Carmen Covarrubias

Propietaria fundadora Pollos Río

Doña Carmen va casi con el siglo, aunque con orgullo afirma: “Nací fuera de mi época porque traía la rebeldía por dentro.”

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Una rebeldía que la hizo imponerse a su padre cuando le reclamó que quería estudiar para poder tener “libertad y cartera”, como sus hermanos. La única forma de salir de su casa, se le dijo, apenas cumplidos los 14 años, era casada y vestida de blanco. “Mi papá nunca supo a quién se lo dijo”, recuerda. A partir de ese momento se dedicó a cocer los calzones de manta de campesinos y a cobrarles 20 centavos por pieza para juntar para el ajuar de novia aunque todavía no tuviera “novio”. Le echó el ojo a un candidato y a los 16 años le propuso matrimonio. Las cosas no salieron como había planeado y a los dos años enviudó. Al poco tiempo se volvió a casar, pero siguió con la misma obsesión: tener su propio negocio.

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Por el consejo de un amigo se animó a poner el negocio de los pollos asados en un local de Gutemberg, en la capital. Su inversión fue de $7,000 pesos.

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Después de 53 años, ahora tiene 25 restaurantes distribuidos en toda la zona metropolitana y un negocio inmobiliario. A sus 90 años atiende proveedores, firma cheques, revisa planos arquitectónicos, da órdenes aquí y allá, escribe su biografía, y, además, está al frente del negocio de productos esotéricos de su hijo Esteban Mayo. Con un bastón en mano, producto de una reciente caída, tiene una sola preocupación en mente: dejarle a los suyos una estabilidad económica que alcance hasta la quinta generación de los Covarrubias.

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