Buenos días, señor director. Gato por

Hay una como luz roja que se enciende y se apaga en alguna parte de mi cerebro.
Max Clip

Llega el jefe y me dice: “Clip, necesito hablar contigo”. Yo me quedo callado, mi disciplina corporativa me obliga a guardar silencio y esperar que mi superior en la línea de mando termine su discurso. Pero sus ojos se quedan mirándome con una expresión de tristeza infinita. Algo anda mal, me digo. Sé que necesito decir cualquier cosa. Pero ¿qué? Cuando estoy por abrir la boca, el jefe baja la cabeza, da media vuelta, se lleva las manos a los bolsillos, camina como para alejarse, da otra media vuelta y me dice: “Bueno, de hecho, creo que sería mejor si me acompañas a mi oficina y ahí platicamos”.

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Ahora sí me queda claro que hay problemas. ¡Cuánto misterio! Dejo mi lugar y, mientras lo sigo, hay una como luz roja que se enciende y se apaga en alguna parte de mi cerebro. Lo más chistoso es que, desde el fondo de mi infancia, escucho esta voz mecánica que grita: “¡Peligro! ¡Peligro! ¡Peligro!” Y al entrar al privado del jefe, ya casi puedo ver al robot de aquella ridícula serie de televisión, agitando sus brazos. ¿Qué habrá sido?, me pregunto. Entregué los reportes del último trimestre a tiempo. Es más: los entregué antes de la fecha acordada. Algún error se me pasó. Sí, eso debe ser: mandaron los reportes directo a la presidencia de la empresa, sin revisarlos, y ahora me están cargando el muerto. ¿O será que ya les llegó la moda, tan estadounidense, de despedir empleados por aquello de que se viene una recesión?

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El jefe interrumpe mis divagaciones, y me ordena, seco: “Siéntate, Clip”. Obedezco, trato de fingir naturalidad. A lo mucho, atino a preguntar: “Dígame, ¿qué pasó, cuál es el problema?” El jefe me mira otra vez con cara de tristeza: “No hay problema, Clip; a lo sumo, el problema va a ser para mí”. Claro, ya está pensando en cómo va a reemplazarme: egoísta, hipócrita. Ignorante de mis reflexiones, el jefe ya se ha lanzado en una perorata sobre los valores de la empresa, los deberes de cada trabajador, las responsabilidades con los accionistas...

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Y entonces, se hace el milagro; porque le escucho decirme estas palabras: “El caso, Clip, es que allá arriba –y mientras lo dice, con el dedo señala al piso de la presidencia– han decidido reestructurar esta área y, al mismo tiempo, consideran que ya es hora de que enfrentes nuevas responsabilidades. Lo que te quiero decir, y lo que me han encargado que te comunique oficialmente, es que te van a promover a director. Aunque seguirás encargado de los asuntos de los que te has ocupado hasta ahora, ya no tendrás que reportármelos directamente. Con que me copies y me mantengas al tanto es suficiente”.

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Mi jefe –o debería decir: mi ex jefe– está a punto de llorar, mi experiencia de años bajo sus órdenes me lo confirman. Me dirán que soy un malagradecido, pero la verdad me importa un comino que, al tiempo que me promueven, le hayan arrebatado el área que desarrollé. De hecho, debo aclarar que para muchos ya es evidente que su buena estrella en la empresa va en declive y que, incluso, algunos lo consideran un dinosaurio.

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Me levanto, me despido, doy las gracias y dejo a mi jefe sumido en sus crisis existencial; la verdad es que tengo mucho qué hacer. Pero lo que más me preocupa es aquello del atuendo. Ustedes dirán que soy superficial, pero con los ascensos vienen las nuevas responsabilidades del cargo, así como un cambio de actitud y, si me apuro, igual alcanzo las últimas baratas de invierno. Cuando llego a mi lugar, encuentro un correo electrónico de uno de los vicepresidentes, donde me felicita, expone lo que considera mis puntos fuertes y señala habilidades que debo desarrollar para consolidar mi posición en la empresa.

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Y entonces me doy cuenta que nadie dice ni pío de mi nuevo sueldo. Releo el correo del VP: nada, ni siquiera una referencia indirecta. No me queda más remedio que ir donde mi ex jefe para preguntarle. “Ah, se olvidó aclarar ese punto. Pues, mira, en la empresa piensan que primero el ejecutivo debe probar que puede con el puesto, y luego le otorgan el aumento. Yo no esperaría nada por lo menos en cuatro meses.”

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El argumento se parece misteriosamente a ese letrero que tienen en las tienditas que dice: “Hoy no fío, mañana sí”. Mi indignación es tal que estoy a punto de renunciar, pero luego recuerdo aquello de la recesión. Ni modo, el atuendo de directivo deberá esperar a la primavera.

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