Carlos Slim Helú

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Lo que más se le envidia al esquivo, calculador y fornido Carlos Slim Helú, es su gran amistad con Carlos Fuentes, Fernando Benítez, Enrique Krauze y demás macroexponentes de la intelectualidad mexicana.

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Pero claro, ser el hombre más rico de México tampoco está del todo mal. Estar al frente de Teléfonos de México, Grupo Financiero Inbursa, Sanborns, Condumex, Cigatam, Nacobre, Loreto y Peña Pobre, Porcelanite, Euzkadi y Frisco (entre unas 100 empresas pequeñas y grandes), debe dar un sentimiento de seguridad.

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Aunque, viéndolo bien, las preocupaciones de este fanático del golf (tiene su propio campo en Cuernavaca) son muchas: su compañía estrella, Telmex vendió N$19,278 millones de nuevos pesos entre enero y junio pasados, y obtuvo N$4,068 millones de utilidades. A este nivel, lo difícil es saber qué hacer con el dinero. Afortunadamente, Slim tuvo ideas desde sus inicios.

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Cuando el empresario hizo su primera oferta de compra en 1940 (muchos creyeron que era llanto natal), su padre, don Julián Slim, ya se había hecho de un capital administrando, primero, La Estrella de Oriente, una tiendita en la calle de Capuchinas, en la ciudad de México, y luego los terrenitos que alcanzó a comprar durante la revolución, todos alrededor del Zócalo de la capital.

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La prosperidad de esta familia de origen libanés fue siempre reconocida por la comunidad árabe, que aún encuentra sus raíces históricas en estos rumbos. Pero el sexto hijo de don Julián estaba destinado a darle otro significado al concepto de riqueza. Aquí las cosas se vuelven en parte leyenda, en parte realismo mágico. Anécdota propia de Slim es que a sus 10 años la diversión familiar era echar carreras para ver quién hacía más rápido el balance del negocio.

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Ya en 1966, Slim fundó los dos pilares de su fortuna: la inmobiliaria Grupo Carso (Car, de Carlos, y So, de Sumaya Domit Gemayel, su esposa) y la casa de bolsa Inversora Bursátil (Inbursa). ¿Con qué? El propio millonario refiere que desde pequeño invirtió hasta sus domingos en la compra de acciones bursátiles. Una versión más encantadora circula entre los libaneses: que Carlos Slim y su primo Alfredo Harp Helú se sacaron la lotería ese año; a Harp le tocaron $200,000 pesos de aquellos, y a Slim $1 millón.

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El giro industrial le llegó a Slim hasta 10 años después, cuando compró Galas, la fábrica de envolturas y cajetillas de Cigatam. Unos ahorritos después y la propia cigarrera fue comprada por este hombre que trabaja 16 horas diarias. Aquí vino el disparo de salida para Carso: entre 1981 y 1986 compró todo lo que le pusieran enfrente y a buen precio.

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Y esto motivó la siguiente ola de rumores sobre la fortuna de Slim: que mucho del dinero para adquirir compañías no provenía de sus empresas, sino de ávidos inversionistas libaneses bajo su representación, gracias a la intervención de su esposa, emparentada con un ex presidente de aquel bombardeado país (Amín Gemayel).

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Otros analistas menos suspicaces encuentran la clave en el estilo de administración de Slim. Una vez compradas todas sus empresas industriales en los 80, el hombre procedió a reestructurarlas y convertirlas en compañías eficientes, con un personal administrativo escaso pero orientado a buenos resultados.

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Pero las mejores historias sobre Slim llegaron después de 1990 cuando, en asociación con Southwestern Bell y France Telecom, adquirió el paquete de control de Telmex. Esto lo ha hecho blanco de diferentes acusaciones, entre las que destaca ser prestanombres del ex presidente Carlos Salinas.

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¿Socio de políticos? El Rico Mc Pato mexicano responde a estas versiones (que llegaron a los tribunales en 1995) con un sencillo "¿cuál es la utilidad de asociarse con políticos?”. Para empezar, que le hayan permitido semejante compra, responden sus críticos. Sin embargo, ni siquiera el total descrédito del ahora mandatario afectó el último gran golpe de Slim: su asociación al 49% con Cablevisión, en lo que se califica como la creación de uno de los primeros grandes consorcios de transmisión de voz, imagen y datos en el mundo. El futuro de los negocios, pues.

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Es difícil no pensar en este hombre. Por lo menos inversionistas y socios en el extranjero siguen su iniciativa a ciegas. Si Slim sigue invirtiendo en México -cosa que le gusta remarcar cuando alguien duda de su patriotismo-, ellos le siguen. Por algo es uno de los pocos mexicanos que se mantiene por tercer año consecutivo, con devaluación y todo, en la lista de los más ricos del mundo de Forbes. Según la revista, este hombre vale $4,000 millones de dólares. Que el lector medite cuántos ceros lleva esta cifra en nuevos pesos, mientras se toma un cafecito en Sanborns.

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