Cómo perder oportunidades

México ha resistido las consecuencias del terrorismo y la guerra... Pero está sumido en la inmovil

Sorpresa, uno de los países que ha soportado mejor los efectos de la recesión estadounidense, combinada con los ataques a Nueva York y la incierta campaña de la Unión Americana en Afganistán, es México: no ha habido devaluación, fuga de capitales o inestabilidad comparables a las de 1994 y 1995, y el clima de negocios se ve más amable que el de Argentina o Brasil. Lo que sí hay es parálisis, que amenaza con eliminar las ventajas relativas del país en este momento.

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Tras la aparente fortaleza financiera, la economía nacional sufre por no haber atendido sus problemas estructurales: no son pocas las firmas extranjeras que hace unos años llegaron entusiasmadas por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) a instalar sus plantas y que ahora empiezan a voltear a Asia, en busca de condiciones más competitivas. Si se van porque allá la mano de obra es más barata, tampoco habría que hacer un drama: el país no tiene por qué basar su futuro en esa oferta. Sin embargo, en algunos casos la decisión de mudarse se debe a que empiezan a encontrar obstáculos en los sistemas de transporte o en las condiciones de abasto de energía que ofrece México.

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La baja en las exportaciones es síntoma de lo mismo. Un grupo de industriales, en especial de Monterrey y León, se ha quejado de que la apreciación del peso frente al dólar en lo que va del año los ha sacado de la competencia. La respuesta del gobierno fue que devaluar, además de no solucionar el problema, perjudicaría a los trabajadores al reducir su poder adquisitivo. De acuerdo, pero la conclusión de que los empresarios, solos, tienen que volverse más productivos ya no es tan convincente. No se trata de pedir subsidios o apoyos oficiales, aunque sí de aclarar que aún dependen muchas cosas del gobierno –no sólo del Presidente, también del Congreso– para que el país compita mejor en el exterior.

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En primer lugar está la reforma fiscal. Las declaraciones del mandatario en su gira europea no ayudaron mucho a su aprobación. Sí, es una falta de tacto que haya dicho ante empresarios alemanes que ya está lista, cuando hacer el anuncio le correspondería a los legisladores. No obstante, sería aún peor que éstos aprovecharan esas afirmaciones para no cumplir con su tarea de encontrar la manera de garantizar ingresos al Estado, al mismo tiempo en que se libera a Pemex de la carga fiscal que le impide invertir más –algo indispensable para que el país sea más competitivo–.

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Si esa reforma se ha complicado tanto, qué puede esperarse del otro gran reto pendiente: la reestructuración del sector energético, tema repleto de tabúes. La inmovilidad tiene que romperse: el Ejecutivo está obligado a renovar su capacidad de liderazgo. Frente a la evidente falta de coordinación del gabinete económico, el carisma de Vicente Fox –que no se debilita ni cuando habla de sus botas de charol para la cena de gala con el rey de España– no servirá de gran cosa en la labor de convencer a los legisladores y al público de emprender los trabajos que exige modernizar la infraestructura y la educación.

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El Congreso también debe aceptar que tiene una responsabilidad y que no puede emplear como justificación los errores presidenciales con el fin de explicar que no se hayan emprendido las tareas para modernizar a México. Aquí no hay Osama bin Laden a quien culpar.

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–Los editores

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