Competitividad: transición pendiente

¿Era tan difícil asociar el rezago de productividad con las deficiencias estructurales? ¿Cuánto

Evidencias de la falta de competitividad del país hay de sobra. Lo que no está a la vista es quién tiene la capacidad para comenzar a resolver el problema: se requiere mucho más que recriminaciones entre empresarios y funcionarios. Tampoco bastan los diagnósticos aparentemente novedosos que siempre concluyen en el mismo lugar: la insólita insinuación de que los salarios deben bajar, con el fin de hacer al país más atractivo, a costa de suprimir el merca do interno –que pese a todo mantiene un relativo dinamismo–.

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El otro camino sí que es largo y complicado, pero es el único que no condena al país a las discusiones eternas. Tal como se señala en el Acuerdo de competitividad dado a conocer por el secretario de Economía, ésta tiene que ver con la disponibilidad de energéticos, carreteras, puertos, ferrocarriles y aeropuertos eficientes; con educación y capacitación para el trabajo; garantías de estabilidad económica y seguridad; aplicación de la ley en todos sus capítulos (penal, mercantil, laboral, etcétera) y planeación ejecutiva de largo plazo. Así ha sido en todas partes y en todas las épocas.

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¿A quien corresponde esa labor? A tantos como beneficie un ambiente competitivo. No es una postura demagógica. Sí lo es continuar instalados en la lógica del reclamo. Los hechos demandan que el poder ejecutivo asuma su papel y encabece la otra transición: hacia la formulación de propuestas y su ejecución; que los integrantes del Congreso basen la competencia política en la aportación de soluciones y no en la oposición sistemática; y que los empresarios acepten el reto de la modernización. ¿O no es claro que también en el ámbito privado algo ya cambió para siempre? Empresas y empresarios de larga tradición han sido desplazados de sus negocios por firmas foráneas, más dotadas para aprovechar el alto potencial del país en las actuales condiciones. Cada vez se agregan más casos.

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Hoy toca el turno a Pepsi Gemex, la compañía del sexagenario Enrique Molina Sobrino. Su venta a Pepsi Botling Group (PGB) no responde a un ciego afán expansivo de la PepsiCo, sino a la razonable táctica de crearse las mejores condiciones para el futuro, con o sin embotelladoras propias (ellos no tienen una Coca-Cola FEMSA en su equipo). No es improbable que PGB  tome en sus manos a otras firmas refresqueras mexicanas.

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Se dirá que muchas corporaciones extranjeras han huido por la falta de competitividad del país. Pero se debe tomar en cuenta que las maquiladoras se habrían ido de cualquier forma, como lo harán algún día de Centroamérica, cuando otro lugar les ofrezca la mejor combinación de alta demanda y mínimos costos.

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–Los editores

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