Bla, bla, bla. Déjeme hablar

Durante muchos años, creí que mis amigos exageraban; hoy debo darles la razón.
Max Clip

El lugar común dicta que fueron los griegos quienes inventaron el diálogo, con lo cual regalaron a la humanidad un arte, además le aseguraron su trabajo a chismosos, terapeutas y a profesionales de la comunicación.

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Tengo varios amigos que gastaron sus años universitarios estudiando las ciencias y las técnicas de la comunicación (además de instruirse en las técnicas y las estrategias del viril juego del dominó, que era en donde coincidíamos). Si no recuerdo mal, entre los esquemas de la comunicación que debían aprenderse estaba el que establece que en todo proceso de comunicación hay: a) un mensaje, b) un emisor del mensaje y c) un receptor.

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A riesgo de ponerme académico, debo agregar que las dificultades de la comunicación humana radican, básicamente, en que el emisor puede ser también receptor de un mensaje. Cuando eso sucede, tenemos que la comunicación es ambigua, equívoca y hasta incierta.

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En largas charlas, mis amigos comunicólogos insistían que esta manera de entender el proceso de la comunicación era capaz de explicar siglos y siglos de malos entendidos, pleitos caseros y hasta fracasos financieros. Pues si los mensajes son ambiguos e inciertos, nunca estamos seguros de lo que se nos dice, es decir: de entender el significado y el sentido de lo que nos quieren decir.

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Yo les decía que eso mismo hacía posible el arte y abría las puertas al universo de los sentimientos, deseos y fantasías. De otra manera, seríamos robots que reciben órdenes sin capacidad de juicio propio, y funcionaríamos como si nos apretaran un botón: “Dame un café”, “Vamos al cine”, “Vota por el PRI.”

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Durante años, creí que mis amigos comunicólogos exageraban; sin embargo, hoy debo darles la razón. Pero no por la que ellos esgrimían, sino por otra; y es que cuando sólo hay un emisor (que no escucha) y una bola de receptores (sin posibilidad de opinar), se arma la de Dios y arde Troya.

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¿Recuerdan la frustración y el hastío que implicaba ir a una clase donde había que escuchar en silencio y el único autorizado para decir las cosas era el maestro? ¿Han estado frente a una persona que se cuelga del micrófono y habla y habla y no deja que nadie más abra la boca? ¿Entienden de lo que hablo?

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Resulta que, en una junta que se celebró la semana pasada dedicada a mejorar nuestros niveles de servicio al cliente –a la que se nos invitó, supongo, para que opináramos y discutiésemos el tema–, salió un cuate (voy a omitir su nombre por razones obvias) que habló y habló y habló. Y no sólo eso: cuando los demás intentábamos exponer nuestros puntos de vista, el muy pelado nos interrumpía a la mitad y volvía a decir lo que ya había dicho. ¡Y así se la pasó durante dos horas!

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Debo confiarles que estuve a punto de asesinarlo, sacándole los ojos y enterrándole el lápiz en la yugular. Entonces me acordé de mis partidos de dominó, de mis cuates y del esquemita que les platiqué. Al final, me dije que parecía evidente que al pobre diablo, cuando era niño, nadie lo había escuchado y que por eso se comportaba así. Con buen humor, abandoné la sala de juntas silbando.

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Pero me acaban de avisar que tenemos la segunda parte de la junta y no sé qué hacer para evitarme la tortura de sus monólogos: ¿lo encierro en el elevador?, ¿hacemos una marcha, como las de los burócratas ?, ¿le organizo un boicot y provoco que nadie acuda a la junta?, ¿me quedo callado?

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Si ustedes que me leen son como esas personas que hablan, hablan y hablan  y no dejan hablar, les pido que reflexionen en lo que hacen. Ahora que estrenamos gobierno, es buen momento para dejar de comportarnos como si cada uno tuviese el monopolio del micrófono. Quien quita y, en una de esas, hasta nos ponemos de acuerdo.

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