Clínicas de belleza <br>La hoguera de l

Aun en medio de la crisis, el negocio de las apariencias ha mostrado ser uno de los más rentables

¿Cuánto estaría dispuesto —o dispuesta— a pagar para que le dieran una “ajustada”, le subieran de aquí, le suprimieran por allá, le dejaran la piel tersa y de color uniforme?

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En el México de hoy ésta no es, aunque lo parezca, una interrogante frívola, o no, al menos, en términos del negocio que representa. Durante las últimas dos décadas viene desarrollándose una extensa oferta de tratamientos de belleza, cada vez más sofisticados (y caros). Todos ellos se pueden adquirir, sin que medie un bisturí, en una variedad de “clínicas” para las que la belleza está resultando, sin duda, un negocio muy redituable.

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Estas “clínicas” —el nombre es relativamente reciente— son salones de belleza que ofrecen algo más que un corte de pelo o una -manicure. Aparentemente, el cambio comenzó a principios de los 80, con el surgimiento de la cosmetología, “técnica” que, con base en la dermatología, se centra en el mejoramiento del aspecto externo de la piel. Ésta impuso un signo más científico a ciertos salones que, así, derivaron en “clínicas”. Posteriormente, imitando a los establecimientos europeos o estadounidenses, muchas de las criollas siguieron evolucionando hasta llegar a lo que son hoy en día: impresionantes centros especializados en “remodelar” a mujeres y hombres, además de ofrecerles la posibilidad de cambiar su estilo, sus formas de comportarse, de vestir y, por ahí, hasta de ser.

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En la actualidad se diseminan por las ciudades más importantes del país. El Distrito Federal, por ejemplo, cuenta con más de 150 clínicas medianas y grandes —muchas con sucursales— que ofrecen una gran variedad de servicios, y otras tantas más pequeñas, con una oferta más limitada.

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Cuando la belleza cuesta
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“¡Qué barbaridad!, ya tendría que irme”, dice una cincuentona que se atiende en la clínica Todo en Belleza, mientras consulta su reloj. Al menor movimiento, su cuerpo cruje: la piel está cubierta desde las rodillas hasta el tórax —bordeando los pechos— con un preparado pastoso y negruzco que promete modelar su figura y quitarle unos pocos centímetros. Unos plásticos, que parecen estar muy apretados, cubren la pasta y cuando la mujer se desplaza va dejando un intenso olor: acaba de someterse a un “corporal”, que dura entre una hora y 75 minutos.

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“Son las algas”, comenta la responsable del tratamiento, refiriéndose al olor. Mezcladas con hierbas y cremas, las algas logran reducir medidas en las zonas problemáticas y eliminar o disminuir la celulitis. Ella explica que la piel se debe “trabajar” respetando ciertas zonas, como la parte baja de la espalda, los senos y el bajo vientre.

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“El masaje sirve para fomentar la circulación, lo que impide que se forme más celulitis —añade, por su parte, una masajista que trabaja en esto desde hace más de 10 años—, se desplaza la grasa al ser quemada con las manos.” Y en efecto, estos tratamientos reductivos distan de ser una mera sobada; las especialistas emplean toda su fuerza y una técnica que manipula la carne como si fuera plastilina.

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Aunque en la mayoría de las clínicas el precio de cada masaje asciende a $60 pesos, “se venden en paquetes de por lo menos 10, porque uno solo no sirve”, comenta una experta de Soleil. Casi todos los que se dedican a este negocio concuerdan, por lo que en muchos establecimientos sólo existe un precio “por paquete” o “por programa”, y los clientes son informados por un “especialista” sobre la cantidad de masajes que requieren, “según la gravedad del caso”, lo cual prácticamente los obliga a someterse a 10, 20 y hasta 30 masajes, con el consecuente desembolso.

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Según Leticia Buendía, de la clínica Aspid, quien dictamina la cantidad de sesiones es un dermatólogo o un -masajista que se enfoca únicamente al diagnóstico del cliente. Allí, la primera sesión cuesta $540 pesos y cada una de las siguientes $180. “Esto porque no sólo damos el masaje, sino que el programa incluye una serie de productos para aplicarse en casa.”

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En los establecimientos que sólo se dedican a estas técnicas, los precios unitarios oscilan entre $60 y $300 pesos. A veces se hace una rebaja a quienes optan por el paquete.

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Desde Escocia hasta el Mar Muerto
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Pero no sólo los masajes disminuyen los excesos. Diseño Facial, por ejemplo, clínica cosmética y -spa, ofrece sofisticados tratamientos que también prometen mejorar la apariencia del cuerpo.

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Técnicas como la regadera escocesa —una manguera semejante a la de los bomberos dispara con fuerza el agua hacia el vientre, glúteos y muslos—, el -thermojet —máquina que trabaja con presión y calor— o la talasoterapia —tina de hidromasaje a la que se agregan sales del Mar Muerto, mientras una masajista lanza al cuerpo agua a presión— eliminan la celulitis y tienen además un efecto relajante, según informan los especialistas.

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Cada una de estas innovadoras técnicas, aplicadas sólo una vez, cuesta entre $200 y $300 pesos. Pero una empleada de Diseño Facial señala que suele recomendarse mezclar más de una técnica para notar las mejoras con mayor rapidez.

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Y, tal vez en el extremo de la sofisticación, Aspid ofrece un tratamiento que rebasa los $2,000 pesos y que consiste en inyectar una “solución homeopática” en los lugares más problemáticos: -glúteos, “chaparreras”, cara interna de los muslos y abdomen. Buendía señala que este tratamiento prácticamente garantiza la disolución de la grasa (al menos por un tiempo).

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Pero, ¿cómo se la pasa una persona que se somete a cualquiera de estas técnicas? “La verdad es que duele —comentan en Aspid—, pero funcionan maravillosamente bien”. Sin embargo, para la mayoría, un masaje reductivo no tiene por qué doler, “al menos, no mucho; el problema está en que la grasa puede ser muy firme, llevar ahí mucho tiempo, y entonces hay que acabar con ella a como dé lugar”. En Diseño Facial, los tratamientos “se sienten rico”, según Cristina Sáenz, ama de casa y cliente asidua. “Son deliciosos, como un apapacho”, remata Gabriela Vargas, dueña de la clínica.

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Los famosos “faciales”
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En la mayoría de las clínicas se insiste, con obvias intenciones, en que “el rostro es la tarjeta de presentación de todas las personas”. Y como son pocas las afortunadas con un cutis de bebé, sin duda que dichos establecimientos acumulan sustanciosas ganancias al priorizar, junto con los masajes de todo tipo, también los tratamientos faciales.

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En general, en cabinas que asemejan complejos laboratorios, las especialistas emplean máquinas de vapor o, “si la piel es muy delicada, toallas húmedas y calientes, para limpiar la cara de cualquier impureza”, informan en la clínica Margarita White. Luego se aplica una crema limpiadora; en caso de acné, se lo extrae manualmente por espacio de una hora, después se pone una mascarilla o se trata la piel con cremas que calmen la inflamación.

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En otros lugares, como Diseño Facial, en dichos tratamientos se aplica “alta frecuencia —dice Vargas—, una luz morada que pasa a través de un cristal especial y que sirve para desinfectar después de la limpieza”. También hay muchas clínicas que cuentan con rayos láser, ionizadores, masajeadores y demás máquinas que terminan el trabajo que empezó la cosmetóloga.

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Los faciales también tienen precios variables. “Todo depende del diagnóstico, porque hay desde pieles muy sensibles que presentan rubores difusos, hasta muy resistentes”, comenta una -cosmetóloga de Diseño Facial. De acuerdo con el tipo de cutis es el tratamiento, añade y, por lo tanto, el costo. Una colega de Margarita White dice que si, por ejemplo, hay un acné grave o una -deshidratación importante, allí se recomienda un facial especial. En cualquier caso, uno “normal” (limpieza, extracción de impurezas y nueva limpieza) puede costar desde $80 hasta $350 pesos.

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Pero los “faciales” no sólo limpian el rostro; además, según las especialistas y si así lo desea la clienta, lo hidratan y lo nutren. En todos estos tratamientos, algunas clínicas usan rayos láser y diversas cremas.

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En Margarita White, una hidratación profunda —limpieza con cremas, masaje facial y de cuello y aplicación de diversas sustancias supuestamente “diseñadas para penetrar en la piel”— cuesta entre $250 y $350 pesos. Aspid ofrece tratamientos antiacné que implican seis sesiones —limpieza y aplicación de cremas y mascarillas— -con precios que fluctúan entre $1,900 y $2,150 pesos, incluyendo los productos utilizados, que las clientes se llevan para usarlos en casa.

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El furor por las limpiezas faciales ha llegado muy lejos, al extremo de que en algunos lugares se anuncian como “limpieza facial quántica” y a sólo $75 pesos. Según Leticia Gutiérrez, doctora a cargo del Centro Integral para la Salud, esta limpieza se lleva a cabo con algas marinas, hierbas variadas y vitaminas en una solución de grenetina. “No hay extracción manual de las impurezas porque el poder de las algas y de los otros ingredientes ya es suficiente.”

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La anhelada juventud
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Otros tratamientos también muy demandados son los que pretenden atenuar las huellas de la vejez (aunque sólo sea en el rostro) y eliminar el vello en ciertos lugares del cuerpo.

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Para lo primero, Diseño Facial ofrece tratamientos con colágeno, elastina y placenta, o incluso un tratamiento llamado new-lift, que borra las líneas de expresión “sin necesidad de entrar a un quirófano”, como comenta una clienta. Estos tratamientos ayudan a nutrir la piel y proporcionarle algo de lo que ha perdido. Su precio excede los $300 pesos por sesión y, como en la mayoría de los tratamientos, se requiere de más de una.

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Hay además establecimientos que se ufanan por su “planchado de arrugas” (algo parecido al -new-lift), cuyos paquetes de 10 sesiones cuestan entre $2,500 y $4,000 pesos.

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En cuanto al ataque al vello superfluo, las ofertas van desde la simple cera, cera con miel de abejas, caramelo quemado, tiras de fieltro para desprender ciertas sustancias depiladoras y con ellas el vello, hasta la ampolleta que propicia la calvicie y la electrólisis. Cada cual tiene precios diferentes según su grado de sofisticación. Para las expertas de Margarita White y de Diseño Facial, lo único que “asegura” que el vello no vuelva a crecer es la electrólisis. Este sistema electrocuta literalmente la raíz, logrando que el poco vello que vuelve a salir sea tan corto y delgado, que difícilmente se nota. Aunque puede resultar doloroso —“es como una tortura y queda una cicatriz un poco fea los primeros días”, comenta una joven que se depiló así las cejas—, la piel queda lisa.

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Agua con clorofila —“para estimular el buen funcionamiento del aparato digestivo”—, una taza de café, revistas entretenidas para hojear mientras se espera y, sobre todo, un trato muy cordial, son algunos anzuelos que emplean las clínicas más importantes para satisfacer a sus clientes.

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“Todos tratamos de vender algo”, dice una especialista de Diseño Facial. Y claro, sus “productos” son fragmentos de belleza, esperanzas de una mejora sustancial en la apariencia física y apoyos para la autoestima.

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Para una empleada de Margarita White, por ejemplo, la cosmética “es un negociazo”, pero sobre todo porque el establecimiento “tiene cuantiosos ingresos y paga bajos salarios”. Allí, cada empleado debe alcanzar un “tope” para acceder al porcentaje correspondiente por su servicio. Es decir, deben aportar a la clínica —en clientes atendidos— determinada cantidad de dinero mensual (que fluctúa entre $8,000 y $10,000 pesos) para aspirar a recibir el 20% de comisión que les toca. “Pero no siempre llegamos al tope y a fin de mes estamos que lloramos.”

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En otros lugares, como Diseño Facial, los salarios son “decentes” y la comisión se paga sin condiciones. “Mis cosmiatras (cosmetólogas) y masajistas ganan casi lo de un médico que se quemó las pestañas estudiando durante años”, señala Vargas. Añade que por esto mismo tiene poquísima rotación de personal.

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En general, el sueldo de una cosmetóloga en un establecimiento de primer nivel está por arriba del salario mínimo; además recibe comisiones y propinas. Los sueldos van de $800 a $2,500 pesos mensuales, mientras que las comisiones varían entre 12 y 30%. Regularmente, los clientes dejan como propina 10% del precio del servicio.

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En las clínicas más pequeñas no trabajan más de 10 personas, mientras que en las grandes la cifra oscila entre 20 y 50. Las primeras reciben alrededor de 100 clientes al mes, que gastan en promedio $200 pesos cada uno. Las grandes captan mensualmente entre 500 y 800, aunque hay excepciones, como Diseño Facial, donde aseguran recibir alrededor de 2,250 personas al mes.

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La crisis prácticamente no ha afectado a los grandes establecimientos. “En estos años he triplicado mi negocio y sigue funcionando de maravilla”, señala Vargas. De manera similar se expresa Buendía. Dinero aparte, todo mundo quiere verse y sentirse bien.

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