Cuando llega un burócrata

¿Qué pasa cuando un funcionario público se une a las filas corporativas? Un desastre.
Javier Martínez Staines *

El perico donde sea es verde. Quizá el autor de esta frase fue inspirado por la llegada de un empleado público a su empresa privada. Estos personajes, de carrera interrumpida en el gobierno federal, tan fanáticos del sex-appeal del poder, suelen desembarcar en las compañías cargados de usos y costumbres ajenas al pragmático estilo corporativo.

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Todos sabemos que los mexicanos somos demasiado proclives a guardar las formas y a comunicarnos a través de un código de señalización sui generis. Esto se acentúa notablemente en el ejército de los burócratas de medianos y altos vuelos, quienes suelen ser más mcluhianos que el propio McLuhan: el medio es siempre el mensaje. De ese modo, la única garantía de ser vistos como conquistadores exclusivos del éxito (y el poder) se da a través de un impecable traje oscuro, un celular que no cesa de timbrar, un chofer solícito, un ejército de reporteros montoneros en las calles y, por supuesto, dos o tres guardias de seguridad con Nextel.

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Sin embargo, como esta mezcla puede ser relativamente fácil de alcanzar, el sello de distinción viene con el caminar por los pasillos de una secretaría, con el deleite de ser acosado y perseguido por decenas de burocratillas que buscan transmitir un mensaje o conseguir una firma. Ahí está el secreto gozo del poder.

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Cuando son víctimas del ocaso de un sexenio (y ahora por culpa de la democracia ya no tienen asegurado que su partido-agencia de colocaciones los ubique en el siguiente), no tienen otra opción que escuchar la propuesta privada para llegar con su lista de contactos a alguna dirección corporativa. Ahí comienza el desastre.

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De repente, la frustración aparece súbita cuando al licenciado ya no le llaman “licenciado”. Es un cubetazo de agua helada que continúa al momento en que se cerciora de que los choferes son un clan desconocido en la firma. Sigue mientras pasa por los cubículos de los empleados y éstos, lejos de perseguirlo por los pasillos, ni siquiera levantan la mirada, porque allí la gente sí trabaja.

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El celular deja de sonar con el ímpetu anterior. Al salir a la calle, ya no hay más reporteros con grabadoras esperando la declaración del día. Para acentuar aún más la nostalgia, en este nuevo sitio los presupuestos están elaborados con el fin de obtener resultados financieros y no de ser gastados hasta su última gota sin necesidad de dar explicaciones incómodas por doquier. Lo único que prevalece, caray, es el traje, con la salvedad de que ya no exige ser oscuro.

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Nada más triste, pues, que un burócrata desempleado. Si en la iniciativa privada fuésemos más empáticos, antes de reclutar a un funcionario habría que tener preparado un kit de sobrevivencia que alivie un poco el radical cambio de hábitat: sobredosis de Prozac para mitigar la inevitable pérdida de privilegios; un elegante retrato enmarcado del presidente de la compañía (para sustituir al de la República); un diccionario de términos que utilizamos los simples mortales; una taza con la frase “el fin último de una empresa es generar utilidades”, que sirva como recordatorio constante; un manual que explique a detalle lo que significa “consejo de administración”; y, fundamental, la asesoría de un contador porque ahora sí tendrá que pagar impuestos.

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Evidentemente, también habría que preparar un plan de contingencia para los empleados que lidiarán con el nuevo personaje, con el fin de que desarrollen su habilidad de ser pacientes, muy pacientes. Si por ahí quedan algunos seres caritativos, por favor reciban al nuevo integrante con un “buenos días, licenciado”. No tienen idea de cuán benéfico será para su autoestima.

* El autor es director editorial de Grupo Expansión y le tiene fobia a los títulos nobiliarios por su rancia connotación burocrática. Comentarios: jstaines@expansion.com.mx.

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