Consecuencias de los acuerdos. ¿A dónd

El analista ofrece una visión sobre las luces y las sombras de la política de apertura mexicana y
Enrique Quintana

Corría el año de 1993. En el octavo piso de la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial, en la colonia Condesa de la Ciudad de México, un grupo de opositores al Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN) polemizaba con funcionarios de la dependencia.

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En ese año se estimaba que las exportaciones totales llegaran a la histórica cifra de $50,000 millones de dólares y se decía que iba a ser muy difícil remontarla. En cambio, se temía que las importaciones provenientes del otro lado de la frontera inundaran México y generan un gran déficit.

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Curiosamente, en Estados Unidos, grupos de industriales cuya ideología representaba Ross Perot, así como una coalición de sindicatos y ecologistas argumentaban exactamente lo contrario. Temían que las exportaciones baratas y de mala calidad provenientes de México destruyeran el tejido industrial de Estados Unidos y provocaran una severa crisis.

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La historia fue muy diferente.
Pero tampoco fue la novela rosa que pintaban entonces los promotores del TLCAN.

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Durante el año previo a su aprobación, el volumen del comercio entre México y Estados Unidos fue de poco más de $115,000 millones de dólares y representaba 28% del producto interno bruto (PIB) para nuestro país. En 1999, fue de casi $280,000 millones de dólares o 58% del PIB.

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Pero además, el déficit comercial en 1993 fue de $13,500 millones de dólares mientras que el año pasado apenas superó los $5,000 millones.

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Este cambio es probablemente la transformación más radical que haya experimentado la economía mexicana desde la industrialización de la posguerra y se debió en buena medida tanto al efecto del TLCAN como a los procesos que desató en el mundo industrial mexicano.

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Hace siete años, las posiciones más radicales demandaban regresar al proteccionismo selectivo como una vía legítima para el crecimiento económico. Hoy, los más radicales –por cierto cada vez menos– demandan sólo una revisión de los términos del TLCAN, y eso para permitir el ingreso de mano de obra mexicana a Estados Unidos.

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El lado luminoso de esta estrategia de suscripción de tratados comerciales es el enorme éxito de algunas industrias.

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El paradigma más exitoso es el de la industria automotriz. Las exportaciones de unidades terminadas se multiplicaron por más de tres veces entre 1993 y 1999, mientras que las de autopartes lo hicieron por más de dos. De conjunto, la industria automotriz se convirtió en el principal sector exportador de México.

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La industria textil es otro de los grupos altamente exitosos pues sus ventas al exterior crecieron en casi cuatro veces en un plazo de seis años.

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La industria electrónica también puede contar una historia de logros. Las exportaciones de maquinaria para el procesamiento de la información no llegaban a $1,000 millones de dólares en 1993. El año pasado superaron los $6,000 millones.

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El éxito del TLCAN en lo referido al impulso exportador que desató, derivó en una medida importante de la llegada de inversiones extranjeras que establecieron en México segmentos específicos de un proceso productivo multinacional o que especializaron a sus filiales mexicanas en ciertos productos.

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La Organización Mundial de Comercio (OMC) reportó hace poco que entre las economías medianas y grandes en el mundo entero, la de México fue la de mayor éxito exportador a lo largo de la década pasada. Su crecimiento anual medio de 14.4% se compara ventajosamente con un 5.4% del crecimiento mundial de las exportaciones para el mismo lapso. Apenas algunas economías con volúmenes de exportación mucho más bajos como El Salvador, Filipinas y Bangla Desh, tuvieron tasas medias de incremento superiores a las de nuestro país.

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Debido al éxito del TLCAN se elaboró una estrategia que se orientó a buscar otros tratados semejantes en regiones que ofrecieran oportunidades comerciales para nuestro país. El resultado fue la suscripción de otros ocho tratados de libre comercio. Se amplió el acuerdo económico suscrito con Chile en 1992. En 1995, se suscribió el acuerdo con Colombia y Venezuela. En 1995 también entraron en vigor acuerdos con Bolivia y Costa Rica. En 1998 el turno fue para Nicaragua. Ya en el 2000, se suscribieron los tratados con Israel, con los integrantes de la Unión Europea y con el Triángulo del Norte (Honduras, El Salvador y Guatemala). Además, se negocia con otros países de América Latina.

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Sin embargo, la proporción de las exportaciones mexicanas vendidas a Estados Unidos pasó de 84 a 88% en el lapso de vigencia del TLCAN, lo que muestra el efecto dominante sobre el resto de los acuerdos. Después del tratado con Norteamérica, el único verdaderamente relevante es el que se suscribió con la Unión Europea y que comenzará a operar en julio de este año.

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México se convertirá en una de los dos naciones con más tratados de libre comercio en el mundo entero, junto con Israel. Y además, en el único país del hemisferio occidental que tiene suscritos tratados de libre comercio con Norteamérica y con Europa.

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Sin embargo, esta estrategia tiene también su lado oscuro.

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La falta de capacidad para diseñar una política industrial eficaz en estos años, ha impedido que el crecimiento exportador se haya podido difundir a la economía doméstica de modo generalizado. El grueso de las materias primas e insumos en general que son utilizados por las industrias exportadoras proviene del exterior.

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Las importaciones de bienes intermedios alcanzaron el año pasado $109,000 millones de dólares, frente a $122,000 millones de las exportaciones de manufacturas.

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El crecimiento de las exportaciones netas ha sido mucho más pequeño que el de las totales por no haberse desarrollado proveedores domésticos que incrementen el porcentaje de insumos nacionales incorporados a las exportaciones de manufacturas.

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El rechazo al uso de instrumentos fiscales y crediticios suficientemente agresivos que seleccionen a sectores eficientes e integren a la industria mexicana con los grandes exportadores, es el lado oscuro de esta historia de éxito exportador y se puede convertir en una oportunidad histórica irrepetible que se nos fue.

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Además, parece muy complicado suscribir acuerdos con los países de Asia que previsiblemente tendrán una presencia cada vez mayor en los del hemisferio occidental.

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Será cada vez más difícil negociar nuevos acuerdos de libre comercio que sean claramente ventajosos para México. Por ejemplo, en Japón hay interés por obtener un acuerdo de protección de inversiones pero no parecen dispuestos a abrir sus fronteras. Por otro lado, la entrada de China a la OMC podría tener algunas desventajas para industrias mexicanas como la textil y la de juguetes.

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Los retos de los próximos años ya no estarán propiamente en la negociación de nuevos tratados. Más bien, en lograr que el efecto positivo en las exportaciones de los que ya están en vigencia o de los que están por operar, se puedan transmitir al conjunto de nuestro sector productivo y que no se quede en un segmento pequeño de empresas y regiones.

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