Cuando decir vacas flacas no es metáfor

Entre coyotaje, importaciones, sequías y altas tasas de interés la ganadería mexicana se encamina
Juan Danell Sánchez

La ganadería en México tiene pequeñas fortalezas y grandes debilidades. Sus orígenes se remontan a la época de la Colonia y, sin embargo, es tan endeble como un recién nacido. En toda su historia su cadena productiva no se ha podido integrar con la comercialización.

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Los ganaderos (cerca de 1.4 millones) viven inmersos en la crisis más aguda de que se tenga memoria en México, y no son competitivos ni en el mercado doméstico ni en el internacional. Presas fáciles del coyotaje –como se denomina en el sector agropecuario al fenómeno del intermediarismo no formal–, son, además, altamente susceptibles a las importaciones de carne, que en poco menos de 10 años conquistó 30% del mercado interno, lo que constituye alrededor de 360,000 toneladas por año. La ganadería representa una derrama económica de $4,600 millones de dólares anuales y participa con 1.2% del producto interno bruto (PIB).

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Los productores pecuarios responsabilizan al gobierno de la situación que viven, porque éste les retiró la mayor parte de los subsidios, les impuso políticas financieras restrictivas que exacerbaron  su precaria economía, y les dio privilegios arancelarios a los importadores de carne.

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Por si fuera poco, lamentan, los cambios climáticos que están ocurriendo en el planeta han terminado por darles la puntilla, pues durante los últimos cinco años las zonas ganaderas por excelencia han resentido las sequías más prolongadas y severas que se recuerden. Afirman que la escasez de agua, por un  lado, y el encarecimiento del crédito, por el otro, acabaron con 30% del hato nacional, una pérdida que se traduce en poco más de 7.2 millones de reses. De un hato de 24 millones de animales, se calcula que sólo quedan 18  millones, y el número de ranchos que han quebrado es tan grande que resulta difícil de cuantificar.

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De hecho, no existe un inventario confiable de las existencias ganaderas. O, mejor dicho, las estadísticas al respecto son muy discordantes. El Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), por ejemplo, asegura que son 24 millones de cabezas; la Confederación Nacional Ganadera (cng) contabiliza 20 millones, mientras que la Secretaría de Agricultura Ganadería y Desarrollo Rural (SAGAR) registra 28 millones.

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Para los ganaderos la heterogeneidad de las cifras es un síntoma de la anarquía que reina en el sector y no constituye invitación alguna a la inversión. Con el agua al cuello, agobiados por deudas, rezagos tecnológicos y desastres naturales, con un mercado fracturado que están lejos de dominar, resienten que el mexicano sea uno de los pocos gobiernos del orbe que han dejado desprotegidos a sus productores agropecuarios, pero admiten que es muy poco lo que han hecho para actualizar su negocio al ritmo que impone el desarrollo mundial.

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En México la ganadería es un sector de contrastes. De un lado, la ganadería  extensiva o tradicional; del otro, la intensiva o moderna; asimismo, la producción está dividida en dos grandes rubros: la cría de becerros para engorda, destinada fundamentalmente a la exportación (Estados Unidos es su mercado), y la engorda y matanza de reses para carne, orientada al mercado nacional, pero cuya comercialización –limitada a tres grandes centros de consumo: la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey– es un verdadero embudo.

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La ganadería extensiva aporta 80% de los 4.5 millones de animales que entran al mercado nacional cada año y se caracteriza por producir un promedio de un millón de becerros (considerados en esa cifra) que se  exportan y son engordados con tecnología de punta en los establos estadounidenses.

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Una característica importante de los ganaderos que operan bajo el esquema de la producción extensiva es la ausencia entre ellos de cultura empresarial. Sus estructuras organizaciones y sus conceptos de explotación no han variado mucho de aquellos del siglo pasado. Invirtiendo sólo en lo más indispensable y sometidos con mayor facilidad a los designios de la naturaleza, son mucho más vulnerables a los cambios de clima que con tanta fuerza ha golpeado sus economías.

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En este tipo de ganadería, se necesitan cuatro años –desde que nace el animal hasta que alcanza los 450 kilos de peso requeridos para su venta– para llevar una res al mercado, lo que, aparte de alargar el tiempo de retorno de la inversión, merma la calidad del producto, pues cuanto mayor es la res, menos jugosa y más dura será la carne.

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Lo que ocurre con la mayoría de estos ganaderos es que prácticamente todo lo que obtienen por la venta de sus animales se concibe como ganancia, lo que sin duda limita las posibilidades de reinversión.

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En el otro extremo, la ganadería intensiva sustenta su desarrollo en grandes inversiones destinadas a la aplicación de tecnología de punta en los procesos productivos. Tales tecnologías reducen en más de 50% el tiempo de engorda de los animales y elevan sustancialmente la calidad de la carne, pues desde que nacen hasta que llegan al mercado final pasan menos de dos años; lo ideal son 18 meses.

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El pilar de este sistema es la engorda de becerros en establos o estabulación. Se caracteriza por la concentración del hato en corrales construidos sobre superficies relativamente pequeñas y donde los animales se desarrollan con  base en alimentos concentrados que aceleran su crecimiento y engorda.

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Los estabuladores compran becerros de entre 150 y 200 kilos de peso, menores de un año de edad, y que serán alimentados durante cuatro a seis meses hasta alcanzar los 450 kilos de peso mínimo obligatorio para ser sacrificados.

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De acuerdo con una investigación de Fideicomisos Instituidos en Relación con la Agricultura (FIRA), la relación costo/utilidad es mayor, en términos absolutos, en la ganadería extensiva que en la estabulada. En la primera el promedio, por animal, es de 28%, mientras que en la segunda es de 10%. Visto así, pareciera que no es negocio engordar ganado en establos. Sin embargo, se debe tomar en cuenta el tiempo que toma en uno y otro sistema lograr que la res alcance las condiciones óptimas para llegar al mercado. Mientras los ganaderos tradicionales tienen que esperar cuatro años a partir del nacimiento del animal para poderlo vender, los modernos pueden realizan hasta ocho ventas en ese tiempo, por lo que al disminuir el periodo de retorno se incrementa la utilidad global, toda vez que el capital se reproduce a mayor velocidad y la tasa final de ganancia crece en esa proporción.

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Rutas de la producción
Aunque la ganadería se practica literalmente en todo el país, fira distingue cuatro regiones productoras en la geografía nacional, bien definidas por el tipo de ganadería que en ellas se practica, el clima que tienen y las razas de bovinos que se explotan.

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La primera de ellas es el trópico húmedo (TH), integrado por Veracruz, Chiapas, Tabasco, Campeche, Quintana Roo y Yucatán. Esta zona representa 35% del hato ganadero del país, si bien los tres primeros estados concentran 30% del  total nacional y 87% del que puebla la región. De todos, Veracruz es el que se lleva la partida con el mayor número de reses. En esta zona predomina la ganadería extensiva.

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La segunda región es el trópico seco (TS), integrada por Colima, Guerrero, Michoacán, Nayarit, Oaxaca, San Luis Potosí, Sinaloa y Tamaulipas. Cuenta con 28% de la existencia ganadera nacional y en ella Sinaloa se distingue por el impulso de la ganadería estabulada de los últimos años.

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Le siguen la zona árida y semiárida (ZAS), con 20% del hato nacional, está conformada por los estados de Baja California, Baja California Sur, Durango, Zacatecas, Sonora, Chihuahua, Coahuila y Nuevo León. No obstante ser la región de mayor avance tecnológico en el país, con Sonora como principal productor, aún prevalecen limitantes productivas determinadas por la baja calidad de la alimentación de los animales, lo cual repercute en el estancamiento de la rentabilidad y en su nivel competitivo. De un tiempo a la fecha, la zona ha registrado una caída media anual de 4% en sus existencias, debido a las recurrentes sequías. Sin embargo,  todavía se distingue por producir la mayor parte de los becerros que se destinan a la exportación.

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Por último, la zona templada (ZT), donde se incluyen Jalisco, Aguascalientes, Guanajuato, Querétaro, Hidalgo, Morelos, Puebla, Tlaxcala, México y el propio Distrito Federal, cuenta con 16% del hato del país. Jalisco destaca por ser el más importante productor de carne del país, con un promedio anual de 190,000 toneladas.

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La concentración del mercado de carne es campo fértil para el intermediarismo. En la Ciudad de México se comercializa 70% de la producción, aunque sólo se consume 40%. El resto se distribuye a los estados vecinos.

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La estructura de comercialización está integrada por 915 empresas mayoristas y cerca de 50,000 carnicerías que venden directamente al consumidor. Las 981 tiendas de autoservicio, afiliadas a la Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales (ANTAD), que forman parte de esta geografía mercantil y son las principales importadoras de carne, constituyen –en esa misma medida– un factor clave en la frágil salud de este sector.

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Gustavo Torres Flores, presidente de la Confederación Nacional Ganadera (CNG), admite que los productores “sólo nos hemos dedicado a producir y mejorar los ranchos, pero dejamos suelta la comercialización. Por ello, el intermediarismo nos pega muy duro. Un intermediario gana más (concretando una operación comercial) con un telefonazo que un ganadero en cuatro años de engorda de una res”.

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Los intermediarios, describe, “jinetean la lana por lo menos 15 días y en ocasiones no les pagan a los productores. Lo peor del caso es que no existe una legislación que proteja al ganadero en esta relación. Y no existe por los grandes intereses políticos que están metidos en esta rama productiva”.

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Tal es la debilidad más grande de la ganadería, afirma. “Hay países –ejemplifica–, como Estados Unidos, donde si el comprador no paga en 48 horas, va a parar a la cárcel.” Según él, este problema es tan grave en México por la falta de créditos para la comercialización. En cambio –prosigue mirando al “otro lado”– en el país vecino del norte funciona un organismo que financia la comercialización de productos agropecuarios, entre otros: el CCC (Commodity Credit Corporation).

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Vacío financiero
En el medio se admite, empero, que así como entre los ganaderos ha imperado la abulia, la actitud del gobierno en el terreno financiero hacia el sector pecuario no ha sido muy diferente. Durante años los ganaderos disfrutaron tasas de interés de 12%, y sobre esa base construyeron algunas de sus principales fortalezas, toda vez que eso les permitía planear a mediano y largo plazos; pero cuando los réditos se elevaron y el mercado de dinero cayó en la total anarquía (desde mediados del gobierno de Miguel de la Madrid), prácticamente todos los productores se vieron lanzados al precipicio.

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Chihuahua es el ejemplo más lamentable de la crisis ganadera. De un hato superior a dos millones de cabezas hace siete años, en la actualidad está reducido a 800,000. Los ganaderos de esa entidad enfrentan uno de los problemas más nocivos de fin de siglo: una cartera vencida de $2,300 millones de pesos.

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Otrora potente exportador de becerros y carne de excelente calidad, hoy su producción es insuficiente incluso para abastecer la demanda local, por lo que tiene que importar alrededor de 15% de su consumo de carne de res.

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Torres resume la situación nacional en tres palabras: “No hay ganancia”. Dice que los ganaderos viven de la esperanza de que “esto se componga”, porque no hay empresa que pueda pagar las actuales tasas de interés, que llegan a ser mayores de 40%. Reconoce que “hace falta capacitar mucha gente para que podamos controlar el mercado directamente. Carecemos de experiencia”. Advierte en el “espíritu individualista” de los ganaderos uno de los mayores obstáculos para abatir el intermediarismo, en la medida en que frena su capacidad de organización.

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Opina, en cambio, que la engorda de novillos en establos ya está siendo un buen negocio, gracias tanto al abaratamiento de los granos como a los cambios que están ocurriendo en los gustos del consumidor. Rápidamente se está sustituyendo en el mercado el corte español por el americano. Sin embargo, la demanda nacional de carne tiende a la baja,  impulsada por la pérdida del poder de compra de los salarios. “Las crisis recurrentes –sentencia el líder ganadero–  tienen muy golpeada a la clase media, que es la mayor consumidora de carne, y eso disminuye el consumo de este alimento”.

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Oasis ganadero
Algunos empresarios pecuarios han encontrado en la ganadería intensiva una alternativa para mantenerse y crecer en su negocio. Datos de la Asociación Mexicana de Engordadores de Ganado Bovino (AMEG) señalan que a esta actividad se dedican alrededor de 350 empresarios, con un promedio de entre 500 y 25,000 reses por empresa. Están asentados principalmente en la región árida y semiárida, y en menor proporción en las zonas del trópico húmedo y seco.

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Grupo viz es, aseguran las fuentes, la empresa más importante en la producción de carne de engorda. Efraín Reséndiz Patiño, su director de finanzas, explica como en 30 años se posicionaron del mercado. Creada en 1969 como una comercializadora de carne, al paso del tiempo la firma se convirtió en productora, pero no nacía de cero: su experiencia en el mercado  le permitió, sin duda, crecer rápida y constantemente. Hoy posee tres plantas en Sinaloa, Baja California y Nuevo León y engorda más de 240,000 reses al año, esto es, cerca de 35% del total que se produce en el país con este sistema.

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Reséndiz afirma que el éxito de viz se debe a su capacidad para adecuarse al mercado, gracias a lo cual dominan ya 6% del mercado nacional de carne de res. “Al integrar las cadenas productiva y comercial –indica–, se logra un equilibrio en la relación costo-precio que permite que el valor final del producto sea más accesible para el consumidor, sin sacrificar calidad.”

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Comenta que cada día el consumidor es más exigente y que eso es bueno porque obliga a mejorar la calidad de la carne en el mercado, pero hace falta que el gobierno regule la comercialización a fin de evitar prácticas desleales propiciadas por la importación de carne de mala calidad y barata.

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Además de los 1,300 rastros municipales que existen en el país, se cuenta con una avanzada infraestructura para el sacrificio de ganado, con tecnología de punta que eleva la calidad de la carne por el manejo y control higiénico que se da a la res. Sin embargo, sólo 69% de esas instalaciones se utilizan.

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De 55 rastros denominados Tipo Inspección Federal (TIF), sólo 38 están en operación y de éstos ninguno trabaja al total de su capacidad. La capacidad instalada para el sacrificio y procesamiento de la carne en cortes finos y por piezas en las plantas TIF es de 3.3 millones de reses por año, pero en promedio se sacrifican apenas 1.3 millones.

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Según las fuentes, el burocratismo y la inmadurez empresarial de los productores pecuarios se hayan en la raíz de este desaprovechamiento, mismo que refleja algunas de las grandes contradicciones del sector pecuario. Por un lado, observan, los ganaderos se quejan de la falta de apoyos y del rezago en el que está sumergida la ganadería, pero por el otro, no aprovechan los avances tecnológicos que les permitirían ganar posiciones en el mercado nacional e internacional. Esta actividad es una madeja llena de nudos, unos ciegos y otros gordianos.

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