Barbra Streisand, ¿experta financiera?

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José Manuel Suárez Mier

La revista Fortune publica un artículo sobre las andanzas de la cantante y actriz Barbra Streisand como especuladora bursátil. Streisand invirtió $1 millón de dólares de su amiga la modista Donna Karan en acciones vinculadas a Internet que redituaron en cinco meses $800,000 dólares.

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Esto recuerda una anécdota de Henry Ford. En 1929, un elevadorista de Nueva York le habló de la conveniencia de adquirir cierta acción en la bolsa con base en “información privilegiada” que le había pasado un amigo. Ford vendió toda su cartera accionaria. Cuando hasta el elevadorista es experto en negocios bursátiles, explicó, los inversionistas de colmillo debieron haber salido del mercado tiempo atrás.

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La historia de Streisand debe hacernos reflexionar sobre si se trata de una indicación de que se aproxima un colapso del mercado. Hay quienes creen que eso es lo que va a ocurrir, pero en mi caso lo llevo opinando desde mayo de 1997. Desde entonces el índice Dow Jones de la bolsa neoyorquina ha subido alrededor de 50%.

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Las advertencias sobre el posible colapso de Wall Street merecen un análisis detenido. Ningún colapso bursátil ha sido pronosticado por la mayoría de los observadores, y entre los peores profetas se encuentran precisamente los economistas. “En unos cuantos meses espero ver una bolsa de valores mucho más vigorosa” dijo Irving Fisher, profesor de Yale, 14 días antes del “martes negro” de 1929.

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Los colapsos financieros ocurren cuando el sector privado se encuentra muy endeudado. Un endeudamiento excesivo es señal de confianza extrema y tiende a coincidir con las últimas fases de la euforia financiera. El creciente endeudamiento de las familias, las empresas y el gobierno estadounidenses crea una fragilidad adicional. Su deuda consolidada representa más de 300% del PIB, lo que casi duplica el cociente de endeudamiento en 1929 que era de 189% del PIB.

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En un colapso financiero, toda la deuda que antes se justificaba por las optimistas expectativas prevalecientes, se vuelve peligrosa en extremo. Acreedores temerosos tratan de recuperar sus cuentas por cobrar por cualquier medio, reduciendo y eventualmente eliminando las necesarias renovaciones del crédito. Individuos y empresas caen en insolvencia, lo que culmina en una quiebra generalizada.

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Por si no fueran suficientes los ominosos indicadores, en octubre próximo se cumplen 70 años del gran colapso de 1929 y curiosamente los analistas financieros destacan entre los más proclives a creer en cábalas y fechas mágicas.

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Existen dos buenas noticias que iluminan este escenario. Los profetas del desastre nos hemos equivocado sistemáticamente. Y además, está la sólida mano de Alan Greenspan en el timón del banco central estadounidense. Es de desear que su atinado desempeño se prolongue, pues de otra modo no sólo sufrirían Barbra Streisand y los otros inversionistas neófitos, sino que el mundo entero podría entrar en una recesión de consecuencias impredecibles.

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El autor es profesor del ITAM y economista de Laffer  Associates

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