Cuentas privadas, vicios públicos

La vulnerabilidad de la Banca privada abre una puerta para el crimen financiero internacional. El ca
Jorge Luis Sierra

La ayuda que prestaron funcionarios de Citibank en Nueva York para organizar todos los esquemas bancarios que sirvieron a Raúl Salinas de Gortari para ocultar el presunto origen ilícito de su fortuna, reavivó el debate sobre los servicios privados de la banca estadounidense (o private banking) y su debilidad ante el crimen financiero internacional.

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Grandes y pequeñas instituciones financieras de todo el mundo, incluido México, han privilegiado los servicios de banca privada en una competencia feroz para atraer la inversión de clientes adinerados. En sentido estricto, la banca privada atiende a inversionistas con más de $500,000 dólares que exigen alta rentabilidad y confidencialidad. Con frecuencia, los funcionarios de la banca privada hacen pocas preguntas sobre el origen de esos fondos y garantizan la confidencialidad a través de cuentas concentradoras, compañías de membrete, utilización de seudónimos, paraísos fiscales, inversiones offshore, así como enormes y complejas redes de sucursales y bancos corresponsales.

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“La banca privada es la de mayor crecimiento en todo el mundo y es la que presenta la mayor vulnerabilidad ante el lavado de dinero”, dice en entrevista Carlos Intriago, ex juez federal y uno de los especialistas en crímenes financieros más reconocidos en Estados Unidos, además de editor de la publicación especializada Money Laundering Alert. “Sin embargo, la ultraderecha y algunos de los bancos más poderosos en este país se oponen a las regulaciones que trata de imponer el gobierno estadounidense.”

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En efecto, a principios de marzo de 1999, vencía el plazo para que la comunidad bancaria estadounidense diera su opinión sobre la intención de la Reserva Federal de expedir una ley denominada “Conozca a su cliente”, que obligaría a más de 3,500 bancos de Estados Unidos y extranjeros a determinar la identidad de sus clientes y el origen de sus fortunas.

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Los banqueros enviaron ya más de 15,000 cartas a la Reserva Federal oponiéndose a la medida. La Asociación de Banqueros estadounidenses repudió la propuesta y destacó “el peligro de que el público pierda la confianza en la industria bancaria”, según la edición del 31 de enero del diario The Miami Herald. “¿Cómo va usted a confiar en su banquero, si su banquero se ha convertido en un soplón del gobierno?”, declaró Manuel Fernández, presidente del Security Bank en Florida.

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Desde 1996, principalmente a partir del caso Raúl Salinas–Citibank, el Departamento de Estado de la Unión Americana insiste en que la banca privada es una de las cuatro áreas del sistema financiero internacional de más alto riesgo, además de los bancos corresponsales, la banca offshore y las transferencias electrónicas de dinero.

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Fortunas de origen dudoso como la de Raúl Salinas pueden permanecer fácilmente ocultas durante largos años en un sistema bancario sin fronteras geográficas ni temporales. Basta que un cliente tenga un mínimo de $500,000 dólares para invertir y que unos operadores de la banca privada omitan preguntas molestas sobre el origen y destino de esos recursos para que se abra la puerta al “dinero sucio” del crimen organizado. Y esto parece ser asunto de todos los días.

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Laberinto financiero
De los 58 grandes bancos que pertenecen a la Asociación de Seguridad Bancaria Internacional, que agrupa a las instituciones financieras más grandes del mundo, 27 tienen oficinas y sucursales en 146 países, y 19 poseen o controlan acciones de otras 144 instituciones bancarias. A pesar de que ya existe desde 1996 un acuerdo de la Conferencia Internacional de Supervisores Bancarios para mejorar el control de las operaciones offshore, fuera de las fronteras nacionales no hay ninguna entidad o gobierno que se haga responsable de regular y uniformar las prácticas que previenen el lavado de dinero entre todas esas naciones y territorios, ni parece existir todavía ninguna corporación o autoridad que sea capaz de monitorear el flujo de dinero en ese universo bancario.

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Según informes de la ONU difundidos en la Cumbre Mundial contra las Drogas en junio de 1998, cada día cerca de 700,000 transferencias electrónicas cruzan de un lado a otro el espacio bancario internacional y mueven alrededor de $2 billones de dólares durante la jornada. De este flujo global, se estima que cerca de 0.05% o más podría ser “dinero sucio del narcotráfico”; es decir, alrededor de $1,000 millones de dólares, lo que equivale a más de 10 veces el gasto diario mundial en asistencia al desarrollo.

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Los intentos para contener las operaciones de lavado de dinero se han debilitado también por la existencia de unos 40 paraísos fiscales en los que existe una débil –si no es que nula– legislación contra el crimen financiero. Un ejemplo característico está en las Islas Cayman, en el Caribe, donde 550 bancos controlan inversiones por cerca de $430,000 millones de dólares. Sólo 17 de esos bancos están sujetos a leyes contra el lavado de dinero.

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La ayuda del Citibank
Un reporte reciente de la Contraloría General del Congreso de Estados Unidos (GAO), que se difundió el pasado diciembre en Washington, causó conmoción entre la comunidad bancaria de Estados Unidos, pues demostró que el sistema private banking de Citibank ayudó a Raúl Salinas de Gortari a esconder el origen y propiedad de más de $100 millones de dólares depositados en cuentas de Suiza y el Reino Unido.

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El reporte de la GAO, llamado “Banca Privada: Raúl Salinas, Citibank y el Presunto Lavado de Dinero” se realizó a petición del legislador demócrata John Glenn, miembro del Subcomité Permanente de Investigaciones del Senado de Estados Unidos, quien solicitó conocer cómo el hermano del ex presidente Carlos Salinas fue capaz de transferir entre $60 y $100 millones de dólares a través de bancos estadounidenses, qué papel había jugado Citibank y si este banco había incurrido en procedimientos ilegales.

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La GAO encontró que Citibank proveyó a Raúl Salinas de todos los esquemas posibles para ocultar el origen de su fortuna y violó sus propios reglamentos, al omitir el perfil financiero del “hermano incómodo” antes de aceptar la apertura de cuentas.

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Según la investigación de la GAO, la historia comenzó en mayo de 1992, cuando el entonces secretario de Agricultura y Ganadería, Carlos Hank González, uno de los clientes mexicanos más antiguos y prominentes del private banking en Citibank, presentó a Raúl Salinas ante Amy Elliot, vicepresidenta de la división mexicana de ese banco en Nueva York. El propósito era entregarle a Raúl Salinas el mismo tipo de servicios que al entonces secretario de Agricultura. El nombre de Elliot ha sido vinculado con casos anteriores de lavado de dinero, pues uno de sus ex subordinados en Citibank, Antonio Giraldi, fue juzgado culpable de lavar $30 millones de dólares propiedad de Juan García Abrego, ex cabeza del Cártel del Golfo.

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Citibank aceptó de inmediato a Salinas sin investigar sus antecedentes y perfil financieros, indispensables para conocer al cliente, el origen de su dinero y, sobre todo, prevenir la intención de lavado de dinero procedente de operaciones ilícitas. Para fines de mayo, Raúl Salinas ya estaba convertido en otro cliente prominente del exclusivo sistema del Citibank. Se desarrollaba entonces la mitad del sexenio de Carlos Salinas y nadie imaginaba que, tres años después, Raúl sería arrestado por la justicia mexicana, acusado de ser el autor intelectual de la muerte de José Francisco Ruiz Massieu.

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El primer paso fue crear una cuenta en el Citibank de Nueva York a nombre del mismo Raúl Salinas. Por medio del Cititrust en las Islas Caimán, el banco activó una compañía fachada, Trocca, para depositar los bienes de Salinas. Cititrust tenía entonces una serie de compañías fachada sin activar, en espera de que algún cliente del Citibank las necesitara.

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Para profundizar el ocultamiento del origen y dueños de ese dinero, la institución creó otras tres empresas fachada para que funcionaran como copropietarias de Trocca. Las compañías fueron Madeline Investment, Donat Investment y Hitchcock Investment. El principal accionista y directivo de Trocca fue otra compañía formada por Cititrust llamada Tyler. Más adelante, el banco Confidas, subsidiario de Citibank en Suiza, se hizo cargo de la administración de todas las cuentas de Trocca.

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Para Europa, no había ninguna posibilidad de enterarse de quién era realmente el propietario de los fondos millonarios de Trocca, esa compañía perdida entre la multitud de bancos e inversionistas del mundo que buscan la rigurosa protección del secreto bancario que existe en las Islas Caimán. Citibank abrió entonces dos cuentas de inversión de Trocca en Europa, una en Citibank Londres y la otra en Citibank Zurich.

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Patricia Paulina Castañón Ríos tuvo un papel relevante en este esquema de ocultación, afirma la GAO. Su función principal fue la de operar las cuentas de Raúl y agilizar las transferencias de dinero. Según los funcionarios del Citibank en Nueva York que rindieron declaración ante los investigadores del Congreso, Raúl Salinas les pidió que aceptaran la intervención de su hoy esposa debido a que él no deseaba que se supiera que estaba extrayendo grandes cantidades de dinero fuera de México, ya que eso podía ser políticamente dañino para su hermano, el entonces presidente.

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Citibank aceptó que Paulina Castañón manejara las cuentas bajo el nombre de Patricia Ríos, el primero de sus nombres y el último de sus apellidos. Los investigadores estadounidenses descubrieron que Castañón retiró fondos de cuentas bajo nombres ficticios de al menos cinco bancos mexicanos: Bancomer, Somex, Banca Cremi, Banorte y Banco Mexicano. Los fondos fueron depositados en cheques pagaderos al Citibank en la Ciudad de México. Inmediatamente, esos fondos, convertidos a dólares, fueron transferidos electrónicamente a Nueva York. Las transferencias a veces eran firmadas por Tyler, Patricia Ríos o simplemente por PS (Paulina Salinas), a pesar de que en ese momento Paulina Castañón aún no estaba casada con Raúl Salinas.

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Meses más tarde, el 13 de octubre de 1992, Raúl hizo otras dos transferencias importantes a Nueva York. Una, proveniente de Bancomer, quedó registrada a su nombre en la cuenta de inversión de Citibank Nueva York y la otra, en una cuenta concentradora, confundida entre cientos de inversiones de otros bancos y clientes. Las transferencias posteriores fueron a dar a la cuenta concentradora de Nueva York y de ahí a las cuentas de inversión de Londres y Zurich. Un depósito de $20 millones de dólares a la cuenta de Trocca fue hecho desde las Islas Caimán con el nombre de Carlos Peralta, el presidente de Grupo Iusa. Este dinero, sin embargo, siguió el mismo procedimiento: primero fue enviado a la cuenta concentradora de Nueva York y después a las cuentas de Trocca en Europa.

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Cuentas públicas
Para entonces, la ruta del dinero había quedado oculta en un conjunto de transacciones laberínticas en el que jamás aparecía el nombre de Raúl Salinas sino el de Tyler, o los de Patricia Ríos, PS o Ms. Ríos. El esquema que había servido con tanto éxito desde 1992 sufrió un vuelco inesperado en febrero de 1995, con la sorpresiva detención de Raúl Salinas en la Ciudad de México. Y los errores se dejaron venir uno tras otro.

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Preocupados por la aprehensión de Salinas y la posible intervención de las agencias estadounidenses contra el lavado de dinero, los funcionarios del Citibank se aprestaron a elaborar el perfil financiero de Salinas. Sin embargo, omitieron toda referencia a la existencia de Trocca y su conexión con el prominente cliente mexicano, ahora en prisión.

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El nerviosismo, el apresuramiento, todo operó en contra de la familia Salinas. Amy Elliot, el principal enlace de Raúl con el Citibank en Nueva York, se entrevistó con Paulina Castañón y le recomendó retirar de Suiza todos los fondos que estuvieran relacionados con Trocca, la compañía fantasma de las Islas Caimán. Pero la policía suiza ya había tendido una discreta aunque efectiva red para detener a cualquiera que intentara retirar fondos de las cuentas de Salinas. La policía suiza detuvo a Paulina Castañón en noviembre de 1995. El esquema Citibank estaba roto.

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