De mojado a rey

Ha oído hablar de Félix Sánchez? Hace 30 años era un ilegal que lavaba platos. Hoy es el rey de
Antonio Ruiz Camacho / Passaic, Nueva Jersey

Armado de una cuchara sopera y sus propias manos, Félix Sánchez comienza a llenar la bolsa de celofán con cacahuates enchilados. "Yo mismo hice las pruebas de sabor. A ver, pruébalos, ¿qué tal saben?", pregunta Sánchez con un acento ligeramente norteño. Los enchilados estaban buenos, pero los salados eran superiores. De ambos sabores Sánchez llena dos bolsas sobradamente, a pesar de los pudorosos intentos del visitante por detenerlo antes de que completara la primera.

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"Nada más que me lleguen las etiquetas, comenzaremos a comercializarlos. Están buenos, ¿verdad? Nadie está vendiendo cacahuates enchilados por aquí." El dueño y presidente de Puebla Foods parece divertido. Hombre tímido y directo, se le nota en la cara el gusto que le causa su trabajo. Arribó hace 30 años a Nueva York proveniente de la Mixteca poblana, región de donde son originarios alrededor de 250,000 residentes neoyorquinos. Sánchez llegó como todos, sin papeles, con la ayuda de un coyote, sin hablar inglés, sin ahorros y –eso sí– con seis años de educación primaria.

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Pero la cruda realidad que vive la mayoría de los migrantes poblanos en las fábricas y constructoras del área nunca fue propia de Sánchez, ni siquiera a su llegada. Mucho menos ahora.

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Puebla Foods, que produce y comercializa tortillas de maíz, chiles y conservas enlatadas, salsa picante, queso Oaxaca y fresco, embutidos y, próximamente, cacahuates botaneros, con las marcas Del Carmen, Mi Pueblito y La Única, es una de las empresas líderes en su ramo en la Costa Este y genera ingresos anuales por más de $6.5 millones de dólares.

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El éxito y pujanza de Sánchez, oriundo de Piaxtla, Puebla, se inserta en un momento en el que el mercado de productos latinos en Estados Unidos comienza a ser determinante. Tan sólo en el estado de Nueva Jersey, los empresarios latinos –alrededor de 30,000– generan ganancias anuales por $7,500 millones de dólares.

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Forbes, The New York Times y otras publicaciones han dedicado espacios a Sánchez como habitante distinguido de la tierra de las oportunidades. "Si alguien piensa que el sueño americano está acabado, que no se lo diga al dueño de Puebla Foods", iniciaba el perfil que sobre él publicó en 1992 aquella revista estadounidense de negocios.

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"El rey de la tortilla", como se le conoce en la región, comenzó su imperio vendiendo tortillas de departamento en departamento, en los barrios latinos de Manhattan y Queens, donde se asentaron los mexicanos.

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Reacio eterno a compartir su negocio, el secreto del éxito de Sánchez radica –así lo cree– en mantener Puebla Foods como un negocio de familia. Emporios de comida mexicana se han acercado a Sánchez para comprar parte o la totalidad de su imperio, pero él siempre se ha rehusado.

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¿Por qué nunca ha querido vender, don Félix? Tal vez habría ganado mucho más dinero.

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"Este es el negocio que le voy a dejar a mis hijos –responde Sánchez, mientras sigue llenando la bolsa con cacahuates salados–, pero mientras yo viva, quiero saber hasta dónde puedo llegar solo."

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De Huajuapan a Manhattan

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Para 1992, Puebla Foods contaba con 60% del mercado de la tortilla en el área de Nueva York-Nueva Jersey, según Forbes. Con ventas por $4 millones de dólares anuales, la empresa de Sánchez se encontraba en franco crecimiento. Cuatro años antes había iniciado su expansión por diferentes rincones de Norteamérica, mediante la apertura de seis plantas de fabricación y distribución de sus productos.

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La primera filial de Puebla Foods fuera de Nueva Jersey se instaló en Miami. Luego vinieron Pittsburgh, Toronto, Seattle, Long Island y el Bronx. Al mismo tiempo, Sánchez comenzó a fraguar el proyecto de abrir una fábrica en su estado natal.

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El futuro se presentaba promisorio; atrás quedaban los días en que formaba parte del colectivo de migrantes que se ven obligados a aceptar innobles condiciones de trabajo a cambio de unos cuantos dólares. Antes de tomar la decisión de emigrar hacia Nueva York, Sánchez ya había intentado abrirse camino en el comercio. En Huajuapan de León, punto de conexión entre la Mixteca poblana y el estado de Morelos, Félix había abierto una miscelánea, pero sus ganas de ir más allá lo llevaron a aceptar la invitación de unos amigos para probar suerte en la ciudad de los rascacielos.

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Nada más llegar a Manhattan, encontró alojamiento en la zona de Washington Heights, en la parte alta de la isla. Su primer trabajo fue como lavaplatos, pero pronto se dio a la tarea de buscar un empleo "más propio de un hombre" y se dedicó a la jardinería.

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Corría el año de 1975 y la oleada de mexicanos hacia la Gran Manzana apenas comenzaba. Sin embargo, el visionario Sánchez se dio cuenta de que la nostalgia atacaba a sus paisanos por el estómago, y las ganas de probar unas buenas tortillas eran incontrolables.

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Se puso a ahorrar y, cuando juntó $12,000 dólares, compró una máquina tortilladora de segunda mano. Junto con su esposa Carmen, comenzó a ofrecer su producto en cada uno de los departamentos habitados por mexicanos en El Barrio, Washington Heights, Astoria y otros barrios latinos.

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Con trabajo e intuición, los logros económicos y el crecimiento de su incipiente empresa comenzaron a materializarse. "Félix tiene una gran sensibilidad para los negocios –comenta Luz María Valdés, investigadora de la unam, quien conoció al empresario hace más de 10 años–.Tiene enorme capacidad para generar grandes ingresos corriendo el menor riesgo."

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En Passaic

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Es sábado por la mañana y la churrasquería está llena de inmigrantes portugueses que se apiñan alrededor de la barra, mientras el televisor aturde con un partido de futbol de alguna liga europea.

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A Félix Sánchez le agrada este sitio, ubicado en una tranquila avenida de Passaic, lejos de la zona comercial que ha sido tomada por los mexicanos con restaurantes, tiendas de ropa, lavanderías y agencias de viaje con nombres como La poblanita, El mexicano, Piaxtla o Mi pueblito. En los alrededores se encuentran los nodos de su imperio Puebla Foods.

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Por el crecimiento de la empresa y los constantes viajes que Sánchez tenía que hacer, se acentuó el distanciamiento de su familia y los problemas de salud comenzaron a aquejarle. Hace dos años, decidió vender las tortillerías de otras regiones y concentrar su negocio en este pueblo ubicado a 45 minutos de Manhattan, así como diversificar sus actividades.

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El centro de distribución y las oficinas administrativas –comandadas ahora por su hija Gabriela, de 28 años, con diploma de la Dickinson University-Hackensack– se ubican en lo que fue una fábrica de químicos que data del siglo xix. Dos calles arriba está la tortillería. Algunas cuadras al sur, la recientemente abierta fábrica de quesos, y cerca de ahí reinstalará la productora de embutidos, que a la fecha se ubica en East Orange, a una hora de Passaic.

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–¿Qué se le antoja hoy, don?
-–Pues unas enchiladas verdes… pero aquí no tienen, paisa–, bromea Sánchez en respuesta a la pregunta que le hace el mesero del lugar, un mexicano que viste elegantemente con chaleco y pajarita.

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Mientras disfruta del almuerzo portugués, el empresario poblano recuerda que el recelo que caracteriza a la cultura mexicana lo fustigó al principio. "Los dos primeros años, muchos paisanos se negaban a comprarnos tortillas." Ahora las cosas han cambiado. Sánchez es toda una autoridad en el estado de Nueva Jersey y en Nueva York. Por la calle lo saludan lo mismo compatriotas que nativos del lugar, mientras que Christine Whitman, gobernadora del estado, lo invita con regularidad a participar en actos públicos.

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Sin embargo, ni su autoridad moral ni su amistad con diplomáticos y funcionarios mexicanos –atraídos por la historia de éxito de quien fuera un inmigrante indocumentado– le sirvieron de mucho cuando intentó por primera vez buscar en México apoyo gubernamental para abrir una empresa en su tierra natal y generar empleos en una entidad asolada por la emigración.

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A pesar de las trabas burocráticas que encontró, Jalapeños El Carmen abrió sus puertas en 1990 en Grajales, un pueblo al norte de la capital poblana, en donde también se asienta una planta de Cervecería Cuauhtémoc Moctezuma. La fábrica, que procesa chiles jalapeños y otras conservas, está ubicada en un terreno de cuatro hectáreas y tiene capacidad para elaborar 20 toneladas de producto semanalmente.

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Dentro de la planta, cuya construcción no abarca más de 30% de la superficie total del terreno, Sánchez no sólo produce y envasa las conservas que exporta directamente a la Costa Este, como alguna vez lo hizo a Australia. "Se dio cuenta de que si producía no sólo los alimentos sino también las latas en las que los vendería y las etiquetas que cubrirían las latas, se ahorraría muchos problemas con los proveedores y, de paso, incursionaría en un nuevo mercado", comenta la investigadora Valdés.

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Sánchez adquirió en Estados Unidos una máquina armadora para botes de tres kilos –que produce 120 envases por minuto– y una imprenta de cuatro cabezas, que sería la envidia de cualquier editorial profesional mexicana. Ha llevado al extremo su gusto por hacer todo en casa. En la planta de Grajales cuenta, incluso, con un torno para fabricar las piezas que le hagan falta a sus máquinas, y un par de calderas para hacer más eficiente el uso del combustible durante los días de invierno.

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La fábrica, sin embargo, está subutilizada. "La última producción de chiles que hicimos fue en agosto pasado", explica Rogelio Aguirre, encargado de El Carmen. "Producimos por encargo de don Félix, dependiendo de las necesidades de venta de Puebla Foods, tanto de cantidad como del producto específico." Con dicha capacidad instalada, Sánchez planea cumplir plenamente con sus proyectos de atacar el mercado mexicano.

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"Armar bien, en forma, la fábrica de Grajales; vender no sólo en Estados Unidos, sino también en México. Tenemos planes de hacerlo en 2001."

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Sánchez no se distrae. Los premios que ha obtenido en Estados Unidos como el Mejor Industrial del Año y el Mejor Empresario Latino del Año, tanto en el ámbito nacional como en el regional, no lo mantienen conforme. Quiere saber hasta dónde puede llegar solo. Con sus propias manos.

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