Cáncer de próstata, silencioso pero re

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Sara Cuéllar

“El cáncer de próstata es una enfermedad de viejitos”, suelen decir algunos hombres que no han rebasado los 40 años y que se sienten vigorosos, especialmente en el terreno sexual. Sin embargo, es la ignorancia la que habla y cuenta cuentos.

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Sólo escuchar la palabra cáncer y aún más, de próstata, le pone los pelos de punta a más de uno, sobre todo cuando se cree que la virilidad, orgullo de muchos, podría irse junto con el tumor ocasionado por este mal. “Uno de los mitos que corre es que este cáncer aparece por tener demasiada actividad sexual, pero es mentira. Tener muchas o pocas relaciones no predispone a la persona a padecer este mal”, asegura Guillermo Manifacio Rodríguez, médico del Centro de Urología Integral del Hospital Ángeles del Pedregal, una de las eminencias mexicanas más respetadas en esta especialidad.

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Y así como los mitos no desaparecen hasta que no se cuenta con un argumento real, tampoco desaparece el peligro de padecer este cáncer que ataca en silencio y sin dar señal de vida alguna. “El problema es que no hay síntomas durante la primera etapa de desarrollo del cáncer y, en consecuencia, si no hay revisiones constantes llegará el momento en que el paciente que padezca esta enfermedad no se dé cuenta de que ya está en una etapa terminal”, agrega el también catedrático de la UNAM.

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La próstata es un órgano masculino localizado debajo de la vejiga y que envuelve totalmente a la uretra. Es una glándula que pasados los 35 años empieza a crecer y por lo tanto a originar problemas, como dificultar el paso de la orina. A veces esto no se manifiesta sino hasta los 50 años de edad o después y, según estadísticas, entre 80 y 90% de los octogenarios ya tienen problemas prostáticos (no necesariamente de cáncer).

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Pero este tema, incómodo entre el “gremio machista”, tiene su lado “amable”, si se le puede llamar así: el cáncer de próstata es curable si se detecta a tiempo y, si no, de cualquier manera ya existen tratamientos diversos que contraatacan el mal para evitar su carácter terminal. Aún más, quien lo padece no debe temer que el sexo termine siendo un capítulo pasado de su vida, algo para recordarse con nostalgia. Según Manifacio Rodríguez, “un individuo con este cáncer, si se le trata de manera adecuada, puede preservar su función sexual. Quizá ya no pueda tener hijos, en algunos casos existen ciertas disfunciones, pero una vez que está bajo control la enfermedad, se puede seguir gozando del placer del sexo, con las limitaciones de cada caso”. Perder la próstata no implica algún impedimento intelectual ni laboral. Fidel Velázquez ya la perdió y sigue, mal que bien, al pie del cañón.

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Y aunque estadísticamente el porcentaje de vulnerabilidad a padecer este cáncer aumenta a partir de los 60 años, la edad recomendada para hacerse examinar es a partir de los 35 años. Existen dos formas de detectar el mal. La primera es a través de un examen llamado antígeno prostático específico que, como explica el entrevistado, se logra por medio de una prueba de sangre. La segunda prueba consiste en el tacto dígito-rectal por medio del cual el médico determina si la próstata está o no inflamada o presenta alguna deformación.

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Dependiendo de la etapa en que se encuentre desarrollado el cáncer, existen diversos tratamientos. El menos drástico es a través de medicamentos aplicados por vía oral; otro se logra por aplicación de radiaciones en la zona afectada o, finalmente, cuando el mal ha logrado invadir órganos vitales se recurre a la cirugía.

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Si de repente un hombre comienza a tener dificultades al orinar, tiene sangrado por las vías urinarias, siente dolor o inflamación (lo cual no quiere decir que se haya convertido en una víctima más del cáncer de próstata) deberá considerar acudir al urólogo; existe otro tipo de enfermedades genitales menos drásticas pero que de cualquier forma no deben pasarse de largo.

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Habrá que recordar que este cáncer no es hereditario y tampoco muy agresivo. Difícilmente ocasiona la muerte a quien lo padece y, aunque no se puede prevenir, sí es posible detener su avance una vez detectado. Por cierto, algunos estudios demuestran que este cáncer ataca más a los hombres de raza negra; le siguen los de raza blanca, luego los mestizos (entre ellos los mexicanos) y, finalmente, los orientales.

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