Códigos superfluos

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Héctor Zagal

Hace tiempo una institución financiera me pidió que les elaborara un código de ética. Me desconcertó la manera en que lo hicieron porque me lo pidieron a “contrarreloj” y con un tono burocrático, de “llenar el expediente”. Sentí que me estaban pidiendo un menú de valores y que no les importaba qué escribiera con tal de que sonara bonito. Ahora, confieso, me arrepiento un poco de no haber aceptado la oferta (era buen dinero), pero sentía que, de alguna manera, era quitarle importancia al código ético.

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Están de moda las empresas “socialmente responsables”. La globalización nos obliga a hablar de ética. El mundo desarrollado está invadido de documentos de este tipo: El Modelo Europeo de Excelencia Empresarial (EFQM, 2000), las Directrices para empresas multinacionales de OCDE (2000), el Libro Verde de la Comisión Europea (2001) y un largo y tupido etcétera.

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Pero atención: Los códigos de conducta no son documentos superfluos que se pueden hacer en caliente, sino parámetros para contrastar nuestras acciones diarias. No son la letra fina. Es increíble, pero en cosas tan elementales como la legalidad de las herramientas que utilizamos en nuestro trabajo existe una gran ignorancia ética. Hace poco, un estudio del ITESM mostró que 33% de los encuestados desconocía que trabaja con material pirata, y arriba de 90% ignora el código referente al intercambio de software.

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El descuido con que algunas organizaciones redactan sus códigos me hace pensar en los menús de comida rápida, o en las instrucciones de uso de, no sé, una tostadora. Compramos el aparato y guardamos el instructivo en el fondo de un cajón. Los códigos de ética deben reflejar nuestros aspiraciones éticas, pero sobre todo funcionar como documentos de contraste; digamos, como nuestra talla ideal cuando nos ponemos a dieta. No se redactan para presumir lo que no tenemos, sino para recordar nuestras metas. La manera más común de elaborar estos códigos es traspasar los valores de otra empresa, sin preguntarse si son adecuados a la nuestra. ¡Error! De nada sirve clonar los valores de la competencia. No basta con “tropicalizar” –qué desagradable expresión– un ideal para que se adecue a nuestro país, hace falta refundar la misma empresa a conciencia.

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A menudo, las empresas familiares y los pequeños negocios se preguntan si vale la pena este ejercicio. ¿Por qué arreglar lo que no está roto? La respuesta es simple: las palabras se las lleva el viento. Escribir un código de conducta nos compromete. Antes de redactar algo así hay que disponerse a ser coherentes. No vaya a pasarnos como una empresa famosa por sus estándares éticos que fabricaba armas… ¡y se las vendía a un dictador genocida! Redactar un código de ética debe considerarse una tarea difícil aunque necesaria: Elaborar un código de ética es una tarea incómoda. Una tarea donde nos examinamos a conciencia para saber qué es lo que nuestra empresa y la sociedad nos exigen.

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Comentarios a: hzagal@yahoo.com.mx

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