Casas de cambio: ¿crisis?, ¿cuál cris

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LHM

Mientras que la devaluación de 1994 obligó a la mayoría de las empresas a sudar sangre, para las casas de cambio significó la oportunidad de efectuar un programa agresivo de capitalización y cerrar 1995 como el mejor de los últimos ocho años.

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Manuel Abreu Vargas, presidente de la Asociación Mexicana de Casas de Cambio, explica: “No estamos a favor de las crisis, pero en 1995 la volatilidad en el tipo de cambio dio lugar a que las operaciones cambiarias se realizaran con intensidad. Muchas compañías acudieron a las casas de cambio para realizar sus transacciones habituales, pero con mayor volumen.”

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Y es que estas empresas, cuya actividad principal es la compra y venta de divisas, tienen un proceso económico “inverso” con respecto a la mayoría de los negocios que operan en México. Con la volatilidad del tipo de cambio en 1995, las instituciones del sector efectuaron operaciones de mucho volumen y elevado diferencial entre el precio de compra y el valor de venta de las monedas.

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“Si esas operaciones se hacen con cuidado y con una estrategia de cobertura de riesgos adecuada –precisa Abreu–, entonces la casa de cambio o banco que realice la transacción obtiene, normalmente, un mayor beneficio de utilidad.” Sin titubeos, asegura que 1995 quedó en los libros contables de las casas de cambio como el más productivo de la década. Tan es así, que el sector en general efectuó programas de capitalización importantes.

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No obstante, la industria atravesó periodos de reestructuración intensos. Entre 1988 y 1989 las casas de cambio sumaron 600 miembros. Actualmente sólo operan 34 empresas. Las exigencias en los aumentos de capital obligaron a una reducción drástica del sector. De hecho, el proceso de consolidación continúa, aunque el presidente de la asociación descarta que el número de instituciones en operación resulte menor a 25 en los cinco años próximos.

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“Las compañías que sobrevivieron –considera– tienen, saben y conocen sus nichos de mercado. Además, cuentan con una estructura de costos eficiente que les permite operar con utilidades, tanto en la época buena, como en la difícil.” Para él, el futuro de las casas de cambio está en la especialización. En la actualidad, los clientes del sector son las personas morales, normalmente empresas medianas.

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Los clientes grandes, comenta, prefieren los servicios de los bancos. Incluso, algunas de las compañías multinacionales sólo trabajan con filiales de las instituciones bancarias de su país. ¿Y las personas físicas? Abreu asegura que la búsqueda del mercado de menudeo, con énfasis especial en las remesas familiares, ha arrebatado una porción del negocio a los bancos.

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Sin embargo, los pequeños centros cambiarios –en México operan alrededor de 4,000– constituyen un obstáculo serio para los planes de los intermediarios financieros. “La diferencia entre centro cambiario y casa de cambio –asegura el directivo– es enorme. Mientras el primero requiere de un capital mínimo de $50,000 pesos para operar, el segundo necesita alrededor de $20 millones de pesos.”

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Además, los centros cambiarios no están sujetos a la regulación de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, por lo que, se queja Abreu, “si transgreden la ley o comenten fraudes sistemáticos, nadie hace nada”.

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