Crescencio Ballesteros Ibarra

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Jaime Santiago

Sí, ya se sabe, el apellido Ballesteros está eternamente ligado a Mexicana de Aviación: ese fue el negocio que les dio más -glamour. Sin embargo, al igual que la aerolínea, esta familia ha tenido sus accidentes en el mundo de los negocios. Llegaron muy alto, pero actualmente parecen volar por instrumentos.

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La maniobra que llevó a la fama a don Crescencio data de 1967, cuando voló a Nueva York para convencer a los dueños de Pan Am de que le vendieran su parte de Mexicana de Aviación, en lugar de mandarla a la quiebra. Cinco días de “rollo” le bastaron, con lo cual pudo llevar a la empresa a su primera época de oro, cuando todos sus aviones llegaban a tiempo, todas sus sobrecargos eran bonitas y... bueno, la comida de avión no cambia.

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La que no existe hoy en día es Pan Am, que sólo dejó como huella el edificio que lleva su nombre en Manhattan. Sin embargo, Ballesteros tuvo que malvender Mexicana al gobierno en 1982 y contemplar cómo ésta iba siendo destruida lentamente por la “eficiencia” del sector público. De entonces para acá ha -tratado de usar su puesto como consejero honorario en la aerolínea para sacarla adelante, a pesar de sus directores-burócratas... o de Gerardo de Prevoisin.

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Y es que las malas rachas están llegándole tarde en la vida a don Crescencio Ballesteros, originario de -Guadalajara, Jalisco, pero ya muy achilangado con los años. Su primer negocio fue Constructora Ballesteros, en 1941. El entonces joven ingeniero (nació en 1914) había tenido que hacerse cargo de su familia tras la muerte de su padre y de su hermano mayor. Afortunadamente, ya contaba por entonces con una buena experiencia en la construcción, como topógrafo y gerente de obras en el sector -público.

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Al parecer no le fue tan mal en su propio negocio, porque para cuando rescató a Mexicana, su fortuna empezaba a expandirse. En 1975 fusionó a sus varias constructoras en Grupo Mexicano de Desarrollo (GMD) y en 1985 adquirió la mayoría en Synkro, la controladora de Cannon Mills, firma que domina más de 50% del mercado de medias en México. En sus ratos libres se hizo accionista en otras muchas empresas, como Desc y Kimberly Clark.

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Al finalizar los 80, don Crescencio fue soltándole cada vez más las riendas a sus hijos José Luis y Jorge Ballesteros Franco. Todo parecía señalar que su obra estaba terminada y que podría dedicarse con confianza a sus actividades como Rotario, en la Asociación para la Prevención de la Ceguera o en el Consejo de la Universidad Iberoamericana, institución que había contribuido a formar desde 1944. Pero los vaivenes macroeconómicos y uno que otro error de juicio dictaron lo contrario: en 1992 Synkro sufrió pérdidas que achacó a la caída del poder adquisitivo. Sin embargo, más de uno levantó las cejas cuando, en 1993, la empresa sí tuvo dinero para comprarse Kayser Roth, la segunda fabricante de medias en Estados Unidos, por $174 millones de dólares.

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Nadie hubiera protestado por tal expansión, de no llegar el error de diciembre de 1994, que puso en severos aprietos a Synkro, endeudada con unos $300 millones de dólares y a punto de la suspensión de pagos. La renegociación de la empresa forzó a los Ballesteros a “desinvertir”; es decir, vender algunos de sus negocios, como Prolar.

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Pero los peores problemas llegaron con GMD que, como las demás constructoras, se dejó llevar por la -febril expansión de infraestructura durante el salinismo. El símbolo del fracaso en el programa de carreteras concesionadas fue nada menos que su más -importante obra: la Cuernavaca-Acapulco. Este experimento millonario acabó en un precio exorbitante por viaje, una crisis de deuda en los bancos que la financiaron y un retraso de años en la recaudación de utilidades para GMD.

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Por si fuera poco, la administración entrante, empezando por la Contaduría Mayor de Hacienda, optó por cuestionar la honestidad en muchos de los tratos que la empresa tuvo con el ex secretario de -Comunicaciones, Andrés Caso Lombardo. Se habló de una reducción extraña en la oferta de inversión final de la -Cuernavaca-Acapulco y de la ampliación de tramos y de años para recuperar la inversión, sin haberse estipulado en ningún contrato.

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Nada prosperó al respecto, pero estas son las cosas que le pasan a sus 82 años a este amigo de tantos presidentes, tantas veces premiado por su mérito -empresarial.

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