Cazadores de congresos

Una mirada envidiosa a todos aquellos que pasean de un foro a otro, sin pausa.
Javier Martínez Staines

Para que no se me malinterprete, lo digo con toda claridad desde el inicio: les tengo envidia. Me gustaría tener el tiempo y el dinero suficiente para ser como ellos y viajar de un destino a otro, en ese eterno paseíllo de un congreso a otro, sin más equipaje que centenas de tarjetas de presentación. Me refiero, por supuesto, a los cazadores de ferias, foros y expos; a esos nómadas corporativos que viven en éxodo permanente, alojados en buenos hoteles, sin más quehacer que estrechar manos de gente famosa e intercambiar algunas palabras, preocupados solamente de que se les vaya a pasar la fecha del siguiente evento.

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—Me voy a Jordania— me dijo recientemente un amigo, fiel miembro de este clan.
—¿A qué vas?
—Al capítulo regional del World Economic Forum.
—¿Para?
—Creo que será interesante y haré buenos contactos.
—¿Para? Tú no haces ningún negocio en esa zona.
—Para lo que sea. Uno nunca sabe.

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Ahí está el punto. ¡Son tantas las ocasiones en que ni siquiera saben a lo que van! El objetivo último es estar presentes, como en restaurante o bar de moda: ver y ser visto (porque a eso se reduce el dilema hamletiano en sus vidas). Así, el tiempo es un factor a tomar en cuenta sólo para empacar maletas y llegar puntual al aeropuerto con la idea de arribar al siguiente foro disponible, sin importar dónde se celebre.

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Para ser justos, hay realmente dos géneros en cazadores de congresos: los que legítimamente acuden en busca de nuevos conocimientos, aplicables a su profesión y actividad; y los que aman la ilusión de los reflectores efímeros, necesitados de esa sensación de comunidad que tanto requerimos los seres humanos. Para efectos prácticos, estas líneas se refieren a los segundos.

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Como mi amigo, que pronto se va a Jordania, hay muchos que invierten cantidades respetables en comprar su pase de entrada a las grandes celebraciones de la retórica, dentro y fuera de México. Así, su agenda electrónica está cargada con los croquis de hoteles, centros de exposiciones y recintos feriales, en los que se mueven como peces en el agua.

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Llegan a tal nivel de expertisse en esos menesteres que te recitan de memoria la currícula de conferencistas y citan pasajes de las cátedras magistrales cual si fuesen las obras maestras de Octavio Paz. Por supuesto, se saludan unos a otros con la familiaridad que sólo otorga el acudir con una constancia inmaculada, y hablan de las reuniones de El Cairo, Veracruz, Davos, Nueva York, Buenos Aires, Bombay, Bruselas y Valle de Bravo con la misma identificación social con la que los demás conversamos acerca de las películas vigentes en la cartelera.

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No importa cuán lejos están los foros y congresos de aterrizar en conclusiones específicas y prácticas: la retórica tiene sus encantos. Y el mayor de todos es que no obliga a adquirir molestos compromisos, que terminen por obligar a estos nómadas del siglo XXI a ocupar su tiempo en atender asuntos más mundanos. Eso sí sería horrible.
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*El autor es director editorial de Grupo Expansión y no tiene agendado ningún viaje próximo a Jordania. Comentarios: -jstaines@expansion.com.mx.

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