Capital monetario y capital social

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Carlos Llano

El autor es miembro del Consejo de la Comisión de Derechos Humanos del DF, presidente fundador del Consejo Superior del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresas (IPADE) y profesor del Área de Factor Humano de la misma institución.

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Francis Fukuyama nos sorprendió a raíz de la desintegración de la Unión Soviética y de la consiguiente separación centrífuga de sus países satélites, con su trabajo -Fin de la Historia. Se hizo célebre por sostener la audaz tesis de que, al disolverse el enfrentamiento entre el comunismo y el capitalismo, la historia de la humanidad carecería de relieve en el futuro, porque sólo cabrían en ella las superficiales y monótonas variaciones del capitalismo, la consabida competencia de las transnacionales, la lucha por la participación en los mercados, etcétera.

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Esta tesis, severamente criticada, dio pie, sin embargo, a interesantes estudios sobre esas variaciones capitalistas. Michel Albert, por ejemplo, ha distinguido el capitalismo sajón (cuyos ejes se ubican en Nueva York y Londres) del germánico (cuyos ejes son Frankfurt, Zurich y Tokio). El primero se caracterizaría por un mayor -desapego respecto a los trabajos de la empresa y de los trabajadores, para polarizarse en el valor de las acciones en la Bolsa: las empresas se venden, se compran, se fusionan, teniendo en cuenta las variaciones bursátiles, pero de espaldas a la misión de las empresas mismas y a las personas vinculadas en ellas. Los individuos son sólo un activo más al que cabe aprovechar o aplicarle un coeficiente de amortización en el valor de su venta.

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El capitalismo germánico, en cambio, se señalaría por una estrecha relación entre los dueños de las empresas, las operaciones por ellas ejercidas, y los operarios que las generan: su visión se hace a más largo plazo y no al estrecho plazo trimestral de los informes de Bolsa. La permanencia de las personas prevalece aquí sobre las utilidades momentáneas del capital.

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A estos dos habría que añadir una distinción extra, entre el capitalismo latino (cuyos ejes serían Milán, Madrid y México), en donde no existen reglas de juego universalmente aceptadas, y el nórdico (sea sajón o germánico), con un -fair play más definido.

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Pero ahora Fukuyama nos sorprende nuevamente. En su reciente y difundido libro, -Trust, nos dice que lo verdaderamente importante no es el capital monetario con que cuentan los países (y las empresas), sino lo que James Coleman denomina -capital social, consistente en el índice de trust, de confianza, que se da entre los ciudadanos para asociarse en empresas comunes.

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En algunas culturas, la confianza se limita sólo al círculo de las vinculaciones familiares, tal como ocurre —dice— en China, Italia y, aunque en grado menor, en Francia. En cambio, Japón y Alemania cuentan con un abundante capital social: es aquí, en este tipo de capital, y no en el tecnológico y monetario, en donde se encuentra la diferencia comparativa de las empresas de estos países.

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¿Qué acontece para Fukuyama en Estados Unidos? Los ciudadanos del país que admiró en el siglo pasado a Alexis Tocqueville, por sus acusados vínculos comunitarios, se están convirtiendo, dice irónicamente, en lo que siempre pensaron ser: insolidarios e -individualistas.

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Así como en Italia y en China no hay asociaciones más que cuando se dan también relaciones sanguíneas, en Estados Unidos las asociaciones se logran mediante complicados acuerdos contractuales. Las asociaciones de capital y de empresas parecen más un negocio de abogados que de los dueños o directores, porque se piensa que la otra parte hará todo lo posible por seguir su exclusivo interés, es decir, porque no tienen confianza —trust — en las personas con las cuales, sin embargo, necesitan asociarse.

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En efecto, en una entrevista destinada a México, Fukuyama advierte que la economía neoclásica es -reduccionista, porque trata de encerrar todas las relaciones económicas dentro del pequeño ámbito de los intereses privados. Esto no es inventar nada nuevo, pero sí revivir algo olvidado. Los -antropólogos tradicionales —y cada persona con sentido común lo admite— habían dejado dicho que la confianza es la condición imprescindible para que haya sociedad. Por eso —por falta de confianza— hay ahora tantas empresas que parecen nidos de avispas.

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Helmunt Maucher, quien fuera durante muchos años presidente de Nestlé, enfatiza en su reciente obra -El marketing desde la cumbre, anterior a la de Fukuyama, lo que denomina con acierto -principio de credibilidad.

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Por nuestra parte, habría que sustituir la tónica “piensa mal y acertarás”, por la de “debes dar crédito, confianza, aunque te equivoques”. Pero en este delicado terreno Maucher va mucho más allá: “Es mejor que se nos estafe dos veces de cada cien, antes de prescindir de la ventaja que brinda el demostrar que tenemos la mejor confianza en los demás”.

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¿Cómo andamos en México de capital social, ya que es claro que carecemos de capital monetario? Debemos, sin duda, elevar nuestros índices internos y externos de credibilidad. Somos astutos los más y cautelosos los otros. Debemos ser, además, dignos de confianza. Sin ello no hay sociedad: no hay negocios.

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