De color canela

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¿A quién no le gusta lucir un tono dorado todo el año y conservar la apariencia rozagante que dan unas largas vacaciones? Lamentablemente, en estos tiempos en que la capa de ozono es cada vez más delgada y los rayos solares la atraviesan directamente, tomar el sol se ha convertido en un placer de alto riesgo. Por ello –y ante el aumento de los índices de cáncer de piel–, no sólo es aconsejable no asolearse en exceso, sino que ya se ha hecho imperiosa la necesidad de usar diariamente un filtro solar para prevenir daños irreversibles.

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Pero no todo es tan negro (¿o blanco?) para los amantes del sol. Hoy en día, es posible echar mano de la tecnología para poder lucir una piel dorada sin peligro. Sólo basta con acudir a una sala de bronceado –cada vez más numerosas, a pesar de la opinión de algunos dermatólogos– y tenderse tranquilamente en una suerte de cápsula espacial. Estos aparatos –conocidos como camas bronceadoras– emiten rayos ultravioleta (UVA) con una intensidad de sólo 5% de la luz del sol, de manera que pigmentan la piel sin los efectos dañinos de la radiación natural.

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Para que las sesiones, que pueden durar de 15 a 20 minutos, den el resultado esperado, es necesario utilizar ciertos productos formulados especialmente para acelerar el bronceado, al tiempo que protegen e hidratan la piel. Swedish beauty, California Tan y Australian Gold –las marcas más recomendables– están hechas a base de ingredientes naturales y vienen en aceite, crema y gel.

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Alcanzar el sueño dorado requiere aproximadamente 10 sesiones –cuyo precio va de $80 a $90 pesos cada una–, aunque este número puede variar de una persona a otra. Lo ideal es tomarlas seguidas hasta alcanzar el tono deseado. Luego, una o dos por semana bastarán para seguir presumiendo un color envidiable.

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