Cómo perder la credibilidad

La increíble y triste historia de una analista de precios independiente.
Javier Martínez Staines*

Tengo un amigo cuya mayor obsesión es recorrer todos los pasillos del supermercado, cazar cualquier producto nuevo (preferentemente comestible) que haya sido lanzado al mercado y leer las etiquetas de principio a fin. Aunque no compre nada, parece darse por bien servido con sólo leer ingredientes, fechas de caducidad, calorías por porción, “fabricado en X”, “refrigérese después de abierto” y demás asuntos que la ley o el marketing obligan a incluir en los empaques.

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Extraño placer el de mi amigo. Ciertamente, si uno desea saber de novedades y de ofertas para ir de compras y llenar con eficacia la alacena, hay que hablar con este hombre, que todos los sábados por la mañana invierte de tres a cuatro horas metido en el autoservicio, con avidez de Sherlok Holmes por las mercancías más flamantes. Nadie, como él, sabe que Bimbo sí tiene un montón de discretos competidores, pero la gente suele no verlos porque están en el anaquel más cercano al piso. Nadie, como él, sabe qué yogures están en promoción (son tantas ya las marcas, que a fuerza encontrará alguna), si ya se venden mermeladas hechas en Francia o si los vinos y licores están al 40% en algún súper.

Otra ventaja de tener un amigo como él es que suele variar en sus incursiones. Es decir, no se limita a una sola tienda, sino que cambia de zonas geográficas y de almacenes: conoce un buen número de unidades de Wal-Mart (aunque él está un poco nostálgico porque ya no se llama Aurrerá), Superama (mi predilecto, aunque sea más caro, ni hablar), Comercial Mexicana, Gigante, Auchan y Carrefour. Incluso, cuando viaja a otras ciudades, visita antes que cualquier otro lugar las cadenas detallistas de la localidad. Y eso explica que en ocasiones hasta a los lugareños los sorprenda con el conocimiento de Chedraui, Soriana y Casa Ley.

Todo esto viene a cuento porque mi amigo acaba de perder la objetividad: ha sido contratado por una firma consultora que, entre sus clientes más importantes, tiene a un poderoso corporativo de autoservicios. Ahora yo ya no le creo. De verdad, si lo escucharan hablar, estarían de acuerdo conmigo: su lenguaje es completamente distinto, defiende cosas raras y quiere vender servicios que uno ya sabe que no necesita. Lo único que no ha modificado es su hábito de recorrer los pasillos del supermercado cada sábado por la mañana.

*El autor es director editorial de Grupo Expansión, se divierte en los supermercados (sin detenerse a leer etiquetas) y es escéptico de la consultoría. Quejas y reclamos: jstaines@expansion.com.mx .
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