De &#34guardia&#34

A veces la oficina es un destino ... vacacional.

A riesgo de pecar de exagerado, siento la obligación de confesarles que no hay nada mejor que quedarse en la oficina cuando todos salen de vacaciones. Este hecho me parece tan evidente que ni siquiera valdría la pena justificarlo. Creo que existe suficiente consenso en ello y capacidad de inclusión para que todos los grupos queden representados. Los muy ordenados seguramente deben agradecer el tiempo y la tranquilidad para poner en orden sus cosas, mientras que (en el otro extremo) los más perezosos llevan hasta sus últimas consecuencias aquello de “hacer como que trabajan”, mientras fingen que reciben un sueldo digno.

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Sin embargo, trataré de enumerar algunas de las ventajas de venir al trabajo justo cuando los demás “disfrutan” (es un decir) de sus vacaciones.

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Voy al grano: guardadas las proporciones, es casi el equivalente a quedarse en la Ciudad de México durante la Semana Santa, y para el caso la observación vale también para la semana que va de Navidad al Año Nuevo. Así como durante esos benditos días no hay tráfico en las calles y no nos vemos obligados a hacer cola para entrar al cine o a un restaurante, durante las vacaciones de Navidad los elevadores del edificio que alberga nuestras oficinas siempre van vacíos y el tiempo de espera en el lobby se reduce; hay además cualquier cantidad de espacios desocupados en el estacionamiento, lo que hace de la cotidiana costumbre de estacionar el auto una aventura para los indecisos; los teléfonos rara vez suenan y cualquiera puede gastar toda la mañana ejercitando sus habilidades informáticas (léase: “navegando por internet”), sin temor a que la silenciosa mirada del jefe los descubra, asomándose mustia por encima del hombro.

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Luego hay otras ventajas intangibles, como la calma de los pasillos y las oficinas (que recuerdan la misma calma de las ya inexistentes playas vírgenes) pedirle al conmutador que dirija mis llamadas a la extensión en la oficina del jefe y, así,  despachar mis asuntos gozando de una espectacular vista del Valle de México, especialmente nítida por la casi ausencia de contaminación (pero con fumarolas del Popo incluidas). Junto con la oficina del jefe hay que agregar la pequeña salita de juntas, con su cómodo sofá que permite una lectura relajada. Encima, como el privado del jefe incluye puerta, es posible disfrutar plácidamente de un cigarrillo y poner entre piadosos paréntesis aquella regla que prohibe fumar dentro de las oficinas.

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¿Quieren más elementos para la felicidad? Voy a proceder en sentido contrario y les pintaré el panorama de la típica vacación decembrina, que a veces más me parece una peregrinación de penitentes. Las torturas comienzan apenas llegamos a ese desorden llamado aeropuerto y justo en el mostrador ya somos sujetos a las vejaciones del tumulto que huye despavorido de la ciudad (sólo para llevar consigo cada una de las maldiciones urbanas). Pero olvidemos las colas para obtener el ansiado pase de abordar, olvidemos la eterna espera, la humillación del mínimo espacio para sentarse en el avión y las lindas vecinitas de cinco y siete años que patean y gritan durante todo el vuelo. ¿Sus papis? Bien, gracias.

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Al llegar al hotel (tres estrellas, con tarifa de cinco), ¿qué nos espera? Más colas, por supuesto, además del empleado que acaba de recibir el reconocimiento universal de ser el más lento e ineficiente del sector. En el baño no hay toallas limpias, los del room service tardan más en llegar que una postal por correo ordinario, todas las noches los vecinos escuchan la televisión a un volumen digno de concierto de rock y la piscina y la playa están llenas, repletas, atestadas, colmadas de infantes. Apenas voy en el primer día y faltan diez largas jornadas para que llegue el fin de año y podamos regresar a nuestro hogar.

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Por eso, no lo pienso dos veces y prefiero quedarme “de guardia” durante las vacaciones. Aunque, claro, luego está el riesgo de que nunca hay tiempo para salirse varios días de la oficina, porque el resto del año es imposible dejar el trabajo. Alguna desventaja debía tener. 

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