Cambio de aires

Llevado por la corriente globalizadora, este personaje emigra del país.
Max Clip

Dicen que "de lo bueno, poco". Si lo que aconseja la sabiduría popular es cierto, entonces los esfuerzos realizados en este espacio desde hace poco más de tres años ya dejaron de ser una buena excusa para el esparcimiento de los amables lectores. Pero también se afirma que "en gustos se rompen géneros". Así que el balance final de esta columna se lo dejo a ustedes, y si quieren y les apetece, me compartirán sus puntos de vista.

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El caso es que ya me voy, o como se dice en lenguaje pre corporativo (y pre NAFTA): "Me paso a retirar." La razón es bien sencilla: su servidor ahora forma parte de las filas de ejecutivos mexicanos que, gracias a la apertura comercial y a la demanda de capital humano con sapiencia local, emigran de país para trabajar en el extranjero. Y como se supone que esta página está dedicada, precisamente, a la experiencia de laborar en una empresa en México, pues igual ya no tendré mucho qué contarles.

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La historia de mi cambio de aires es sencilla y hasta predecible. La compañía para la que trabajo desde hace unos años ha decidido aumentar su presencia en territorio comanche, así que de pronto me han planteado la posibilidad de salir a radicar en otro país, y pues les tomé la palabra.

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Me costó trabajo dar el paso, no crean. La idea de dejar casa, familia, amigos y de lanzarme a una incierta aventura me ha provocado no pocos desvelos en las últimas semanas. Al grado que ya traigo unas ojeras que compiten con las de los veladores del edificio.

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Pero al final recordé las extravagantes ideas de un maestro de historia con el que tomé clase hace ya algunos años. "Imaginen, ¿qué habría pasado –nos preguntaba con gran audacia– si un día, a mediados del siglo XV, los feroces aztecas se hubiesen embarcado en las costas de Veracruz y, por alguno de esos azares de la navegación oceánica, terminaran en las costas de España? ¿Y qué tal si acabaran por aliarse con los árabes, por ejemplo, y le hicieran la guerra a los hispanos y borraran del mapa todo vestigio del castellano régimen católico que entonces privaba en esos lugares, erigieran un gran encima de alguna catedral barroca y ofrecieran sacrificios humanos en medio de la árida tierra de Castilla? ¿Qué historia se habría escrito, entonces? ¿Cómo sería nuestro mundo?"

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Y luego, el muy salvaje, con voz de profeta, se atrevía a decir: "Muy pronto, el mundo será tan pequeño y cada lugar será tan importante que esta imagen habrá de ser una realidad, aunque les parezca fantástica. La historia está hecha de una suma de suertes de azar."

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Nadie lo tomó en serio al pobre y en el salón de clase, de inmediato, se cruzaron apuestas sobre el tipo de alucinógeno que consumía el buen hombre.

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Pero hete aquí que hablaba como vidente, pues ¿qué son estos buenos ejecutivos mexicanos que emigran al extranjero, sino los descendientes de atroces caballeros águila que se embarcan en un Airbus, rumbo a la conquista de los mercados? ¿Y qué van a hacer allá, sino a hacer la Patria?

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Pienso en las palabras de aquel despistado profesor cuando reviso mis papeles migratorios, mientras arreglo mi mudanza e investigo los detalles de la vida cotidiana en ese lejano lugar que habrá de ser mi nuevo hogar. De pronto me viene tal emoción de dimensiones míticas, que por poco me suelto a cantar el himno nacional a todo pulmón en medio de la sala de juntas.

- -En fin, que repentinamente no quepo en mi propia emoción, pero al mismo tiempo debo confesar que me aterran los cambios. Cuando haya oportunidad, les comunicaré cómo me va. Espero que ustedes se hayan divertido durante estos años. Por mi parte, les puedo asegurar que yo disfruté muchísimo mi estancia por aquí. Bueno, pues ya me voy. Ahí cierran.

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