Cadena deshilvanada

Los industriales textileros tejen el sueño de la integración. Los confeccionistas, sin embargo, en
César Martínez Aznárez

Es cada vez más común entrar a una tienda de ropa en Estados Unidos y leer en la etiqueta de un pantalón, un suéter o un traje la frase -Made in Mexico, que parece estar sustituyendo al clásico Made in Taiwan. Lo que no es común es que la tela de esa misma prenda también sea mexicana.

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En los últimos dos años mucho se ha hablado del desarrollo de la cadena textil-confección, pero lo cierto es que existe un divorcio entre los productores de telas y los confeccionistas de ropa locales, lo cual impide su integración.

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Las condiciones actuales de competencia en el mercado internacional son inmejorables para México, que tiene la gran oportunidad (tras acumular experiencia exportadora en los últimos años) de generar mayor valor agregado al sustituir la maquila y entrar al mercado del norte con prendas completamente mexicanas. Aunque con diferentes visiones, varios industriales perciben este panorama e impulsan proyectos ambiciosos; otros, en cambio, están abandonando la actividad exportadora seducidos por la ligera recuperación del mercado interno.

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Con la apertura comercial de 1986 el sector textil y de la confección sufrió un duro golpe que obligó a su reconversión para poder competir con los productos importados. Más de 500 empresas confeccionistas desaparecieron y la utilización de la planta productiva cayó a menos de 40% de su capacidad instalada. Empero, la parte de la industria que sobrevivió se modernizó y, con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio (TLC) en 1994, se encontró con un excelente panorama exportador.

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Pero llegó la crisis económica de 1995 y pulverizó el mercado interno. Paradójicamente, la abrupta devaluación y la caída del salario real mejoraron la competitividad externa y atrajeron a los compradores estadounidenses, que vieron en México un excelente proveedor para ensamblar prendas y sustituir a sus abastecedores asiáticos. Según las cámaras del ramo, las exportaciones de la industria del vestido crecieron en dólares 65% en 1995 y 35% en 1996, en tanto que las textiles aumentaron en 31 y 67%, respectivamente.

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En 1995 la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial (Secofi) lanzó la idea de la creación de la cadena fibra-textil-confección, al amparo de un programa para la promoción de las exportaciones. La cadena productiva comienza con la producción de fibras artificiales-sintéticas y fibras naturales (algodón, lino y lana). El siguiente paso es el proceso de hilatura, tejido, teñido y acabado de las telas (industria textil). El final es el corte, costura y acabados de las prendas (confección).

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Evidentemente, el desarrollo de esa cadena significa utilizar fibras y textiles nacionales en la fabricación de ropa. Pero el asunto se quedó en pilas de papeles en la Secofi: los datos confirman que no se ha logrado. Estadísticas de la Cámara Nacional de la Industria del Vestido (Canaive) muestran que las exportaciones de maquila de vestimenta representaron 94% del total en 1994, 90% en 1995 y 92% en 1996, para cuya elaboración –según datos de INEGI– se utilizaron 97% de materias primas e insumos importados.

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Muchos industriales del vestido creen que la maquila que sólo ensambla prendas debe dar paso a su propia confección, pero eso no significa que abandonen el uso de tejidos importados. ¿Por qué no se usan telas nacionales en la confección?

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DIVORCIO Y MALINCHISMO
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Cada uno de los tres sectores de la cadena tiene un enfoque distinto. Más que integración, lo que se ha acentuado entre ellos es un divorcio.

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Para José Saltiel Serotta, hasta el pasado 11 de marzo presidente de la Cámara Nacional de la Industria Textil (Canaintex), no hay duda de que “el objeto de integrar la cadena textil-confección es darle mayor valor agregado al producto mexicano”.

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En cambio, Rubén M. Flores, gerente de Planeación de DuPont México (cuya división de Fibras Textiles participa activamente en el proyecto Nustart –Ciudad de la Confección–), explica que su objetivo es la integración de las tres industrias no sólo de México, sino de toda Norteamérica. “Debemos ver a la región como nuestro mercado, pero también como nuestra fuente de suministros”, dice. Es un proyecto TLC.

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A su vez, Ramzy Casab Velázquez, presidente de la Canaive, afirma que el objetivo es que las prendas se integren con materias primas nacionales, “pero sólo en la medida en que esos productos vayan mejorando y sean los adecuados para los requerimientos de calidad de exportación, ya que el eslabón más débil de la cadena es el de las telas”.

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Aunque hay industriales como León Assa, director comercial de Carnival –productor de corsetería—, que están satisfechos con los tejidos nacionales, otros confeccionistas como Jacobo Jassan, director general de Confecciones Europeas –fabricante de ropa para caballeros–, y Marcos Cheren Entebi, presidente del Grupo Moda México –de prendas para dama–, coinciden en que las telas locales tienen problemas de calidad, precio, servicio y entrega. Es decir, todos los problemas.

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Sin embargo, Saltiel sostiene que si eso fuera cierto las telas mexicanas no estarían vendiéndose exitosamente en mercados tan exigentes como Estados Unidos, Italia y Alemania. “La causa de que no se usen más insumos nacionales en la industria de la confección –añade– es un problema de educación, porque todos en México somos malinchistas.”

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Pero hay que ir por partes, porque el tema no es tan sencillo. Cheren opina que los industriales de los tres eslabones caminan “cada uno por su mundo, en lugar de trabajar unidos”. En las fibras hay monopolios, como Celanese en poliéster y Cydsa en acrílicos, que pueden fijar los precios. Los textileros priorizan la exportación porque venden grandes volúmenes y, por tanto, crean desabasto en el mercado local. Pero el mayor problema de la industria textil radica en la escasa variedad de géneros y diseños: hay telas que ni siquiera se conocen en México, como el cupro, el telcell y el polinósico.

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Adrián H. Martínez Rodríguez, director general de Hilaturas San Marcos (integrante de Grupo Cydsa), si bien reconoce la falta de variedad en hilos y tejidos, señala que la causa de ello es “la carencia de innovación en los diseños y en la generación de moda” en toda la cadena. Esto se debe a la ausencia de diseñadores en la rama textil y, más aún, a la escasa coordinación entre los confeccionistas y sus propios diseñadores.

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Además, sostiene, muchos productores de ropa prefieren utilizar fibras especiales extranjeras, en lugar de recurrir al proveedor nacional, porque se dedican a segmentos populares de alto volumen y no desarrollan modelos exclusivos. “La cadena se rompe en la confección, que tiene problemas para obtener mano de obra especializada estable debido a la alta rotación de personal.”

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Saltiel admite que en ocasiones al textilero no le conviene hacer un diseño específico de telas y entonces el confeccionista debe comprarlas en Asia, pero agrega que si en la temporada siguiente se desarrollan esos nuevos tejidos, los propios confeccionistas continúan con el proveedor extranjero.

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La polémica no se acaba ahí: llega también a la política arancelaria. Con el programa de promoción del sector, en 1995 los aranceles a la importación de prendas de vestir subieron de 20 a 35%, mientras que para las telas quedaron en 15%.

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Según Canaintex, esa protección a la industria de la confección, inequitativa respecto de la textil, los perjudica y debilita la relación de la cadena. Por tanto, reclaman la elevación de sus aranceles. Cheren, en cambio, dice que no tiene sentido aumentar los aranceles de telas que no se producen en México, porque no se estaría protegiendo a nadie y sí perjudicando a los confeccionistas.

- -CUESTIÓN DE TAMAÑO
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Pero más allá de las discrepancias, hay factores estructurales de la industria, como su gran atomización, que afectan el desarrollo del sector y retrasan su competitividad. De 3,000 empresas que integran el ramo textil, 85% son micro y pequeñas, 15% medianas y 5% grandes. De las más de 11,000 que agrupa la industria del vestido, 95% son micro y pequeñas empresas, 4% medianas y 1% grandes. El tamaño de las empresas está directamente relacionado con su capacidad de gestión, ya que la necesidad de reducir costos para alcanzar niveles competitivos les impide eficientarse.
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De acuerdo con Flores, los principales problemas que aquejan a la industria de la confección son la insuficiente infraestructura de acabados y proveeduría, la falta de una gerencia media entrenada para la producción y la administración, la escasez de mano de obra capacitada, la inexperiencia en las prácticas de comercio exterior y las carencias en productividad y calidad, justamente todas deficiencias inherentes a las fábricas pequeñas.

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“Una solución para las empresas chicas –dice Martínez– puede ser la formación de cooperativas para unificar esfuerzos. Ahí ya hubo algunas experiencias exitosas.”

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Aquí pueden jugar un papel preponderante los programas oficiales de fomento industrial. Grandes proyectos como la Ciudad de la Confección (que crea infraestructura para 18 grandes plantas), el Grupo Moda México (que reúne a 16 grandes fabricantes para la exportación) y Cydsa (que formó una cadena completa integrada verticalmente) recibieron muy buen apoyo del gobierno. Sin embargo, Assa cree que falta apoyo oficial a la exportación en materia de financiamiento y de investigación de mercados, entre otras cosas.

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Por su parte, Saltiel agrega tres factores adversos al desarrollo de las exportaciones imputables a la gestión de gobierno: altos costos, deficiencias de los servicios públicos y paridad cambiaria, factores que disminuyen su competitividad.

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La meta de exportar a Estados Unidos, más aún con elaboración totalmente propia, exige no sólo buenas intenciones. También requiere grandes inversiones, con fuertes demandas de capital y financiamiento, por lo que las empresas menores están fuera de la jugada.

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Según datos de INEGI, la inversión bruta en maquinaria y equipo de las industrias textil, del vestido y del cuero, en su conjunto, decrecieron consecutivamente entre 1989 y 1995 a un promedio de 7% anual.

- -LA VISIÓN Y LA MIOPÍA
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Como ya se anotaba, la mano de obra mexicana es más cara que la de países asiáticos como China, pero 10 veces más barata que la de Estados Unidos. Sin embargo, el costo del flete hacia el vecino país del norte es la mitad que desde el Lejano Oriente, con un tiempo de entrega cinco veces menor. Aunque disparejos en su desarrollo tecnológico, México cuenta con los tres eslabones de la cadena, además de gozar de las preferencias arancelarias del TLC.
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Pero entender todo lo anterior requiere visión empresarial y planes a mediano y largo plazo. Flores piensa que es el momento oportuno para consolidar una buena planta productiva y ganar el mercado estadounidense, porque en el mediano plazo desaparecerán las ventajas impositivas en la región, debido a que los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (OMC) liberan las transacciones de textiles y vestimenta progresivamente entre 1998 y 2004.

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Pero numerosos industriales que utilizaron las ventas al exterior durante los últimos dos años para suplir la caída en las ventas internas no valoran las inmejorables condiciones actuales y, animados por la recuperación económica, se están volcando otra vez al interior, abandonando los territorios ganados afuera. “Es la miopía que tienen los industriales mexicanos, que no logran ver más allá de sus narices”, dice Cheren, y cita el caso de dos empresas que dejaron su grupo por esa razón.

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Hay otras ventajas que son sólo coyunturales o que podrían atenuarse, como el bajo costo de la mano de obra, que se encarecerá si se recupera el salario real, o la buena competitividad en precios, que se reducirá si persiste la inflación alta combinada con la fortaleza del peso.

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Pasar de la maquila a la confección propia y, además, incorporar a los proveedores nacionales en toda la extensión de la cadena productiva, se traduciría en importantes beneficios a escala macro. Como es una industria altamente intensiva en mano de obra (la confección ocupa 350,000 trabajadores y el sector textil 180,000), se podría generar un alto incremento en el empleo, se aumentaría el valor agregado, la derrama económica incentivaría el consumo y se ganaría estabilidad en la producción.

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Pero a la luz de las diferencias, ¿cómo lograrlo? Casab sostiene que “deben trabajar juntos confeccionistas e industriales textiles para cumplir con los niveles de calidad externa. Si se logran esas alianzas será un éxito”.

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En tanto, Cheren opina que “lo primero es que las cúpulas camarales se sienten a platicar en lugar de estar peleando. En vez de vernos como competidores, ante estadounidenses y orientales debiéramos vernos como colegas”.

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Martínez es optimista y cree que sólo es un problema de coordinación. Lo ideal es integrarse directamente bajo un mismo grupo desde la petroquímica misma hasta la confección. La gran tarea, subraya, debe darse en la generación de moda, tal como se hace en Italia.

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Hay coincidencia en la necesidad de crear nuevos tipos de telas y diseños para desarrollar todo el proceso de la cadena productiva, pero es difícil que se logre si no hay matrimonio entre textileros y confeccionistas. Por encima de las diferencias camarales, la puerta de los acuerdos la deben descerrajar los propios industriales. Aunque varios de ellos son pesimistas al respecto, esta parece ser la combinación secreta de la integración, que para Saltiel es una tarea impostergable, porque “México tiene mucho más para ofrecer exportando su valor agregado que vendiendo su sudor”.

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