Conspiraciones y narrativa

El chiste de las buenas novelas no es que sean ficción, sino que son mentiras seductoras, que subyu
Ricardo Medina Macías

Dice un amigo inglés que los latinos, y especialmente los mexicanos, tenemos una indeclinable vocación a ver conspiraciones detrás de cada arbusto o debajo de cada gabardina. Mi amigo atribuye esta peculiaridad a la afición por las largas sobremesas.

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Podría tener razón. Que en promedio los mexicanos somos afectos a imaginar conspiraciones enrevesadas, lo somos. Y que el ambiente propicio para elaborar hipótesis escabrosas es una larga sobremesa con puros y generosas efusiones de licor, también es cierto.

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Lo que nos falla, parece, es la técnica narrativa. Como leemos poco y lo poco que leemos suele ser bastante malo (digamos la biografía de la señora Sahagún, de autor anónimo de acuerdo a entrevistas de la señora Bermúdez) las conspiraciones que imaginamos resultan chafas.

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Tan chafas que son inverosímiles. Francamente no puedo imaginar que un pobre oligofrénico sea el “autor intelectual” de una conspiración para matar a un destacado político o que un cómico de pacotilla sea cerebro del crimen organizado.

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Hay que leer buena literatura para imaginar conspiraciones creíbles. El chiste de las buenas novelas no es que sean ficción, sino que son mentiras seductoras, que subyugan la imaginación. Es lo que Mario Vargas Llosa llama “la verdad de las mentiras”.

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Una ficción, cualquiera la inventa. Cualquier político pueblerino miente con cara de palo y asegura que jamás habíamos estado mejor o que trabajará incansablemente por el bienestar de sus conciudadanos, que en cien días terminará con la inseguridad urbana, o que es falso que su hijo adorado obtuvo, sin concurso, la concesión para surtir las despensas que el gobierno hace llegar a los pobrecitos pobres.

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Pero una buena ficción, una ficción creíble, un cuento que nos estremece, no lo inventa cualquiera. Un lector inteligente y sensible acaba fascinado, tal vez enamorado de Emma Bovary.

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Pero eso sólo lo logra un genio, como Flaubert. Nuestros fabricantes domésticos de conspiraciones y fábulas, en cambio, distan de la genialidad. Claro: las sobremesas, el coñac, el anís, el humo de los habanos les embota el entendimiento.

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Y, así, los inventores de conspiraciones detrás de cada arbusto no sólo son poco convincentes… Lo que es peor: nos acaban fastidiando el gusto. Son tan nocivos, para una sana imaginación, como lo es la comida chatarra para un organismo sano.

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Sería lamentable eliminar las sabrosas sobremesas, pero para evitar ficciones chafas, conspiraciones de cuarta, convendría fomentar las buenas lecturas.

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Tiene muchas ventajas leer a Flaubert, a Dickens, a Balzac, a Vargas Llosa, a Cervantes, a García Márquez. Por ejemplo, nuestros fabuladores domésticos (sabuesos de sobremesa abotagados) podrían aprender también que los gentilicios en plural (por ejemplo: mexicanos) ya incluyen ambos géneros –masculino y femenino– y por lo tanto es una tontería decir: “Mexicanas y mexicanos”. También podrían enterarse que el pretérito de algunos verbos (por ejemplo, dijiste) no se pronuncia con una letra “s” al final, aunque uno se proclame defensor de los pobres.

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Tal vez si nuestros fabricantes de conspiraciones leyeran mejor literatura conseguirían ganar un caso judicial y, así, no tendrían que seguir dándole el vuelo a la hilacha de las conspiraciones inverosímiles para justificar sus fracasos.

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Claro, a lo mejor lo hacen intencionalmente… y todo es parte de una tenebrosa conspiración para confundirnos. ¿Podría ser? 

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