De lo perdido, lo encontrado. Réquiem.c

Otro más que muerde el polvo.
Max Clip

¿Se acuerdan de mi cuate el que fundó una punto com? ¿Aquel que me llamó para invitarme a dar una vuelta en su lujosísimo auto importado con asientos de piel y que aseguraba “internet lo va a cambiar todo”? Pues no me lo van a creer, pero su empresa quebró. Sinceramente, ¿a poco les sorprende?

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No voy a salir ahora con la citadísima frase “se los dije”, que sólo hace leña del árbol caído. Prefiero la más casual observación que una muy querida amiga suele utilizar en estos casos y que sustituye a la choncantísima: “te-lo-di-je”, por la más sutil: “¿Te acuerdas que lo comentamos?”

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Del fracaso empresarial de mi amigo me enteré casi por casualidad. Un tarde, mientras visitaba páginas de sitios (un poco para matar el tiempo, la verdad) se me ocurrió echarle un vistazo a su portal, y cuál fue mi sorpresa cuando el navegador me llevó a una página que, austera, aseguraba “este sitio se encuentra en construcción” (sic), pero que con un claro sentido de la oportunidad –en el que reconocí “la mano” de mi amigo– ofrecía un número de teléfono (celular) al que deberían comunicarse “todos aquellos interesados en adquirir el nombre del dominio”. De lo perdido, lo encontrado, pensé. No hacía falta ser un genio para imaginar la verdadera historia.

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Decidí llamar al número anunciado con la idea de saber más de la suerte de mi cuate y él mismo me contestó. ¿Qué pasó? –le pregunté–. Me acabo de enterar que tu portal no existe más. “Es una larga historia –me contestó, tan fresco–. ¿Por qué no nos vemos mañana y te platico? Ahorita me agarras en medio de una junta con un cliente…” Acordamos que nos encontraríamos temprano para desayunar.

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A la mañana siguiente, supe las razones por las que la “revolución” que iba a encabezar el sitio de mi amigo acabaron en un chasco. La sucesión de justificaciones que escuché fue como un inventario ejemplar del derrumbe de la “nueva economía”: ausencia de una masa crítica de usuarios, falta de anunciantes, competencia despiadada, pánico entre los inversionistas… Sí, todo eso; pero también la ausencia de procesos de gestión, irresponsabilidad a la hora de hacer presupuestos, sueños de grandeza regional, imprudencia para contratar personal y la infantil idea de que el dinero nunca se acabaría.

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Quizá fui demasiado severo con mi amigo, quien a veces hablaba como buscando que le siguiera la corriente, pero habría sido deshonesto de mi parte no decirle lo que pensaba. Se encogió de hombros y me contestó que tenía razón, que hubo excesos, pero que entonces todo parecía como una enorme lotería, repleta de premios millonarios “para todos”. En el fondo, no se arrepentía de haberse sumado a la “fiebre digital”. De que los hay, los hay, pensé.

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El final fue terrible, me confió. Cuando era claro que no lograrían cerrar la tercera ronda de financiamiento se prepararon para lo inevitable. Un día el dinero se les terminó y, sin más, convocaron a una reunión de todo el personal. Los liquidaron con el equipo de cómputo y hasta con mobiliario. Eso sí, les dieron cartas de recomendación, en las que reconocían su dedicación al trabajo. A mi cuate los inversionistas lo “renunciaron” y se quedaron con el control absoluto de lo que quedaba. Se fue como llegó: con muchas ideas y las manos vacías. Logró quedarse con sus acciones, pero ahora resulta que éstas valen menos que una bolsa de chicles Motita. Su lujoso auto, con asientos olorosos a reses sacrificadas, se transformó en un modesto sub-compacto de segunda mano.

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Lo que sí, es que mi cuate no pierde el buen humor. Cuando le pregunté a qué se dedica ahora, me dijo con voz cantarina que es consultor y que se especializa en ayudar a otros empresarios punto com en la “gestión” de los amargos trances de la crisis, incluyendo el tener que despedir a empleados y cerrar la empresa. Entusiasmado, me aseguró que “hay grandes oportunidades en este terreno”. Flemático, dándome por vencido, le contesté que, en eso, estaba absolutamente de acuerdo con él.

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Insistí en pagar la cuenta. Aunque se resistió un poco, esta vez le tocaba a él estar de acuerdo.

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