Crisis de identidad... ¿a los 70 años?

Desde su nacimiento forjó su carácter en la confrontación con el poder público; sin embargo, aho
Guadalupe Ramos y Roberto Morán

¿Puede haber organizaciones independientes en un país donde el gobierno concentra una gran cuota de poder? Esta es la cuestión que la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex) ha intentado responder a lo largo de sus 70 años de existencia, que se cumplen este septiembre.

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Nacida para contrarrestar las propuestas de reglamento a la ley laboral hechas por las autoridades en 1929, la Coparmex presenta a la independencia como su más valioso activo. “Es la organización que sin aspavientos dice las cosas como son, pelea, defiende y promueve sus puntos de vista, sin alinearse a los actores políticos”, apunta en un documento interno José Luis Coindreau, presidente de este sindicato patronal en el periodo 1980-1982.

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Sin embargo, la política existe dentro del gremio patronal. En declaraciones recientes, José María Basagoiti, líder de Coparmex en el bienio siguiente al de Coindreau y protagonista de algunos de los mayores enfrentamientos entre los organismos empresariales y el gobierno, se quejó de que hay demasiado corporativismo en México. El resultado es que los empresarios pierden de ese modo la oportunidad de contribuir a crear un ambiente favorable al Estado de derecho.

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¿Se puede luchar contra el corporativismo? Coparmex ha dado muestras de fortaleza en sus numerosos enfrentamientos con el Estado. Su fundación misma surge de una convocatoria dirigida a un grupo de empresarios, especialmente regiomontanos, para defender una opinión distinta a la oficial acerca del contenido de la Ley Federal del Trabajo, que reglamentaría el artículo 123 de la Constitución. Años después se presentó otro momento de tensión, cuando la confederación se opuso a las 14 tesis de gobierno del entonces presidente Lázaro Cárdenas, entre las que se incluía la rectoría del Estado en la economía, relata Carlos Arriola, ex secretario de El Colegio de México y especialista en organizaciones empresariales.

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No es casual tal capacidad para encabezar  esa clase de disidencia en tiempos en que el poder presidencial era poco menos que absoluto. “A diferencia de otras organizaciones empresariales, la Coparmex es el resultado de una asociación voluntaria de clase”, explica Carlos Alba Vega, investigador de El Colegio de México. “Los empresarios sienten que ahí sí están representados verdaderamente sus intereses, mientras que en las demás cámaras hubo cierta injerencia del Estado, que muchos llamaron corporativista.”

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Durante el gobierno de Adolfo López Mateos, cuando el mandatario lanzó el programa de los libros de texto gratuito, la Coparmex aglutinó a la oposición en contra de un proyecto que consideraban marxista –a pesar de que tenían enfrente a Jaime Torres Bodet, quien había llegado al país para ocuparse de la Secretaría de Educación, después de desempeñarse en un puesto muy respetado como es la dirección de la UNESCO, explica Arriola–. Pero el periodo de los grandes conflictos llegó algunos años más tarde, toda vez que la confederación encabezó la oposición empresarial a las políticas del presidente Luis Echeverría Álvarez y, más tarde, a la nacionalización bancaria, decretada  por su sucesor, José López Portillo.

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Carácter combativo
También ha habido periodos de relativa cordialidad en las relaciones con el Estado, en los que no ocurrieron enfrentamientos con el ejecutivo, y donde, por cierto, la Coparmex pasa a segundo plano. Así sucedió durantes los tres decenios posteriores a 1940 y durante los gobiernos de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari.

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“Siempre ha tenido actitudes reactivas –no quiero decir reaccionarias, porque eso tiene otra connotación–, (pero) no ha sido tan propositiva como otras organizaciones empresariales”, opina Arriola.

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¿Sucede así ahora? No es suficiente un monosílabo para responder a esta interrogante. Algunos ex presidentes de Coparmex coinciden con Alba en que el organismo pudo haber perdido protagonismo cuando nació el Consejo Coordinador Empresarial (CCE), en 1975. “La pregunta que me surge es por qué Coparmex, siendo tan independiente y poderosa, acepta entrar al CCE, en lugar de convertirse en la instancia puntera que aglutine a los empresarios”, se cuestiona el investigador del Colegio de México.

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Hoy nadie parece poner en duda que el peso de la Coparmex es menor que el de otros organismos empresariales, como lo son el propio CCE o las confederaciones  de Cámaras Industriales (CONCAMIN) y de Comercio (CONCANACO), afirma a su vez Arriola.

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Un factor que podría explicar su  relativa debilidad es la pérdida del sentido de lucha de algunas de sus banderas. “Coparmex ya no tiene que oponerse al estatismo, al socialismo de Estado que había antes, ya no luchamos ideológicamente contra el marxismo de antaño. Ahora el gobierno ha asumido muchas de nuestras tesis y las aplica de manera interesada, en la forma en que le conviene al sistema político. Entonces hay un trabajo más delicado”, reconoce Carlos Abascal, presidente del organismo en los años de la crisis financiera de 1995 a 1997. “Ya no es un trabajo de confrontación, sino de trabajar juntos.”

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Las primeras críticas por haber perdido su carácter combativo las recibió Antonio Sánchez Díaz de Rivera: “Mis antecesores habían tenido que defenderse de los ataques hacia la Coparmex por algunos miembros del gobierno, o a veces tenían que enfrentar la indiferencia. En la primera etapa de mi presidencia, la dificultad era otra. La sensación (en los momentos de auge del gobierno de Salinas) era que todo iba bien; llegó el momento en que algunos se preguntaron: si la Coparmex lucha por la libre empresa y en este sexenio se acepta plenamente, entonces ¿qué tiene que hacer? Ahí tuvimos que volver a los orígenes: desde sus inicios, la Coparmex se presentó como un organismo armonizador de las relaciones entre obreros y empresarios”.

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Se había cerrado un ciclo. Una vez rebasados los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo, que fueron de franco enfrentamiento en las relaciones con la confederación, y de Miguel de la Madrid, marcado por el distanciamiento, a los presidentes de Coparmex les ha tocado buscar el equilibrio en su independencia frente a un gobierno que parece abanderar  los mismos postulados. La reconciliación empezó en 1987, con el primer pacto económico. “Bajamos de su estatus en el Olimpo a los secretarios de Estado”, asegura Jorge Ocejo, dirigente de la agrupación empresarial de 1988 a 1991. “Antes, el gobierno decidía solo; (después) aunque seguía conservando gran peso, se logró que las decisiones se tomaran con más consenso”.

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A Ocejo le tocó vivir la transición, lo mismo que a sus predecesores Alfredo Sandoval (1984–86) y a Bernardo Ardavín (1986–88); la Coparmex tuvo en esos años un papel importante, no sólo en materia económica, sino en cuestiones políticas, coinciden Ocejo y Ardavín. “Teníamos un monopolio en el congreso, que se acaba de romper en la pasada legislatura; hasta hace muy poco los gobernadores eran de un solo color. La Coparmex ha contribuido con sus propuestas a la evolución hacia una sociedad más abierta, más democrática y participativa”, sostiene Ardavín. “A nosotros nos tocó en el proceso electoral de 1988 hacer una gran campaña de participación ciudadana; convocamos a que las personas fueran a votar”, complementa Ocejo.

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Para Héctor Larios, Antonio Sánchez Díaz de Rivera, Carlos Abascal y Gerardo Aranda, presidentes  consecutivos de la Coparmex de 1991 a la 1999, hasta llegada del actual dirigente, en marzo de este año los retos han sido de otra naturaleza. Los dos primeros representaron al sector privado en parte de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y sus acuerdos paralelos.

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Por su parte, Abascal encabezó una negociación considerada histórica con la Confederación de Trabajadores de México (CTM) para buscar una nueva cultura laboral, algo así como una salida diplomática ante el estancamiento de cualquier propuesta de reforma a la Ley Federal del Trabajo. “Tengo que decir que don Fidel (Velázquez, el histórico líder de la CTM) tuvo la flexibilidad que muchos jóvenes no tienen para entender la necesidad del cambio radical, para arrastrar a su central, y después al Congreso del Trabajo, a este esfuerzo. Tuvo la capacidad de confiar en un interlocutor empresarial”, recuerda.

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Durante su gestión, Gerardo Aranda insistió en la necesidad de profundizar la reforma fiscal. Del actual presidente todavía se espera una definición; sus declaraciones aún no dejan ver un programa general.

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De acuerdo con todos los ex presidentes posteriores a 1990, en adelante las luchas de la Coparmex tendrán que concentrarse en reformas estructurales que mejoren la forma como se recaudan impuestos en México, que permitan un aumento en la productividad y competitividad de los trabajadores (lo que incluiría cambios en el sistema educativo y en las relaciones obrero-patronales) y hagan posible un crecimiento constante del poder adquisitivo y de la capacidad de ahorro e inversión en la economía mexicana.

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“Hay una frase que dice que origen es destino”, dice Arriola. “El origen de la Coparmex es de sindicato patronal, y su objetivo es defender los intereses empresariales.” Pero hay un problema: “Hemos puesto soluciones parciales, temporales, curitas sexenales para resolver problemas estructurales –advierte Abascal–. La Coparmex está segura de que hay que hacer una transformación profunda en lo político, social, económico, ético y cultural para hacer viable a este país.”

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Héctor Larios, a su vez, expone su idea de que la Coparmex tiene un papel aún más trascendente. “Cada nuevo gobierno trata de reinventar este país y eso no es posible –reconviene–. Necesitamos seguir adelante y perseverar sobre los proyectos, para seguir el modelo de país que pueda integrar a la población que vive en la pobreza.” La Coparmex, reconoce, debería ponerse a trabajar en un “plan estratégico de largo plazo”, a fin de que no importando quién sea el que llegue al gobierno, se apegue a una misma estrategia de desarrollo y se eviten de ese modo las crisis recurrentes.

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¿Qué tan largo ha de ser ese plazo? ¿Para llegar a dónde?, siguen siendo preguntas en busca de respuesta. ¿Es 70 años una buena edad para reflexionar?

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