Corea: <br>El colmillo del tigre

Corea del Sur es el tigre asiático con más colmillo, el más feroz. Su agresividad para hacerse un

“El secreto mejor guardado de Oriente”, o el “Reino Ermitaño”, como se le conoció a Corea hasta el siglo XIX, es un país que no cuenta con abundantes recursos naturales. Sin embargo, sus exportaciones —$123,241 millones de dólares— e importaciones —$127,990 millones de dólares—, el año pasado, lo ubican en el 10º lugar mundial en estos indicadores.

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El crecimiento que experimentó es explosivo. Hace 25 años sus exportaciones arañaban los $55 millones de dólares, y hace sólo 10 vendió al exterior $30,000 millones. Una pequeña lista de datos sorprendentes ayuda a trazar el perfil de este país que se quitó el polvo de una guerra, hace cuatro décadas, y se puso a trabajar sin pausa.

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Corea es tan pequeña como Oaxaca y la península está rodeada por 3,400 islas; 80% del territorio es montañoso, lo que no impide que sea autosuficiente en arroz y cebada, su principal consumo.

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Los ingresos per cápita han evolucionado de $82 dólares en 1960, a $2,000 dólares en 1985 y a $10,700 dólares en 1995, lo cual ha generado una poderosa clase media.

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La nación ha sufrido unas 900 invasiones a lo largo de su historia, por lo que se autoaisló hasta el siglo XIX (de ahí el mote de “reino ermitaño”). Todavía en 1945 era una colonia japonesa y después de la Segunda Guerra Mundial el país fue dividido, en una guerra cruenta que cobró cuatro millones de víctimas.

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Sus grandes empresas, como Samsung (cuyas ventas el año pasado fueron de $85,000 millones de dólares, con una planta total de 189,000 empleados), Hyundai (con ventas de $75,923 millones de dólares y 173,000 empleados), Lucky Goldstar (con ventas de $64,000 millones de dólares y 100,000 empleados) y Daewoo (con ventas de $57,051 millones de dólares y 100,000 empleados), son reconocidas en todo el mundo, pero tuvieron comienzos accidentados, casi a partir de la nada. En su libro -Corea, un país exótico , Eugenio López Arteaga narra: “Hyundai fue fundada por un albañil que, ahorrando poco a poco, puso un taller de reparación de autos y así fue creciendo. En 1977 ya vendía productos por $878 millones de dólares y en 1981 ya alcanzaba los $5,600...”

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Es destacable reconocer que Corea es la doceava economía del mundo y que el porcentaje de inversión industrial, en 1994, fue de 36.1%, sobrepasando a su archirrival Japón, que registró 31.1%. A pocos años de la próxima centuria, Corea del Sur quiere figurar en la primera fila, al lado de los países desarrollados, aprovechando el impulso de sus gigantescas empresas, y no sólo en el entorno asiático.

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Corea se ha impuesto como tarea a mediano plazo hacer a un lado la sombra del poderoso Japón y concertar una eventual y ventajosa unificación con Corea del Norte. En su agenda, además, tiene anotado organizar con Japón... el Mundial de Futbol para el año 2002. Hace apenas unas semanas la disputa por la sede significó una amarga controversia en la FIFA, y la aparente decisión salomónica de compartir la sede dejó inconformes a muchos aficionados, por no mencionar a los numerosos promotores y patrocinadores de ambos países.

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Senderos para iniciar el siglo XXI
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Corea debería tener a un representante del Libro de Records Guinness, de tiempo completo, para registrar sus espectaculares avances. Bajo la nueva administración civil, la primera después de una larga hilera de regímenes militares, la necesidad de reformar, liberalizar y desregular se convirtió en una meta urgente.

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A partir de 1993, la política económica del presidente Kim Young-Sam reorientó al país para saltar gradualmente de un modelo de desarrollo fincado en el liderazgo gubernamental, a otro centrado en las iniciativas del sector privado y en los resortes del libre mercado.

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La nueva administración ha introducido en breve lapso eficaces sistemas de transacciones financieras y de bienes raíces de enorme importancia, así como un paquete de estímulos cuya finalidad ha sido promover la inversión y apuntalar los esfuerzos para poner al día la competitividad industrial.

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Después de estabilizar los desequilibrios que se produjeron al comienzo de esta década —años subrayados por la inestabilidad macroeconómica, con alto crecimiento, alta inflación y déficit creciente de su balanza de pagos (en 1992 se descalabró el crecimiento de la economía: de 9% en el ejercicio anterior, bajó a 5%—, Corea ha conocido, uno tras otro, años de prosperidad.

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La inflación ha disminuido progresivamente (los precios al consumidor registraron 4.5%, contra 6.2% del año anterior) y las exportaciones han aumentado alrededor de 30%, para sumar $125,000 millones de dólares.

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Con el ojo en la mira
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Para este año, los coreanos esperan un crecimiento de alrededor de 7.5%, aunque temen que las proyecciones puedan registrar algún desbalance originado por la debilidad del yen y la probable caída de los precios de los semiconductores, uno de sus principales productos de exportación. El mercado se encuentra sobresaturado.

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La tendencia de la economía coreana, de acuerdo con un documento del Ministerio de Finanzas y Economía, será reducir la pronunciada curva de inflación a un nivel de 3%, en el corto plazo, para poder mantener entonadas tanto la política fiscal como la monetaria.

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En este mismo sentido, el gobierno buscará la manera de impulsar a las pequeñas y medianas empresas y procurarles asistencia, ya que muchas enfrentan serias dificultades, a nivel estructural, debido a los incrementos de sueldo y a la fuerte marejada de la competencia, tanto en los mercados domésticos como en los externos.

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Otra política importante seguirá siendo el cuidado y mejoramiento de la calidad de vida, donde las prioridades son reducir la contaminación del aire y del agua y solucionar el problema de su extenuante sistema de tráfico. El embajador mexicano, Cecilio Garza cuenta que en ese país, sobre todo en Seúl, la capital, “los atorones de tránsito pueden prolongarse hasta ¡48 horas!”

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El gobierno coreano, en su afán por colocarse a la par de las potencias globales, ha dado un brinco para unirse a la OCDE y jugar un rol activo en la participación de sistemas multilaterales, como en las negociaciones de la Ronda Uruguay, donde destacó su afán de impulsar el libre comercio y promover la liberalización de las inversiones.

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¿Sólo candil de la calle...?
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Los coreanos, en casa, quieren promover la flexibilidad. En la era de la información y las telecomunicaciones, como ellos recomiendan, es aconsejable aceitar los reflejos y mantenerse alerta ante los cambios.

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Sin embargo, por ahora les preocupa la suerte de las pequeñas y medianas empresas, a las que por su número no quieren abandonar, aunque, paradójicamente, icen la bandera de la competencia a ultranza.

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Un problema afín para los gobernantes será, entonces, mantener los límites de la competencia justa. Con la finalidad de impedir los oligopolios (como se ha visto, el desarrollo instantáneo de Corea, en menos de 30 años, sólo puede explicarse por la rápida concentración del poder económico en manos de unos cuantos grupos de empresas), el gobierno deberá formular una política que no pierda el rumbo de la -desregulación y la libre empresa y que, a la vez, fomente la transparencia y la vigilancia en la actividad de las grandes corporaciones.

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Como en todo el mundo, las políticas de liberalización no han sido populares, pero los resultados de su implantación —mucho mejores que lo esperado— y las evidencias de su espectacular crecimiento, están cimbrando a los opositores. Así, los esfuerzos por la globalización cuentan ahora con un mayor apoyo, lo cual hace concluir a los optimistas que los pasos dados o por darse, aunque dolorosos, serán irreversibles.

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Y en el nuevo orden global del mundo, los coreanos del sur ya no miran tan lejos un acercamiento con su vecino comunista, Corea del Norte, con quien han tenido algunos graves conflictos fronterizos y también esperanzadores acercamientos (de haber ganado la sede completa del mundial de fútbol hubieran compartido con ellos los juegos de un estadio en Pyongyang, la capital).

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De acuerdo con la Oficina de Política de Unificación del Ministerio de Unificación Nacional, el presidente Kim Young-Sam ha propuesto una fórmula para alcanzar la unificación mediante la -Korean National Community Unification Formula que implica, ciertamente, algunas condiciones basadas en valores universales como “la libertad, el respeto a la dignidad humana y el derecho a disfrutar la prosperidad”. Para los coreanos del sur será indispensable que esa unificación se sustente en tres principios inalienables: independencia, paz y democracia.

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Como respuesta a los recientes encontronazos, también se ha buscado reanimar los tratados de armisticio y seguridad, o bien remplazarlos por otros que ofrezcan una garantía de paz; tratados, por cierto, que establezcan un nuevo marco internacional para sentar en la misma mesa a negociadores de las dos Coreas, de Estados Unidos y de China Popular.

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Las dificultades, empero, son obesas. Aunque la meta última de Corea del Sur sea ir construyendo gradualmente una sola nación con un solo gobierno y un solo sistema con Corea del Norte, las condiciones actuales recomiendan, idealmente, un arreglo intermedio: una confederación con dos gobiernos y dos sistemas.

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Corea del Norte sufre por ahora una seria crisis de gobierno, según el documento emitido por la Oficina de Unificación. Este expone que con el fin de mantener la estabilidad interna, “el gobierno militarista de Corea del Norte ha creado un frente de política hostil con su vecino”. El hijo de Kim Il Sung, Kim Jung-Il, se ha identificado con la figura de su padre y ha intensificado entre los suyos una campaña para idolatrarlo. El nuevo líder se describe a sí mismo como filósofo, escritor y estratega.

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Los indicadores económicos de Corea del Norte, empero, no son muy alentadores. El marcador de crecimiento señaló un -4.5%, y con los recortes de energía y combustible apenas alcanza para surtir a 30% de la capacidad instalada. El derrumbe del bloque soviético eliminó de un tajo el comercio con ese país. Y los chinos, por su parte, exigen el pago de cuantiosas deudas en el momento en que el comercio norcoreano ha menguado de $5,300 millones de dólares, en 1988, a $2,100 millones, en 1994. Las ineficiencias del sistema centralizado están dejando ver los harapos en el tendedero y esto es algo que los coreanos del sur ven con esperanza.

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