIL INDUSTRIA LOCAL
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Pero ¿y la industrial local? Las más de 3,300 industrias manufactureras locales censadas por el estado en Tijuana y Mexicali tienen un peso económico relativamente pequeño frente a las todopoderosas maquiladoras. “En Tijuana, desde hace 40 años ha sido más fácil y beneficioso ser desarrollador que verdadero empresario. Tiene menos riesgo”, constata Hualde.

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De este modo, muchos de los prominentes empresarios de la región, como Mier y Terán o Elías Laniado, director general de Grupo Lamesa, empezaron en las maquiladoras, crearon luego sus propias empresas manufactureras y, finalmente, las vendieron a terceros para desarrollar parques industriales en los cuales rentan naves a las maquiladoras, además de brindarles asesoría en su periodo de instalación
en el país.

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El entramado empresarial de Baja California, si bien tiene la virtud de no haber dependido nunca de los gobiernos federales o estatales para desarrollar sus negocios –fruto de los más de 3,000 kilómetros que separan a la región de la centralista capital–, ha pecado en muchas ocasiones de demasiado individualista. La escasa historia de sus ciudades y la continua llegada de inmigrantes hacen de Tijuana o Mexicali ciudades con raíces aún muy pequeñas como para crear una cultura regional fuerte que fomente la solidaridad entre los emprendedores de la región.

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En este contexto, aquellos que decidieron lanzarse a la aventura de crear y conservar su propia empresa han recorrido, la mayor parte de las veces, un camino plagado de espinas. Tal es el caso de Patricia Scully, directora general y dueña de Arlequín Industrial. El caso de Scully es doblemente excepcional: no sólo es de las pocas mujeres de la región que dirigen una empresa, sino que su compañía, dedicada a la fabricación de accesorios textiles de muebles infantiles para la exportación, es de las pocas maquiladoras con capital 100% mexicano.

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Antes de conformar la empresa, Scully –de 54 años– aprendió el negocio trabajando en otra maquiladora estadounidense de actividad similar que desapareció en 1991 por problemas entre los dueños. Fue entonces cuando ella y 80 trabajadores trataron de fundar una cooperativa para seguir con la actividad. “Teníamos máquinas, conocimiento y un cliente estadounidense que nos apoyaba para que creáramos la empresa con el compromiso de darnos el trabajo”, recuerda.

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Sin embargo, a los cuatro meses de presentar la solicitud, la Secretaría del Trabajo les negó el permiso de crear la empresa. “Las cooperativas poseen ciertos beneficios fiscales y la federación no está interesada en otorgarlos”, dice. Finalmente, la directiva buscó otro socio mexicano y, entre los dos, aportaron $5 millones de pesos con los que crearon una sociedad anónima.

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Actualmente el capital de la empresa ha crecido a $75 millones de pesos, tiene 100 empleados y, cuando no le va muy bien, factura más de $40,000 dólares al mes. Sigue dependiendo de un solo cliente y sus esfuerzos por diversificar su cartera han sido todos vanos: “No hay apoyo del gobierno federal. Hace tres años solicité una ayuda a Bancomext para exportar a Canadá y no conseguí nada. Para que presten dinero se necesita tener dinero. He crecido con recursos propios. Esas son las cosas que más me molestan de -México: los acuerdos comerciales que se establecen parecen más pensados para el único beneficio del otro país”.

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Al igual que en el resto de la franja fronteriza de la república, el futuro desarrollo económico local pasa obligatoriamente por la multiplicación exponencial de proveedores mexicanos de insumos para la industria maquiladora. Actualmente, se estima que la derrama de las maquiladoras en el estado es de $750 millones de dólares anuales, una cifra que, a pesar de no ser desdeñable, suena un poco ridícula cuando se compara con el gasto anual de esta industria por compras de insumos a proveedores extranjeros: $7,500 millones de dólares, nada más y nada menos.

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De esta suma, apenas 2% es de procedencia bajacaliforniana y muchas veces se trata de empaques, servicios externos de vigilancia o transporte de mercancías. Si se piensa que en Tijuana se producen 14 millones de televisores al año, basta ver la inmensa riqueza que podría crear aquel industrial mexicano que consiguiera colocar cuatro tornillos en cada televisor producido.

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“Tenemos problemas de calidad, cumplimiento, entrega y, sobre todo, actitud empresarial. Los industriales mexicanos han estado acostumbrados a tener márgenes de utilidad del 20 ó 30% y no entienden cómo trabajar con el 4% de rentabilidad que se les exige en el mercado internacional. No se dan cuenta de que no sirve de nada obtener 50% de utilidad en una venta de 100 cuando se puede conseguir 2% en una de $1 millón. Es totalmente lógico, pero es muy difícil que se consiga ese cambio de actitud de forma generalizada”, comenta Mier y Terán.

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“Vender a la industria maquiladora es mucho más exigente que vender a un mercado de consumo final. Para que un empresario micro y pequeño venda a los grandes, se necesita financiamiento. Pero el problema principal es que no hay créditos: mientras no se componga la banca en México con intereses competitivos, los industriales mexicanos estarán fuera de las grandes ligas”, explica Laniado. Según él, faltan todavía 10 años para que se desarrolle un verdadero ejército de proveedores mexicanos.

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Para el gobierno estatal, el plazo es menor: piensa que en cinco años se empezará a ver el desarrollo de la industria bajacaliforniana de insumos. Lo curioso es que su plan para conseguirlo es totalmente distinto a los preceptos dictados por Secofi o Bancomext: “Consideramos que para ser proveedores de la industria maquiladora hay que pasar por un proceso que todavía no hemos recorrido. Por eso, nuestra estrategia es traer a los proveedores de insumos extranjeros para que se instalen en el estado. De este modo se capacita a la gente para que tenga el conocimiento suficiente con el fin de crear su propia empresa de insumos”, dice el secretario de Desarrollo Económico.

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Según él, éste sería el mismo proceso por el que ya pasaron Japón, Corea, Taiwan o Malasia. “Los programas de Secofi o Bancomext no son utópicos, porque sí es posible crear proveedores, pero de forma muy lenta. Nuestra estrategia es criticable pero, aunque pareciera el camino más largo, creemos que tendrá mucho éxito en cuatro o cinco años.”

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Por lo pronto, los empresarios están dando cada vez más pasos hacia la unión regional a través de los Consejos de Desarrollo Económico que se han creado en cada ciudad del estado, los cuales agrupan a representantes de los empresarios, autoridades municipales y estatales y la banca de desarrollo. “Hasta ahora nunca hubo sentido estratégico en la planeación. Con estos organismos pretendemos que las ciudades del estado crezcan de manera más controlada y superemos la administración sexenal o trienal que ha dado la inconsistencia a la organización social y urbanística de la ciudad”, explica Isauro Barrutia, presidente del Consejo Coordinador Empresarial de Baja California y director general del Consejo de Desarrollo Económico de Tijuana.

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Pero, según todos los entrevistados, la principal clave para destrabar esta falta de industria competitiva se encuentra en los actuales altos mandos mexicanos de las plantas maquiladoras: son ellos los únicos capaces de crear una nueva generación de empresarios locales con parámetros de negocio y cumplimiento adecuados para las exigencias de las maquiladoras.

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Esta nueva generación sería, según Hualde, el eslabón necesario para la creación de una verdadera clase media que dé un nuevo impulso económico y social a la creciente población de la franja fronteriza. De ella emanaría la responsabilidad de fundar lo que ya se perfila como una urgente necesidad: la creación de una verdadera región binacional que englobe a San Diego, Tijuana y Mexicali. La primera sería el centro de servicios, mientras las dos últimas se fortalecerían en su posición de plazas manufactureras de orden mundial.

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LA “HERMANA” RICA
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Tras años de dar la espalda a su vecino latino, cada vez más habitantes de San Diego dejan de considerar a Tijuana como su “patio trasero” y tratan de acelerar un mayor entendimiento entre las dos ciudades. El interés es obvio: aterrorizados por la posibilidad de ser fagocitados por el incontenible crecimiento del área metropolitana de Los Angeles, ciudad a la que “odian” con fervor, los sandieguinos luchan por preservar su propia zona de influencia económica independiente.

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Un buen ejemplo de este nuevo propósito de cultura binacional sería el de Charles Nathanson, director ejecutivo y fundador de San Diego Dialogue, un organismo creado por la Universidad de California en 1991 dedicado a la elaboración de estudios sociales y económicos para incentivar las actividades conjuntas entre ambas ciudades.

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Gracias a los análisis de esta institución, en 1994 se divulgó un dato hasta entonces desconocido: la derrama económica de los baja californianos en San Diego alcanza los $2,800 millones de dólares anuales frente a los $2,000 millones de dólares que cruzan la frontera en sentido inverso. “Era un dato importantísimo para demostrar a los estadounidenses por qué el futuro de San Diego depende de Baja California y del desarrollo mutuo”. Además, el organismo demostró que, contrariamente a lo que creían los sandieguinos, la población de Tijuana estaba compuesta por más gente de clase media que habitantes pobres y que la mitad de los ocho millones de cruces legales que realizan los mexicanos a Estados Unidos tenían como meta la adquisición de bienes de consumo. Por último, se descubrió a la opinión pública que el índice de homicidios de Tijuana es 1,000 veces menor que el registrado en el vecino San Diego.

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Nathanson dice haber recibido un enorme apoyo por parte de la mayoría de los empresarios residentes en ambos lados de la frontera y, en particular, de los mexicanos. “Los de Tijuana son mucho más cosmopolitas que los de San Diego. Ellos siempre han pensado que es mejor resolver juntos los problemas comunes: ninguna de las dos ciudades tiene un puerto comercial, ni un aeropuerto internacional serio, ni tren y ambas tenemos dificultades en el abastecimiento de agua.”

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Los esfuerzos parecen ahora concretarse cada vez más: gracias a esta institución y el apoyo de la Cámara de Comercio de San Diego, se están estableciendo compromisos financieros para la construcción en Baja California de una planta de tratamiento de agua que surtirá a las dos ciudades, a la vez que se estudia la posibilidad de asignar fondos privados estadounidenses de capital–riesgo mediante los cuales destrabar la falta de financiamiento que sufren los emprendedores bajacalifornianos.

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¿Ciudades hermanas? Sí, pero en condiciones de franca desigualdad: basta con cruzar la línea entre ambas poblaciones para darse cuenta de la abismal diferencia que las separa en el nivel de vida. Mientras la mexicana vive una expansión caótica en la que proliferan las barriadas de casas pobres agolpadas contra el muro fronterizo, a 15 minutos de allí la estadounidense parece vivir una perfecta armonía con las -freeways, los cuadriculados barrios de clase media y los apantallantes malls.

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Nathanson tiene, sin embargo, una opinión un poco distinta al respecto: “Es cierto que hay una enorme desigualdad si sólo se considera el -PIB o los salarios. Pero si se mira de una manera más sofisticada, hemos descubierto que las diferencias en ingreso no son tan abismales como parecen en ciertas categorías profesionales”.

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Según un reciente estudio de San Diego Dialogue, los salarios que perciben los profesionales de alto rango que trabajan en el lado mexicano representan 82% del ingreso del estadounidense. Así, un ingeniero con más cinco años de experiencia percibiría en Mexicali $45,000 dólares anuales, una cantidad similar a la cobrada por un ingeniero en San Diego.

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Seguramente, pero esa comparación sólo es válida para un reducidísimo núcleo social de bajacalifornianos privilegiados por sus altos ingresos, es decir, 2% de la población del estado. Las cifras hablan por sí solas: mientras el ingreso per cápita de San Diego es de $25,000 dólares anuales, el de -Tijuana apenas alcanza los $3,200.

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Y eso sin contar la multitud de servicios y prestaciones sociales a las que tiene derecho un estadounidense y con las que un mexicano ni siquiera se atrevería a soñar.

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Por ello, este intento de crear una identidad binacional es todavía muy incipiente: en San Diego no son tantos los angloparlantes de la calle dispuestos a considerar con buenos ojos a sus vecinos mexicanos. El directivo de San Diego Dialogue calcula que faltan como mínimo 25 años, es decir, una generación, para que surja una nueva raza de habitantes fronterizos que de ambos lados combinen la calidez y el espíritu social latino con la eficiencia organizativa estadounidense. De hecho, a pesar de ser uno de los principales promotores para la creación de esta mezcla regional, Nathanson sólo habla inglés: “No soy bueno para los idiomas y he estado demasiado ocupado para aprender mejor el español”, argumenta.

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En fin, el caso es que, sin que importe tanto el idioma, por primera vez se ha iniciado un diálogo entre culturas tan disímbolas. Los mitos empiezan a derrumbarse y, aunque suene a paradoja, el fenómeno se da más al exterior de la frontera que de cara a los mexicanos, para quienes Tijuana sigue teniendo el carácter de ciudad licenciosa e improductiva de siempre.

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Para ilustrarlo, basta con reseñar el reciente caso que tuvieron que enfrentar las autoridades municipales de Tijuana: para responder a la telenovela norteña de TV Azteca -Al norte del corazón, Televisa pensaba rodar una serie desarrollada en la frontera repleta de crímenes, narcotráfico e historias morbosas, la cual se titularía...Tijuana . El municipio decidió parar los pies al coloso televisivo y registró el nombre de la ciudad como si se tratara de una marca comercial. ¿Censura contra las críticas? El ayuntamiento responde que no, que sólo es una defensa contra agresiones injustificadas y que, de hecho, no piensa lucrar con el nombre de la ciudad, por lo que ha cedido la custodia de esos mismos derechos a la Universidad de Baja California.

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Es como si, en ciertos aspectos, la frontera no sólo estuviera en el absurdo telón de acero que separa a los dos países, sino también en la prejuiciosa percepción de los muchos mexicanos que se encuentran alejados de ella.

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