Carlos Monsiváis &#34No existe liderazg

Escritor y polemista de afilada pluma, Carlos Mosiváis es, además, un agudo analista de la socieda

"La notable estrategia publicitaria de Carlos Salinas prueba hasta qué punto erró el camino. En lugar de pésimo político y siniestro administrador, habría podido ser un gran publicista. Su estrategia consiguió una fantástica suspensión del criterio de realidad, porque aunque la gente no vivía mejor, creía que todo apuntaba hacia allá.

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"Con esa noción de falsa abundancia, se creyó lo que nos esperaría con el Tratado de Libre Comercio y con la inclusión ya segura en el primer mundo. Salinas logró incluso que México se sumara a un club de países ricos, que es una de las burlas más patéticas de que tenga noticias. Y funcionó, porque todo apuntaba al éxito. Era un mago: en medio de la peor crisis ecológica de la ciudad de México, le dieron un reconocimiento por su tarea ecológica.

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"En las clases medias, esta suspensión del criterio de realidad alimentó la esperanza, quizá, de institucionalizar el viaje anual a Europa, Los Ángeles o Dallas, o de enfermarse debidamente en Houston. También ilusionó a las del campesinado, porque todo el Pronasol fue un acto de ilusionismo muy de la lechera. A partir de entonces, la convincente, y desde luego a la burguesía empresarial, que salió enormemente beneficiada.

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"Todo esto hizo que el golpe de diciembre de 1994 fuera más considerable, porque no sólo hirió a la economía sino a las expectativas.

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Fue un golpe que rompió el gran cántaro de la lechera. A partir de entonces, la situación ha ido creciendo en devastación y en actos de salvajismo. La violencia criminal es en gran parte atribuible a esta crisis, no tanto la de tipo organizado, que ya existía, sino la delincuencia -amateur, que se ve sobre todo en los asaltos. La Procuraduría del Distrito Federal reporta que en septiembre de 1995 hubo cerca de 19,000 delitos. Es apabullante, pero la ciudad de México está sitiada como nunca por la delincuencia. Si a esta violencia se le agregan las cesantías y la imposibilidad de conseguir empleo, el resultado es tremebundo.

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"La crisis ha generado desconfianza respecto de los poderes de la educación. En los años 50 se creía que un título universitario era la garantía de un empleo para toda la vida. Ahora no se confía en esto. El proceso educativo, que estaba santificado como la solución de las personas y de las familias, está en discusión. Cuando un muchacho o una muchacha tienen que abandonar la escuela privada para entrar a la escuela pública, casi equivale a abandonar la certeza de que las relaciones y el clima de las universidades privadas proporcionarían la garantía del empleo perdurable.

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"Otra consecuencia grave es la necesidad de ajustar la idea de vivir bien, la estrategia de sobrevivencia más difícil para las clases medias. Tienen que aceptar que su antigua idea de vivir bien es inaplicable y hacerse de otra idea que en principio es humillante. Esto significa renunciar al cambio de auto, a los dos o tres autos por familia, olvidar todo aquello que era garantía de un estilo de vida. Este ajuste es doloroso y en ocasiones trágico.

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"También causa un daño enorme la incapacidad de obtener los antiguos satisfactores de diversión, de energía, de ganas de viajar, de fantasía.

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"Es un ajuste inmenso que, por ejemplo, hace que las películas de Walt Disney adquieran relieves antes insospechados. Me he dado cuenta que la programación de cine estadounidense, que no tiene ninguna importancia artística, y que antes habría sido un dato más, se ha magnificado. Ver -Pocahontas, o cintas con Sylvester Stallone y Antonio Banderas, o cualquiera de esos éxitos -blockbuster internacionales del cine estadounidense es adquirir de golpe todos aquellos satisfactores que se encontraban en muchos otros sitios y no sólo en el cine. Aisladamente, la compra de un -best-seller, la película de moda, el suéter, que nunca hubiera sido parte de un conjunto de adquisiciones, ahora adquieren una importancia extraordinaria.

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"Se ha redimensionado todo lo que se relaciona con el proceso adquisitivo, y con esto adquieren carácter de fetiche objetos que antes pasaban inadvertidos. Mientras más se aleja el proceso del consumo, más se acrecienta el valor de lo poco que se tiene. Esto da por resultado una sociedad muy insegura.

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"Todo el día se habla de la crisis de valores, y no sólo en los periódicos, donde abunda el lugar común y hasta el disparate. La gente está convencida de que se han perdido valores fundamentales, que en realidad faltaban desde hacía mucho. Se dan cuenta ahora, agudamente, porque se han perdido en función de lo que es irretornable, que es la seguridad. Cuando se tenían seguridades económicas y adquisitivas, esta noción de pérdida de valores no importaba. Ahora importa porque ya no se tienen. ¿Quien es el que va a dar respuestas? No, desde luego, la religión, porque como han dicho los obispos católicos: éste es un país de ateos funcionales. No la propiedad, porque lo poco que se tiene no es una garantía de herencia. Una de las cosas que se han disipado es la seguridad que se pensaba dejar a los hijos. El futuro ya no se hereda y cada quien tendrá que conquistar el suyo.

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"Existe una inclinación fetichista a posiciones de derecha que no corresponden con la realidad. Una especie de certidumbre de que la mano dura y el autoritarismo van a restablecer el sistema de valores. Es totalmente falso y resulta claro que por ahí no se va a ningún lado. Pero, por el momento, hay una ilusión de recobrar valores perdidos, que por otra parte ya no se sabe muy bien cuáles son.

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"La ilusión de recobrar los valores está muy presente en la conducta y el comportamiento, sobre todo de las clases medias, pero diría también en el de las clases populares.

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"El desamparo nacional hace evidente que no existe liderazgo. No es que se desconfíe de lo que se dice, sino que la gente está tan privada de todo que no siente amparo en nadie; así es como todo el presidencial sino se derrumba y muere. A esto se agregan otros derrumbes, como la idea de que la policía es el enemigo de la sociedad, o que las respuestas de la fe no sirven salvo para el consuelo final, algo difícilmente traducible en términos de vida cotidiana. La noción misma de liderazgo está en crisis y el resultado es desolador.

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"Los liderazgos de la política, de la empresa o de las iglesias están siendo vistos como por vez primera. Todo mundo comenta que no hay líderes, pero detrás de esa afirmación no hay confianza en los sistemas que forjaron líderes. No sólo no hay líderes, sino que el sistema no puede producirlos. Esto va a repercutir positiva y negativamente en los años próximos, porque no hay manera de que por lo pronto cambie el sistema y produzca líderes creíbles."

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