Cantando bajo la lluvia

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Dolores Carbonell

Si le gusta la comedia musical, usted no puede dejar de ver la versión mexicana de Cantando Bajo la Lluvia. No importa que la cartelera no exhiba los nombres de grandes estrellas, el espectador puede estar seguro de ver una de las puestas más profesionales en este género en los últimos tiempos.

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Bajo la dirección de Rafael López Mirnau, cuya mano -experta deja huella a lo largo de toda la representación, un grupo de jóvenes actores y una producción generosa en escenografías y efectos —porque, desde luego, llueve sobre el escenario, y a cántaros— han creado un espectáculo digno de verse.

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Durante los meses que lleva en el Teatro Silvia Pinal, Cantando Bajo la Lluvia ha recabado ya una decena de premios de la crítica. Sin embargo, quizá ha conquistado pocas menciones por parte de los críticos.

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El público dirá que ver Cantando Bajo la Lluvia es, inevitablemente, acordarse de Gene Kelly y de aquel legendario número de la película de MGM —ese en el que Kelly baila con su -paraguas y chapotea en la acera—, y tiene razón. Sin embargo, si el espectador logra desembarazarse de aquella imagen clásica y se sienta a gozar de la historia de Max Alexander y Lina Lamont, rutilante pareja del cine mudo hollywoodense, esta representación le garantiza dos horas de buena música, interpretada por cantantes de calidad, y hasta muchos minutos de francas carcajadas.

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Hay que destacar el extraordinario desempeño de Lenny Zundel (en el papel de Cosmo, la pareja de Max), un joven que deberá merecer muchas nuevas oportunidades en la comedia musical. De asombrosa biomecánica, -Zundel es un bailarín experimentado. Además, es natural y tiene dotes para la comedia. Por añadidura, sabe cantar.

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También canta y baila, y muy bien por cierto, Héctor Arroyo (Max), a quien sí le falta esa naturalidad de la que hace derroche Zundel.

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El papel de Lina Lamont queda a cargo de Laura Luz, actriz a la que ya se ha visto en otras puestas musicales y que esta vez tiene a su cargo la parte cómica de la his­toria. Vale la pena reírse con esta güera oxigenada de voz imposible y poco cerebro, a la que el cine hablado pone al borde de la extinción.

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Finalmente, una serie de minifilmes que entran en la historia para narrar las desventuras del cine mudo y los muy vacilantes pasos de las primeras cintas habladas, -construyen el espectáculo ideal para compartir con toda la familia —los niños adoran las escenas filmadas y las intervenciones de la güera platinada— el próximo fin de semana. No se la pierda

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