Chavos banda. Identidad, a cualquier pre

La migración a las ciudades, la miseria y la falta de alternativas provocan el surgimiento de miles
Gerardo Cabrera

A menos de un kilómetro del centro comercial más moderno de la ciudad de México, a la orilla de un río al aire libre que hace las veces de drenaje para el barrio Santa Fe, se puede observar todos los días a una veintena de jóvenes ocupados en discusiones intrascendentes, peleando, intercambiando sustancias de uso industrial que les sirven de drogas o simplemente absortos por el efecto de éstas, con la mirada perdida en las aguas contaminadas. Ellos son sólo algunos de los miles de chavos banda del Distrito Federal.

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"A la fecha ninguna organización gubernamental o no gubernamental sabe a ciencia cierta cuántas bandas hay en la ciudad o en el país, ni cuántos son sus miembros", expresa José Luis Benítez, representante de Jóvenes en Acción, un organismo de asistencia privada que otorga apoyo financiero para reinsertar en la sociedad a una decena de esos grupos.

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"Aquí mismo en Santa Fe no sabemos cuántos son. Nacen bandas y luego ya no están, aunque el número de chavos siempre es más o menos el mismo", señala por su parte Pedro Bello, miembro del Colectivo Emiliano Zapata, un grupo de ex chavos banda.

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La migración del campo a las ciudades, el surgimiento de cinturones de miseria con serios problemas de vivienda, así como la falta de áreas de esparcimiento y de alternativas para el desarrollo de las facultades de niños y jóvenes, son los principales promotores del fenómeno de las bandas.

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Los chavos banda no son los típicos niños callejeros porque la mayor parte de ellos tiene dónde llegar por las noches. Lo que sucede es que viven en espacios pequeños y la mayoría tiene problemas con sus padres. Este rechazo o imposibilidad de ser protegidos por sus familias les genera un espíritu nómada y una necesidad de compartir entre semejantes, así como un agudo encono hacia la sociedad, algunas veces expresado contra ésta en su conjunto y otras hacia particulares. Así, por ejemplo, en la ciudad de México muchas bandas manifiestan su enfado contra lo que llaman "el orden establecido", a través de contiendas político-sociales a favor de la libertad sexual o de expresión, y por demandas ecológicas.

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En búsqueda de la identidad. La agresión de las bandas es una realidad, pero no todas han alcanzado un nivel contestatario ideológico, coinciden Bello y Benítez. Esta violencia, sin embargo, hay que entenderla en varios sentidos.

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Existe, por ejemplo, la violencia que se da entre ellos mismos, incluso entre amigos, y por cualquier cosa, por una chela, por una chava o porque están drogados. "También hay quienes son muy agresivos porque han sido violentados desde muy pequeños y ahora tratan de responder de la misma manera", expone Benítez. Así, "banda no es sinónimo de vandalismo, aunque algunas veces las dos cosas coinciden", concluye.

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Y en cuanto a su reacción frente a la sociedad, Mario Segovia, quien se define como un punk mexicano, considera por ejemplo que "el punk no es una doctrina o culto, sino gente unida que busca un mundo mejor para todos, pacífico, donde reine la razón y haya total ausencia de dominación". Opina que los punks, "con un especial atuendo y comportamiento, están muy adelante de esos cretinos de la sociedad que se muestran muy orgullosos de su elegancia y buena compostura".

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El espíritu de unión, característico entre las bandas, responde a la necesidad de encontrar eco a sus demandas y expresiones. Se unen porque necesitan identidad, señalan los entrevistados.

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Beto, un ex chavo banda de La Casa de Todos, es un ejemplo de esta situación: salió de su casa a los ocho años porque su padrastro lo golpeaba por parecerse a su padre. "No sabía a dónde ir y me encontré unos cuates que me llevaron a Santa Fe. Fue entonces cuando empecé a drogarme con cemento, allí, con los Panchitos. Entonces éramos como 300, a veces llenábamos hasta 100 camiones de la Ruta 100", recuerda.

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Benítez explica que cuando se reúnen, encuentran un espacio donde pueden ser ellos, "con sus ideas, su música, su forma de vestir, modelos la mayoría copiados de otros países". Sus expresiones, como los picos en la cabeza, las cadenas, las botas, son sus símbolos, y todos significan rechazo por parte del resto de la sociedad.

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En la anarquía han encontrado eco a sus posturas y, según los entrevistados, ésta se debe más bien a su ignorancia y al rechazo social que a una posición ideológica.

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Cada mes un suicidio. En el barrio de Santa Fe, Víctor, un ex chavo banda, informa que una semana antes un cábula (amigo o camarada) se suicidó porque no encontró solución a sus problemas.

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Esta tragedia, lejos de ser un caso aislado, señalan Víctor y otros miembros del Colectivo Emiliano Zapata, es algo que se da por lo menos cada mes. "Hay que imaginar lo que se siente cuando no se tiene dinero para comprar una cerveza -dice Bello-, cuando para beber agua hay que acarrearla desde lejos, cuando no tienes dinero para comer tú y tu familia. Y por este tipo de cosas los suicidios se dan a cada rato por acá."

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Al respecto, Beto comenta: "Es difícil vivir en la calle... yo traté de suicidarme tres veces, la primera vez me aventé desde una azotea, como cuatro pisos, y caí sobre una camioneta; no me pasó nada. En la segunda, prendí unos colchones que había en un cuarto, pero lograron sacarme dos cábulas, gracias a Dios. Y la tercera vez me aventé a un coche en marcha y tampoco me pasó nada".

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Las redadas policíacas son otro de los dramas de las bandas. Según los entrevistados, algunas veces son justificadas y otras no. No todos ven con buenos ojos que una banda esté drogándose en la esquina de su calle o que se peleen. "Y eso es lo que provoca que llegue la policía y los agarre", comenta Benítez.

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Por su parte, Bello opina que las redadas (o razzias) son un modus vivendi de los policías, jueces y ministerios públicos. "Para toda esa gente es un negocio redondo. ¿Cómo se instrumenta? Pues con la gente amolada, porque es la que menos se defiende, ya que es la que está menos preparada y se le puede sacar lo que sea."

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Según él, aunque últimamente han bajado las redadas en contra de las ban-das, se han instrumentado fórmulas de represión más sofisticadas. Por ejemplo, por la noche, una vez a la semana, se observa en Santa Fe a un helicóptero policiaco con luces de persecución y a dos hombres armados recorriendo la ribera del río, por ambos lados, en donde se reúnen las bandas. "No les hacen nada, pero es una especie de amenaza constante que sirve para contener a las bandas", asegura.

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La fantasía de la libertad. Pero las manifestaciones altisonantes de bandas, que a primera vista pudieran tomarse como expresiones de una gran libertad, ocultan precisamente la falta de ésta. Sí, porque los grandes problemas que la mayoría de estos jóvenes no ha logrado superar es su independencia económica y su preparación, técnica o intelectual, que les permita acceder a un mejor nivel de vida y elegir libremente.

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Benítez opina que aunque en otros aspectos son gente que ha logrado deshacerse de muchos prejuicios, su libertad está incompleta. "Las mujeres, por ejemplo, en su mayoría son dependientes de sus familias; su libertad la reflejan sólo en su práctica sexual: se han despojado de prejuicios y tradiciones y se pueden meter a vivir en comunidad, durmiendo con cualquier persona. Y en general, su desarrollo intelectual está estancado".

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Sin embargo, hay quienes tienen un oficio, como carpinteros, electricistas, plomeros, pintores o albañiles, en el caso de los hombres, o estilistas o domésticas, en el de las mujeres. A pesar de que con su trabajo alcanzan cierta independencia económica, lamentablemente casi siempre gana la batalla la jungla de los barrios bajos, la falta de valores y la incomprensión familiar y de la sociedad, esta última con su falta de políticas para reinsertarlos adecuadamente.

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