Bush o Kerry

A cuatro meses de las elecciones estadounidenses el republicano George W. Bush y el demócrata John
Óscar Santamaría / Nueva York

A menos de tres kilómetros del hueco que dejaron las Torres Gemelas, en Madison Square Garden, se celebrará entre el 30 de agosto y el 2 de septiembre la convención nacional del Partido Republicano. La estrella será George Walker Bush, candidato a la reelección. En el que promete ser el prólogo de los comicios más divididos de la historia estadounidense contemporánea, miles de personas se manifestarán al otro lado de las barreras de seguridad. Las líneas de batalla donde se batirán demócratas y republicanos ya están pintadas.

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A mediados de mayo Bush llegó a lo más bajo de su popularidad, con una aprobación del 46%, según Gallup, y del 44%, de acuerdo al Pew Research Center, peor de la que tenían sus predecesores Ronald Reagan y Bill Clinton a cuatro meses de su reelección, pero mejor que la de su padre antes de perderla en 1992.

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Su suerte es que el demócrata John Kerry no logra convencer de que tiene algo más que ofrecer que el hecho de no ser Bush. Frente a la contundencia de las propuestas republicanas, Kerry ha ofrecido un enfoque polifacético a los problemas y es percibido como excesivamente ambiguo por el electorado estadounidense. Ambos comparten esta falta de claridad en su oferta para los votantes hispanos, decisivos para ganar en estados como Florida, Arizona o Colorado.

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El texano Bush ganó en 2000 por un margen de 537 votos en Florida. Recibió el país con superávit fiscal, paz relativa en Oriente Medio y nueve años consecutivos de crecimiento. La relación con México prometía ser uno de los pilares de su política.

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Cuatro años y el atentado del 11-S después, el déficit fiscal supera los $500,000 millones de dólares y la breve guerra de Irak se ha convertido en un controvertido plan de ocupación de largo plazo. Durante la gestión de Bush la imagen de Estados Unidos en el mundo ha caído estrepitosamente, según las encuestas del Pew Research Center.

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La polarización ha favorecido a Kerry, quien ha encontrado apoyos insólitos: Warren Buffet, presidente de Hathaway Berksire, el inversionista más respetado por la comunidad financiera estadounidense, y el húngaro George Soros.

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Adiós, amigos
¿Y México? Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, México pasó a un segundo plano para la Casa Blanca “y eso no va a cambiar en el corto plazo”, dice Stephanie Golob, especialista en México de la Universidad neoyorquina de Cuny.

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Las elecciones gemelas de Vicente Fox y Bush en 2000 parecían anticipar un estrechamiento de las relaciones entre México y los Estados Unidos. Cuatro años después, el acuerdo migratorio fracasó y numerosos conflictos comerciales empañan la relación bilateral.

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Una década después de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), la producción industrial y el consumo estadounidenses son los motores del crecimiento mexicano. Aproximadamente 85% de las exportaciones mexicanas van a los Estados Unidos y su peso representa un cuarto del Producto Interno Bruto (PIB) mexicano. La política comercial dictada por Washington es determinante y no siempre ha sido la más favorable.

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Estados Unidos tiene un interés real en la estabilidad de México.

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Pero en estas elecciones este país quedará a un lado de la cancha, sujeto a fuerzas fuera de su control.

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De quien resulte elegido “no se debe esperar gran cosa”, opina José María Barrionuevo, director de Estrategia Financiera de Barclays Capital, en Nueva York. Para este analista, Bush no ha avanzado en temas sustanciales de la agenda con México, “no ha cumplido lo prometido”. Nunca llegó el ambicioso plan previsto, antes del 11-S, para regularizar a 3 millones de inmigrantes mexicanos.

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De manera tradicional, las administraciones republicanas sostienen ante el país vecino una “plataforma más dura, con intereses bien establecidos”, afirma el presidente de la Cámara de Comercio Estados Unidos-México, Eduardo Ramos. Los demócratas, en cambio, son “más abiertos al diálogo, más flexibles” e inclinados a conseguir consensos.

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Por ejemplo, fue George Bush padre quien dio curso a la idea de firmar el TLCAN con México y Canadá, aunque fue claro al ponerle límites: sólo se cubrirían aspectos comerciales, sin embarcar agendas ecológicas o laborales.

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La tarea de consumar la aprobación del TLCAN en el Congreso le tocó a su sucesor, el demócrata Bill Clinton, quien no dudó en flexibilizar esa posición, al aceptar las presiones de sindicatos y grupos ecologistas domésticos y de México y Canadá, para sumarle dos acuerdos paralelos que abordaran estas cuestiones.

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Clinton también le tendió la mano a México en 1994. El demócrata actuó decididamente para conseguir un préstamo de $50,000 millones de dólares para que este país no fuera moroso frente a sus acreedores internacionales.

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“Kerry puede ser un buen aliado de México, al estilo de Clinton, que en principio no parecía cercano pero que con el tiempo profundizó los lazos comerciales y económicos”, opina Thomas Trebat, director de Análisis de Mercados Emergentes de Citigroup, en Nueva York.

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Los 120 días de Kerry
En su primer mandato, el presidente Bush despertó el enojo de los agricultores mexicanos y la preocupación del gobierno del presidente Fox al poner en marcha una política agrícola proteccionista.

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Un elemento central de esta política fue el incremento espectacular de los subsidios a la exportación de estos bienes, lo que profundizó la ya de por sí abismal desventaja que enfrentan los productores mexicanos.

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La nueva ley agrícola incrementó en $6,400 millones de dólares anuales las ayudas gubernamentales. México y Canadá se sumaron a la queja internacional contra los subsidios que se presentó ante la Organización Mundial de Comercio (OMC).

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Si bien Bush no tiene ningún interés en dar marcha atrás a esta política sumamente rentable a la hora de captar votos, Kerry también tiene planes en el plano comercial que pueden inquietar en México.

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El pasado 17 de febrero, en un acto en Milwaukee, el candidato demócrata anunció que si gana abrirá un periodo de 120 días en el que todos los acuerdos comerciales que tiene Estados Unidos, incluido el TLCAN, serán sometidos a revisión, a fin de identificar sus puntos débiles.

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Como senador por Massachusetts, Kerry votó a favor del TLCAN y hoy precisa que no quiere cancelarlo, sino sólo “arreglarlo” para que beneficie a los trabajadores estadounidenses. “No soy un proteccionista –declaró en una entrevista con el diario Reforma –pero creo que tenemos que elevar los estándares del medio ambiente y los laborales en todo el mundo”. Es decir, podría incluir criterios de duración de la jornada laboral o índices de contaminación para inversiones en el exterior de las compañías estadounidenses con el fin de que los costos laborales y ambientales de las empresas que deciden trasladar su producción a países menos desarrollados no sean tan bajos que saquen de competencia a las firmas que continúan produciendo en Estados Unidos.

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Para los expertos consultados, el plan de los 120 días forma parte de la estrategia del demócrata para abordar el tema económico central en las campañas de los dos candidatos: el empleo. Kerry cuenta con el respaldo de la maquinaria de la más poderosa central obrera del país, la AFL-CIO, que integra a 64 fuerzas sindicales, representa a 13 millones de trabajadores y es una de las críticas más acérrimas del libre comercio.

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Durante la administración Bush se han perdido 2.8 millones de puestos de trabajo, unos 70,000 cada mes. Según Kerry, muchos de estos empleos se han esfumado debido al traslado de empresas estadounidenses a países menos desarrollados, con bajos costos laborales.

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Para James Johns, presidente del Comité Empresarial México-Estados Unidos, la institución privada empresarial más antigua del país, “el TLCAN se va a quedar como está".

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Barrionuevo opina lo mismo: “la promesa de revisar el Tratado es un mensaje político de su campaña. No se llevará a la práctica, es un guiño a los grandes sindicatos que le apoyan”.

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La agenda comercial de Kerry, que intenta ser promotor del empleo en Estados Unidos, se complementa con su propuesta fiscal, en la que propone gravar las utilidades de las multinacionales estadounidenses en el extranjero a cambio de rebajar del 35 al 32.5% la tasa del impuesto sobre la renta a las corporaciones.

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Un déficit letal
En cuanto al futuro de la economía estadounidense, si bien México parece haberse blindado en los últimos años de los vaivenes externos, no es menos cierto que su bienestar económico depende en gran medida de cómo le vaya a Estados Unidos. Las últimas previsiones difundidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) señalan que la economía estadounidense crecerá este año 4.6%, pero en el corto plazo este crecimiento se verá amenazado, al igual que la prosperidad mundial, por el alto déficit fiscal con el que terminará 2004.

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Según la Casa Blanca, éste alcanzará $520,740 millones de dólares en diciembre, 5% del PIB, el más alto de las últimas décadas. El impacto adverso de esta cifra tan alejada de la ortodoxia se traduciría en la necesidad del Tesoro de captar más capital, lo que reduciría el dinero disponible para el sector privado, elevaría su precio y aumentarían las tasas de interés. El alza en el precio del dinero perjudicaría a México, y al resto del mundo, que tendría que pagar más intereses por su deuda en dólares y recibiría menos flujos de capital e inversiones. El dólar se devaluaría y surgirían tensiones inflacionarios. De esta manera, la recuperación de la economía estadounidense perdería fuerza, afectando el crecimiento económico de México, y dejando el peso debilitado.

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“La clave para escoger al candidato más favorable para México es fijarse en la política fiscal de cada uno. Nunca antes se había visto un deterioro fiscal tan extraordinario como con Bush, que heredó un superávit en torno a 2% del PIB ($236,000 millones de dólares) y cerrará el año con un déficit del 5%. Esta situación no tiene precedentes en la historia moderna del país", señala Barrionuevo, de Barclays, quien de nuevo saca a relucir un nombre propio: Clinton.

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“Kerry ha examinado las políticas que funcionaron durante la pasada administración demócrata y aplicará esas recetas exitosas”. ¿Y cuáles son? "Simplemente llevar a cabo una política fiscal responsable, ajustada y con disciplina como la que implementó Clinton”, dice Ramos.

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Para Trebat, es indispensable una subida de impuestos. Una alternativa que encarna Kerry, aunque a veces intente disimularla —nunca es una medida popular— diciendo que los aumentará sólo a las rentas más altas.

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La sombra de Clinton en la actual campaña demócrata es larga. Cuando Kerry presentó su programa económico en marzo en Detroit, a su lado estaba Robert Rubin, el casi mítico secretario del Tesoro de Clinton, a quien se baraja, en una posible administración demócrata, como el nuevo jefe de la Reserva Federal.

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Los especialistas ya se refieren al programa económico del demócrata como Kerrynomics, en alusión al decálogo que hizo famoso a Clinton y que se denominó Clintonomics. Según la Oficina del Censo, en la era "clintoniana" (1992-2000), los ingresos familiares medios en Estados Unidos crecieron $7,202 dólares; con Bush en el gobierno han bajado $1,462 dólares.

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"De Kerry no sabemos mucho de momento, no conocemos sus verdaderas intenciones, pero ya sabemos lo suficiente de Bush", afirma con rotundidad Barrionuevo, quien no confía en que el actual inquilino de la Casa Blanca vaya a mejorar la economía del país. "Hacerlo peor es muy difícil".

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Vientos republicanos
Pero no todo son sombras en la primera potencia del mundo. Los últimos datos conocidos indican que la recuperación sigue firme y a buen ritmo. Así, la economía estadounidense creció 4.2% durante el primer trimestre de 2004, una décima más que en el periodo precedente. Otro dato apuntado como victoria por la administración Bush y aireado por el Departamento de Trabajo es la mejora, en abril y por segundo mes consecutivo, de la creación de empleos: el pasado mes se registraron 288,000 nuevas contrataciones, repartidas en casi todos los sectores de actividad y a un ritmo que superó las mejoras expectativas. Algunos analistas reconocen estos avances y no descartan que la coyuntura actual se consolide, lo que pondría las cosas mas difíciles a Kerry, con un adversario hábil en las distancias cortas y que sabe bien como rentabilizar las cifras económicas.

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En la agenda económica de Bush no se observan muchos cambios. Más proteccionismo comercial y recorte fiscal, argumentando que así se permitirá que los estadounidenses guarden más de su dinero para poder gastar y ahorrar, alentando a los individuos y empresarios a hacer nuevas inversiones que derivarán en un mayor crecimiento económico y en más fuentes de trabajo.

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Hay grandes diferencias de estilo entre los dos candidatos. Kerry es más multilateralista y diplomático que Bush y haría la vida mucho más fácil a cualquier canciller mexicano. Uno sólo puede imaginar cómo se llevarían un gobierno del partido que encabeza las encuestas en México, el PRD, y los famosos halcones de la administración Bush. Además, el actual presidente está completamente metido en la guerra que declaró en contra del terrorismo, que complica la política exterior de todos los países y distrae de potenciales oportunidades que surgen en las relaciones bilaterales.

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Sin embargo no parece que Kerry quiera reducir el proteccionismo estadounidense. Ni tiene lazos muy profundos con México. De ganar tendrá que buscar terminar las guerras culturales entre conservadores y liberales que han dirigido la política estadounidense desde hace tantos años. La vista otro vez se dirigiría hacia la política interna.

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En Nueva York la temperatura sube. Los discursos se vuelven más agudos. Y México vuela en los vientos electorales de su vecino del norte.

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Con información de Mireya Olivas y Feike de Jong

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