Cacería Corporativa

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Andrés Piedragil Gálvez

Hace más de dos décadas, las compañías dedicadas al reclutamiento de ejecutivos de alto nivel, conocidas como organizaciones de headhunters, empezaban a destacar en el ámbito corporativo mexicano. Sin embargo, según se narró en la edición número 344 de Expansión (julio 7 de 1982), los cazadores de cabezas no contaban con la aceptación general. En el mejor de los casos, se consideraban un mal necesario, una alternativa que a veces resultaba inevitable. Para muchos hombres de negocios, un anuncio en el Aviso Oportuno era un método suficientemente seguro y probado.

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“Cada vez somos mejor aceptados, pero seguimos siendo el último recurso, porque el empresario mexicano nunca quiere dejar de hacer la lucha por su cuenta; ésta consiste en preguntar a los amigos, correr la voz o, asumiendo muchos riesgos, iniciar contactos con los ejecutivos de la competencia”, decía uno de los primeros headhunters mexicanos.

Hoy, los cazatalentos ya son una especie corporativa legítima. ¿A qué grado? Basta mencionar que, de acuerdo con diversas versiones, desempeñaron un papel relevante en la construcción del primer gabinete de la administración foxista. Y la búsqueda de talento no es un mal negocio. Según estimaciones, cada año, tan sólo el nicho más selecto del sector (la contratación de directivos con sueldos anuales mayores a $1 millón de pesos) genera en México entre $25 y $30 millones de dólares.
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