De ejecutivo a funcionario

¿Por qué directivos y empresarios se lanzan a las altas esferas burocráticas? El sueldo, o el bon
María Josefa Cañal

A partir del primero de diciembre México entrará en una etapa sui generis: un empresario convertido en político toma posesión como presidente del país. Junto con él, un grupo de personas con tradición eminentemente empresarial o docente, directivos y académicos de instituciones privadas podrían derivar en burócratas de primer nivel. Al mismo tiempo, los funcionarios, que a través de los sexenios se habían labrado una carrera bajo los gobiernos priístas, buscarán trabajo en la iniciativa privada o, incluso, como ya lo hicieron algunos anteriormente, se volverán empresarios.

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En este último caso se encuentra José Antonio González Fernández, actual secretario de Salud, quien hace unas semanas anunciara su retiro de la política. “Sí (los priístas) perdimos, perdimos y ni hablar. Me voy porque, aunque me lo pidieran  –lo cual no ha ocurrido–, decido no trabajar para un partido al que no pertenezco, al igual que tampoco trabajaría para una trasnacional. Aún no he tenido tiempo para platicar a fondo sobre algunas ofertas que me hicieron, pero tengo la ilusión de crear un despacho de servicios profesionales con mis hijos o quizá asociarme con un grupo de abogados ya establecido.”

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Si bien el cambio de funcionario a integrante de las filas privadas no está desprovisto de dificultades, la opinión del secretario González es que lleva tiempo, años quizá, conocer la cultura política del país. “Aprender a tocar los botones no es fácil; uno se va dando golpes, por eso es necesario ser autocrítico, reconocer los errores, no desmayar, tener el know how y establecer buenas relaciones con las personas. Sin lugar a dudas, en el sector público cuenta la sensibilidad, el acercamiento con la gente. Además, se requiere mucho aguante, una piel dura, y saber sobrellevar la relación con los medios masivos, que es compleja.” En su libro Trazos. Política y administración pública: el nuevo tiempo, González pretende dejar constancia de su paso en distintas áreas del servicio público y contar experiencias que puedan servir a otros para no cometer los mismos errores que él.

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Por otro lado, Francisco Gil Díaz, ex funcionario del Banco de México y de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), quien se integró hace cuatro años a la iniciativa privada para fungir como director general de Avantel, considera que la cultura burocrática sale sobrando cuando la persona reclutada tiene apoyo político, del cual se deriva una enorme fuerza para llevar a cabo su labor. “No soy un experto conocedor o un hábil maniobrista de los intríngulis burocráticos, pero tener apoyo de arriba me facilitó moverme en la política.” ¿Qué necesitó el director de Avantel para entrar en el gobierno? “Tener un amigo que me llamara a colaborar con él –admite–, cuenta mucho la relación personal; (por eso) la contratación de funcionarios de alto nivel, con excepción del sector financiero público, es algo anárquico, desorganizado. Esto, y la costumbre de cambiar a todo el mundo son prácticas nocivas porque se pierde la memoria institucional. La persona de más confianza, el amigo leal que le cuidará las espaldas al funcionario, no es necesariamente la persona más apta para el puesto.”

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En los últimos dos o tres sexenios, es posible hallar servidores públicos académicamente muy preparados, con maestría y doctorado, los cuales a menudo son tachados de demasiado teóricos. Son, dentro de la tipología burocrática, los famosos “tecnócratas”, raza a la que Gil admite pertenecer. “Sí, soy uno de los más despreciables seres humanos que existen en el planeta: los tecnócratas, que pese a la imagen propalada de ellos, con frecuencia demuestran tener capacidad para enfrentar retos prácticos. Entre estos se cuenta gente muy calificada que, cuando tiene que desempeñar un trabajo en el área productiva de la economía, lo hace muy bien, como es el caso de Pedro Aspe. Pienso que muchos de los ‘tecnócratas’ (los que aún están en el gobierno) podrán colocarse en la iniciativa privada. Así deben ser las cosas, la gente no tiene porqué eternizarse en un puesto de por vida.”

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En opinión de Hugo Alduenda, socio de la firma de reclutamiento ejecutivo Intergamma, el perfil necesario para desempeñarse como funcionario público o alto ejecutivo es muy parecido: tienen que ser bilingües, en algunos casos biculturales, con mucha experiencia y responder rápidamente a situaciones de cambio, a lo cual suelen no estar acostumbrados los directivos en otros países. Los candidatos a ocupar un cargo público tienen en contra el no estar habituados a la planeación extrema. Un secretario debe poseer esa habilidad pero en grado superlativo, además de conocer perfectamente su área, ser un magnífico administrador de recursos humanos y materiales y tener gran capacidad de negociación –condición ineludible con un Congreso plural como el que tendrá el país–.

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Salarios misteriosos

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Tradicionalmente hablar de los salarios de los funcionarios ha sido un tema tabú y delicado, a diferencia de lo que ocurre en otros países donde la cifra se publica y se discute en el Congreso, debido a que la transparencia en el rubro sueldos es obligada.

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Para agregar misterio a los pagos en cuestión, en México existen partidas especiales (o secretas) destinadas a que el propio Presidente de la República las reparta entre sus colaboradores, mismas que no se registraban en el ingreso total del funcionario a fin de que éste no pague los impuestos correspondientes. Hoy, por cierto, dichas partidas ya forman parte de la declaración patrimonial exigida a los servidores públicos. Para darse una idea de lo que llegó a significar tal partida, un oficial mayor confió a esta revista que algunos secretarios del gobierno salinista recibieron como gratificación cantidades que oscilaban entre $1 y $2 millones de pesos.

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En la actualidad vale la pena preguntarse, cuando se habla de ejecutivos que pasarán a ser servidores públicos durante el próximo gobierno (esos “mejores hombres y mujeres” a los que repetidamente se refirió Vicente Fox), cuál puede ser la motivación que los lleve a cambiar de ámbito laboral. No es la remuneración, dicen los entrevistados, porque, aunque no se puede comparar la complejidad e importancia del trabajo de un secretario de Estado con el de un director de empresa, paradójicamente las percepciones del primero son más bajas: en tanto un presidente o director de una compañía de alto rango puede ganar entre $2 y $4.5 millones de dólares al año –según revelan algunos cazatalentos consultados–, el salario de un secretario alcanza $2.65 millones de pesos en el mismo lapso.

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Es difícil establecer un parangón entre los dos sectores, anota Alduenda, pero sí existen técnicas de evaluación de puestos que podrían aplicarse para determinar las remuneraciones de los funcionarios entrantes. Hay que definir: nivel de responsabilidad, complejidad del trabajo, perfil que se requiere para desempeñarlo y ámbito e impacto de la toma de decisiones.

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Aunque considera que las percepciones en los niveles gubernamentales de director de área en adelante son suficientes para vivir en forma decorosa, González plantea que en el servicio público “hablamos de intereses nacionales, mientras que, en la iniciativa privada, las decisiones repercuten en el dueño y empleados de una empresa. Las magnitudes son distintas y en función de eso la carga de trabajo también lo es”. Eso sí, el secretario de Salud asegura que el leit motiv de alguien que quiere ser funcionario no es el dinero, “sino colaborar con gente honesta, inteligente y capaz, sabiendo que a través de ellos se trabaja para México”.

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Con 25 años de carrera política, el secretario dice constatar que, desde el punto de vista de las percepciones económicas, hay personas cercanas al altruismo: “He conocido mucha gente que, aun con un ingreso menor, trabaja en instituciones públicas. Por eso creo que los salarios deben incrementarse no de arriba hacia abajo, sino a partir de los trabajadores de base, en los que la gente gana poco, de ahí que las pensiones y jubilaciones también sean bajas.”

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Gil asegura, por su parte, que “en ningún gobierno se pagan cantidades comparables a las que se ofrecen en las empresas”. Recuerda que incluso en el Banco de México, que siempre se ha distinguido por remunerar bien y tener buenas prestaciones, los ingresos son menores a los ofrecidos por bancos privados. Eso sí, el hoy director de Avantel no se queja del salario que percibía cuando era subsecretario. “No me volví rico, pero mi familia vivió bien y pude darles una educación a mis hijos.”

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Varios reclutadores ejecutivos (los hoy famosos headhunters), como María Elena Juárez, de Amrop Internacional, coinciden en el sentido de que no es factible equiparar el sueldo de un secretario de Estado con el del director general de una empresa grande. Más bien, el pago del funcionario puede aproximarse al del director general de una compañía mediana o al director de negocio o de área de una gran corporación.

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Por ello, declara un subsecretario que pidió no ser identificado, “no encuentro motivaciones fuertes que lleven a un director general de una empresa privada a convertirse en servidor público”. Añade, sin embargo, que para los ejecutivos que están por debajo del director general, el gobierno resulta atractivo por el manejo de poder, la autoridad y la exposición pública, además de la vocación de servir al pueblo.

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En su opinión, la edad es otro factor importante: difícilmente un directivo de 35 años, con un plan de carrera en una empresa privada, se verá tentado a ocupar un puesto político (aunque se dice que el promedio de edad en el equipo de transición de Fox, sin incluir a los “secretariables”, es de 28 años). En cambio, un directivo de 55 años o más, que ha logrado cierta posición económica y no necesita un sueldo alto, puede estar interesado. Habrá que ver si este es el perfil de quienes sean señalados por Fox para ser funcionarios de su gobierno.

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¿Confidenciales?

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Fueron vanos los intentos de entrevistar a los encargados de reclutamiento seleccionados por el presidente electo a fin de conformar su gabinete de gobierno. La renuencia tuvo una causa concreta: tenían que guardar discreción absoluta en vista de la polémica suscitada a raíz de que el pasado septiembre se diera a conocer la noticia del cobro de un salario por parte del equipo de transición.

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Con la finalidad de calcular las posibles remuneraciones que percibirán los miembros del nuevo gabinete, Expansión obtuvo información –que no debiera ser confidencial, pero que en los hechos lo es–, sobre los sueldos asignados a los funcionarios de los tres niveles superiores del gobierno zedillista. Las cifras están actualizadas al mes de septiembre. Si el lector indexa los sueldos a la inflación del año en curso, es probable que tenga una idea aproximada sobre los sueldos que aprobarán las secretarías de Hacienda y Contraloría para la siguiente gestión. Ambas entidades establecen un tope para todos los rangos de la estructura organizacional del personal de confianza (que van desde jefe de departamento a Presidente de la República), del cual nadie puede excederse.

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El pago se divide en dos: el nominal, es decir, el sueldo base, que se da en forma de cheque y es la cantidad que se utiliza para calcular las prestaciones (pensión, SAR, ISSSTE, etcétera). El otro son los bonos de actuación (o complemento adicional), antes trimestrales; ahora se depositan en una cuenta de cheques cada mes, y es el secretario o subsecretario quienes determinan su monto a partir de un criterio discrecional y casuístico. De acuerdo con información obtenida por Expansión, los ingresos brutos aproximados de los altos funcionarios de gobierno se desglosan como sigue:

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Caso aparte es el sector descentralizado (Pemex y CFE), que se rige por otra normatividad y está incorporado al IMSS, no al ISSSTE, y donde los salarios sí son comparables con los del sector privado. Así, las percepciones de un director general en Pemex, por ejemplo, son equiparables a las de un director general de una organización privada importante. 

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En cuanto al renglón de prestaciones, un secretario tiene a su servicio dos autos con chofer; un subsecretario, dos autos y un chofer, y auto y chofer el director general. No hay recursos para gastos de representación. Cuando un funcionario es despedido, recibe una gratificación de tres meses de sueldo.

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Remuneración variable

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Coordinador de asuntos laborales del gobierno de transición, Carlos Abascal (ex presidente de la Confederación Patronal de la República Mexicana y posible secretario del Trabajo) habló de instalar en la próxima administración un sistema de remuneraciones a partir de resultados. La propuesta no suena descabellada. En Nueva Zelanda al funcionario del banco central se le paga a partir de los resultados de la política inflacionaria. No obstante, para implantar un sistema de compensaciones variable habría que crear un servicio civil de carrera, capacitar a los funcionarios y escalar con base en la experiencia. Si bien lo anterior ya sucede en las áreas técnicas del Banco de México y en Hacienda, es una práctica virtualmente inexistente en otras dependencias.

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A Alduenda no le parece justo que los salarios de los secretarios estén homologados. “Son distintos los niveles de responsabilidad del secretario de Hacienda y el de la Reforma Agraria”. En su opinión “si los funcionarios son incentivados a dar resultados y lograr los objetivos que requiere el país, una base considerable de sus ingresos debería depender de tales resultados. Para lograr lo anterior, habría que partir de un estudio complejo que llevaría tiempo, pero que puede hacerse”. Cita como ejemplo el esquema de remuneraciones que elaborara su despacho para el Sistema de Administración Tributaria, para lo cual evaluaron a cerca de 8,000 puestos.

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La discusión sobre los salarios de los servidores públicos no carece de importancia. Una corriente de opinión señala que el pago se adecue al tamaño de las responsabilidades de los funcionarios, bajo condición de que el monto de las percepciones sea transparente y debidamente auditado. En cambio, otros sectores sociales reclaman moderación (“austeridad republicana”) en la asignación del monto salarial a los burócratas más encumbrados.

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En el gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador zanjó la cuestión al determinar que reducirá las remuneraciones de él y sus subordinados. Hay quien ve esto como una acción de sensibilidad política, pero otros se preguntan si en la práctica no motiva la búsqueda de otras “entradas” por parte de los funcionarios.

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No hay que adelantar vísperas: está por verse cómo enfrentarán su responsabilidad los nuevos servidores públicos. Por lo pronto, ya está preparada la lupa con la que los ciudadanos observarán cada una de sus acciones.

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